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martes, 24 de marzo de 2009

Picasso para empezar el año

por Agustín Abreu Cornelio
(Publicado en Solar de Cultura)

Los últimos días de diciembre y los que dan entrada al año subsiguiente, son propicios para el juicio del desempeño propio y el establecimiento de nuevas metas, sueños y objetivos. En esta ocasión también lo fueron para apreciar el arte de uno de los creadores fundamentales, sino es que el más, de la plástica del siglo XX: Pablo Picasso (1881-1973). El pintor, escultor, grabador y escenógrafo malagueño, nacido hace 127 años en la vieja España, produjo más de 2000 obras que rondan museos y colecciones privadas alrededor del mundo. Pero cuando digo alrededor del mundo, hay que entender que sólo unas pocas ciudades privilegiadas, y en ellas sólo un puñado de individuos, tienen acceso a las exposiciones.

Para muestra de lo anterior baste decir que nunca, hasta enero del presente año, se habían presentado en nuestro país, al unísono, dos exposiciones del pintor más emblemático del cubismo. Pero esto no es lo más sorprendente: entre las dos ciudades anfitrionas median 400 kilómetros y una autopista de alta velocidad, de tal manera que una persona podría haber apreciado en el mismo día unos ciento sesenta grabados originales del artista español. Estas dos exposiciones eran la correspondiente a la “Suite Vollard” y la denominada “Picasso: la belleza múltiple”. Las ciudades: Cancún, Quintana Roo, y Mérida, Yucatán. Uno de los privilegiados (y cuesta mucho trabajo utilizar el adjetivo) en visitar ambas exposiciones, quien estas palabras escribe.

En el centro de la frivolidad, donde el Mar Caribe con toda su belleza encuadra el despilfarro y la diversión evasiva, está Plaza la Isla, un centro comercial moderno, confortable y dolarizado. Y en ella, la fundación Pelópidas ha establecido una pequeña galería que se las arregló, con apoyo del Instituto de Cultura del estado y de la Fundación Bancaja, para albergar un centenar de obras realizadas entre 1934 y 1939 y adquiridas por el editor y galerista Ambroise Vollard a cambio de obras de Jean Renoir y Paul Cézanne. El costo de la entrada, caro para quienes estamos acostumbrados a los museos del Estado, se tornaba soportable si pensamos que había que pagar un peso con veinticinco centavos para observar cada pieza.

En esta exposición se muestran dos hilos temáticos que van a confluir en un tercero. En primer lugar podemos apreciar un anhelo contemplativo y creativo, encarnado por el personaje del escultor que, en su estudio, analiza de manera apolínea la belleza de el/la/los modelo(s) para poder trasladarla al mármol y crear el arte. La segunda, tiene como protagonista al mítico minotauro, en quien se conjugan el carácter humano y el animal: razón/instinto y sensibilidad/violencia van a ser los rasgos de la relación que emprende el individuo con su entorno. Sobra decir que ambos personajes, escultor y minotauro, son dos caras de una misma moneda, cuyo volado caerá en la sensualidad de la pequeña serie “La batalla del amor”.

Mientras tanto, la exposición que se montó en el Centro Cultural Olimpo de Mérida, justo en el corazón de la ciudad, estuvo apoyada por la Fundación Málaga, la Fundación Picasso, el Ayuntamiento de Málaga y el de la propia capital yucateca. Allí, si bien la muestra fue menor en cantidad, se gozó de una excelente curaduría, lo cual permitió apreciar la gran amplitud de rangos estéticos alcanzados por Picasso: desde sus ambiciones formales más rigurosas, con manejo de la proporción, hasta la transformación más plena de la realidad. Claro, en este trayecto los dos polos iban entramándose una insospechada convivencia; claro ejemplo de ello es la serie titulada “El adiós del caballero”, cuya concepción involucra la postura clásica de las esculturas ecuestres romanas y también el desdoblamiento cubista de la bidimensionalidad.

Si bien la península yucateca no hospedó lo más señero de la obra de Picasso (la pintura y la escultura), fue una experiencia insustituible para quienes solo accedemos a ella mediante libros e Internet. Pero, la esperanza de poder observar en persona la magnificencia del Guernica sigue intacta.


martes, 29 de julio de 2008

Julio Galán imposible

por Magali Tercero
(publicado en "Laberinto",
suplemento cultural de Milenio Diario)

Existe un Julio Galán imposible fijado para siempre en la imagen fotográfica donde, aún bello y joven, abraza a un muñeco-niño un instante antes de besarlo en la boca. Graciela Iturbide es la autora de esta fotografía abierta y sutilmente transgresora a la vez, donde, para quienes conocen la obra del pintor, pareciera revelarse una de las identidades centrales de este solitario hijo de Múzquiz, Coahuila, nacido en 1958 y tempranamente proyectado como un artista único en la internacional escena neoyorquina de los ochenta. En sus cuadros los muñecos, que casi eran sus hijos (Morelio era el preferido), protagonizan, repitamos el adjetivo, imposibles cenas o elegantes bailes. Por ellos, nosotros, los que nos apasionamos con el Julio Galán de genial intuición artística, con el Julio Galán conocedor de la pintura clásica, el arte popular y el barroco mexicano, por ellos, por sus muñecos, por sus pájaros atrapados, por sus cristos desolados acudiendo a otros cristos, por sus autorretratos, por sus niños de traje rojo y por sus signos secretos, nosotros, los admiradores sin remedio del Julio Galán de refinada técnica pictórica y valientes soluciones plásticas, sabemos de su infancia siempre presente, de su dulce, sinuosa, abigarrada, cruel manera de atravesar los inclementes paisajes, así parecía verlos, de la vida real.


¿Quién era Julio Galán? Obra y personaje se fundieron todo el tiempo, e incluso durante sus noches solitarias Galán vestía disfraces de su invención y hacía desfiles de modas para los cientos de muñecos de la colección adquirida con los anticuarios de Monterrey, Guadalajara, París y Nueva York. “Mi obra es un psicoanálisis”, dijo alguna vez, “refleja mi interior, es como un eco del pasado en mi memoria. También revela mis pensamientos secretos, mis deseos, mis miedos, el dolor y la muerte. El medio de la pintura me dio todas las posibilidades para explorar mi propia identidad, de seguir el anhelo existencial de reencontrarme conmigo mismo”.



“Era mucha la violencia”



Tal vez porque al final máscaras y disfraces terminan mostrándolo todo, no falta quien hable calurosamente sobre un “Julio” entrañable, casi amigo, como ocurre en algunos blogs o en el propio recinto de la exhibición donde, hace poco, una empleada preguntaba si se había terminado el catálogo de “Julio” sobre la retrospectiva itinerante del Antiguo Colegio de San Ildefonso organizada como homenaje póstumo por el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO). Pero, volviendo a la infancia, en una entrevista de Silvia Cherem contenida en el catálogo, Galán se muestra elocuente respecto a su niñez marcada por un padre a quien llegó a detestar y una madre maltratada, incapaz de expresar amor. “Era mucha la violencia, la traición y el desamor” vividos en el pequeño pueblo norteño donde estuvo hasta los diez años, y donde él se sintió abusado no físicamente sino “del coco”. Cuenta cómo la madre solía jugar a disfrazarse, a ponerse innumerables joyas. Por eso, tal vez, “me gusta ser otras personas, inventar historias e imaginar que no soy yo”. Del abuelo materno, cuenta, heredó el amor por las antigüedades y por lo bello. Y así continúa, refiriendo los sucesos que alimentaron su efervescente, tortuosa, anhelante y dolida imaginación.


En su caso obra y vida son, más evidentemente que en otros artistas, una sola pieza extraordinariamente pulida. Cada cuadro era, así lo pensaba, un capítulo de su vida. En el catálogo su promotor y galerista en Monterrey, Guillermo Sepúlveda, curador de la muestra, cuenta cómo Julio (sí, “Julio”) estalló en llanto después de mostrarle sus primeras obras, a los 19 años. Luego llenaba el vacío pintando otra tela. No bien escribo esto, al teatro de la memoria acuden imágenes de esa madre involuntariamente coautora de su obra, a saber: 1) La madre vestida de china poblana, inmensa y casi majestuosa, junto a un ratón minúsculo en ¡Quién te manda! 2) Un niño abrazando a la madre distante, con garras en lugar de manos, rehusando a corresponderle. Galán se fue a Nueva York en 1984. Ahí le llevó un retrato de su hermana a la diseñadora del vestido usado por la modelo. La mujer compró la obra y muy pronto lo presentó con Andy Warhol, Julian Schnabel y Francesco Clemente, entre otros artistas. La galerista Annina Nosei transformó su vida difundiendo su obra, así como el coleccionista y crítico Francesco Pellizi. Murió el 4 de agosto de 2006, debido a un derrame cerebral. Tenía casi 48 años.

martes, 4 de marzo de 2008

La luz entre la sal y la humedad

La fotografía de David Doubilet

por Agustín Abreu Cornelio

Sería difícil establecer el momento en que la fotografía pasó de ser la simple captura de un instante para convertirse en un vehículo de la expresión artística. Sin embargo, no encontraríamos argumentos para desvirtuar el arte del francés Henry Cartier Bresson o el del mexicano Manuel Álvarez Bravo. Poco tiempo después de su invención, la fotografía se convirtió en una herramienta utilizada por distintas disciplinas científicas con el fin de crear un archivo gráfico de sus experimentos o descubrimientos. La Sociedad Real de Geografía e Historia, en Inglaterra, no tardó en incluirla en su mundialmente famosa revista de divulgación científica: National Geographic Magazine.

Algunos de los fotógrafos puestos al servicio de la ciencia han dado el brinco al ámbito artístico, sin alejarse de su primigenia función; tal como pasó originalmente con el fotoperiodismo de donde surgieron los ya mencionados Bresson y Álvarez Bravo, y los fundadores de la excepcional agencia Magnum. David Doubilet ha ilustrado con sus fotografías a más de sesenta reportajes de la National Geographic Magazine y hoy forma parte del National Geographic Photographer-in-Residence, “lo cual da a los fotógrafos la capacidad de salir, de desarrollar sus ideas y trabajar sobre historias no sólo como ejercicios visuales, sino también de forma artística, para convencer, educar, y hacer ver a la gente.” (Michán 2005)

Con casi cincuenta años de experiencia en la fotografía submarina, ha sido merecedor de importantes premios como el Sara Prize (1969), el Lowel Thomas Award del Explorers Club, y el Lennart Nilson Award (2001); además es miembro honorario de la Royal Photographic Society de Londres y pertenece al Diving Hall of Fame. Sus fotografías han sido compiladas en siete libros, los más recientes son First Face (Phaidon Publishers, 2003), The Kingdom of Coral: Australia’s Great Barrer Reef (National Geographic Books, 2002) y Water Light and Time (Phaidon Publishers, 1999; el cual se tradujo al español, como Luz de agua, en 2004) y se han montado exposiciones de su obra en diversos lugares del mundo.

Las pasiones de este fotógrafo son la majestuosidad que cobra la luz vista desde el paisaje submarino y la manera de capturarla (tal como se muestra en esta fotografía de la serie Human Elements). La belleza es imponente: desde el marco que proporciona la boca de la caverna y la espiral de burbujas que nos conduce directamente a la figura humana envuelta en un aura de luz, hasta las tonalidades en que ésta puede volcarse (en la fotografía están presentes los colores primarios y los secundarios, además del negro y el blanco).

Lo que Doubilet intenta cada vez que se sumerge, según él mismo lo manifiesta, es redefinir los límites técnicos y expresivos de la fotografía. Así ha viajado por todo el mundo, explorando áreas vírgenes, destacando su trabajo en las aguas heladas de Nueva Zelanda, Tasmania, Escocia, Japón, el noroeste del océano Atlántico y el noreste del Pacífico. Lo mismo ha capturado a tiburones blancos y barracudas que arrecifes de coral y naufragios.

En su serie Rays, ha retratado la danza de las mantarrayas tanto en aguas poco profundas como en oscuros abismos. En la foto anterior, el paralelismo y el ritmo que se observa entre el aletazo de las mantarrayas y el oleaje, y la simetría que se aprecia entre el cielo moteado y las sombras que dejan las rayas en la arena, generan una impresión de serenidad consumada en la luminosidad que busca resquicios entre las nubes para colarse.

En esta bella imagen se aprecia el contacto que puede tener el ser humano con las mantarrayas, a la vez que la majestuosidad que pueden alcanzar con sus alas extendidas comparado con el tamaño del buzo. Un delgado haz de luz es la única fuente de iluminación lo cual nos puede dar una idea de la profundidad a que la fotografía fue capturada. Dicho haz, proyectado en diagonal desde la parte superior izquierda pasa de largo por el cuerpo del buzo y va a caer sobre la raya que ocupa el lugar central, como si fuese ella la única destinataria merecedora de recibir los reflectores; si bien hay otras rayas, estas se perciben más como el volumen de la sombra que como personajes independientes.

A pesar de su larga trayectoria, prestigio y amor por la naturaleza, David Doubilet ha sido duramente criticado por grupos ecologistas quienes no le disculpan que no fotografíe el daño que ha causado en los ecosistemas marinos la intromisión del ser humano y diversas catástrofes ecológicas como derrames petroleros o encallamientos. De todo esto se desmarca alegando que su postura es profundamente ecológica, puesto que la concientización sólo se logrará a partir de demostrar que los lugares más bellos y misteriosos de nuestro planeta se encuentran en el fondo del mar. A las preguntas ¿por qué salvaguardar un ecosistema y luchar por la preservación del tiburón blanco, por ejemplo?, él responde “Porque es hermoso. Lo que separa al ser humano del resto de los animales es que tenemos ese aprecio tan extraordinario por la belleza.” Tampoco le preocupa que su trabajo genere turismo; al contrario cree que el ecoturismo, en la medida en que pueda sustituir la derrama económica de la caza furtiva, será una arma importantísima para defender la naturaleza.

Su serie Human Elements retrata precisamente la coexistencia entre el paisaje marino y el ser humano, siempre y cuando este último mantenga una relación respetuosa. La imagen de la izquierda demuestra lo ínfimo que es el hombre ante la naturaleza (en cualquier momento el buzo puede ser engullido por esa garganta), a la vez que expresa lo misterioso y desconocido que es el fondo del mar. En la foto de la derecha, la jerarquización parece invertirse, la fragilidad está de lado de la naturaleza que en este caso es juguetona y amigable, esperando el mismo trato.















Para mayores referencias se puede visitar:

Página de David Doubilet, http://www.daviddoubilet.com

Michán, Miguel (2005), “Los fotógrafos de National Geographic”, Backfocus,http://www.backfocus.info/david_doubilet?PHPSESSID=3ce7ae9b24c0b28036b237b0c8be3660

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