Mostrando entradas con la etiqueta Narrativa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Narrativa. Mostrar todas las entradas

viernes, 9 de abril de 2021

“La edad de las manos” (fragmento)

 

de José Luís Peixoto

Trad. de Pilar Obón y Martín López-Vega

 

Tardaron mucho tiempo en llegar a la huerta, porque Ana y su ángel querían mostrar a todos los árboles que echaban de menos verlos todos los días. Ana tocó la tierra. Se quedó en un extremo de la huerta solo mirándola y viendo todo lo que recordaba. Pensaba: su vida. Ante aquella tierra, pensaba que su vida era algo que podía ser agarrado con una mano. Su vida no existía antes de haber nacido, ni existiría después de morir. Ante aquella tierra, pensaba: su vida. Tal vez aquella tierra fuese la palma de la mano que sujetaba su vida.


José Luís Peixoto

El cuento "La edad de las manos" forma parte de la antología Un cierto desasosiego, publicada por Alfaguara en 2018. Peixoto también es autor de poemarios, libros de viaje y novelas. Dentro de este último género, su más reciente libro, Almuerzo de domingo fue publicado en 2021.

martes, 7 de febrero de 2017

As naus, de António Lobo Antunes

(El párrafo corresponde al capítulo 12 de la novela)


Nessa época do ano, quase em outubro, ainda havia meia dúzia de pessoas de férias na Ericeira e alguns toldos na praia gelada, diante de ruelas de chalés semelhantes a urinóis antigos, invadidos por vinhas-virgens e escorpiões. O vento trazia consigo os carriles de Mafra que soavam como o olhar remoto de avós evaporado. O outono e a cinza dos seus fumos fazia-os sentirem-se numa vila quase deserta com raros grumetes nas calçadas estreitas, traineiras que nunca largavam para o mar e pessoas tão idosas quanto eles no adro da igreja vazia, de Santos de talha inclinados em ameaças tenebrosas. O frio oxidada as agulhas da máquina de costura sem trabalho, apesar da esposa arrancar os botões de todas as camisas e de todos os casacos pelo puro hábito de os pegar de novo. Promessas de chuva desuniam as cornijas dos telhados. As árvores definhavam a praça, jogando ao acaso os membros esquartejados de quatro ou cinco ramos em pânico. O café da manhã possuía o sabor do lodo que trepava, de acordo com os suspiros da água, nos ralos a molhados dos bidés. O retrato nupcial era uma mancha já totalmente indistinta, desprovida de qualquer contorno salvo o sorriso imaginado da mulher que crava de vergonha e de surpresa. O marido lembrou-se da última ocasião em que lhe escutará a voz, em Bissau, para dizer, após cinquenta e três anos de África, já não pertenço aqui, e de como tinham perdido por inteiro o costume de falar, dialogando um com outro por intermédio de um alfabeto esquemático de gestos evasivos, e decidiu convidá-la, à pesar da idade, a passar a vida a limpo, desde o início, num ponto qualquer do mundo.


—Até o Pólo Norte, argumentou ele, é de certeza melhor do que está coisa.


lunes, 12 de mayo de 2014

Vigencia de las vanguardias



Entre el 2 y el 13 de junio de 2014 estaré al frente del curso Vigencia de las vanguardias en la Escuela de Escritores José Gorostiza de Villahermosa, Tabasco. Allí leeremos y discutiremos poemas, proclamas, manifiestos, cuentos y otros textos creados por autores latinoamericanos vinculados con los movimientos artísticos de vanguardia. El curso está dirigido a lectores y creadores con experiencia en lectura analítica de textos literarios y que estén interesados en el fenómeno de las vanguardias literarias en Latinoamérica. El curso privilegia, por un lado, la visión panorámica y, por otro, la variedad de recursos literarios utilizados en los textos, por lo que permitirá a los estudiantes pensar sus proyectos creativos como herederos de las búsquedas vanguardistas.
Para más información: escuelaescritores@hotmail.com

lunes, 5 de mayo de 2014

Bolero y rosas (Fragmento)

Por Carlos Vázquez Cruz


Maligna Luz canturreaba de su casa al alumbrado, del poste a su morada || la voz desparramaba por los balcones fracasos del corazón || las penas se filtraban por entre las persianas || amargaban los cafés recién colados, el pan dispuesto en el plato || un tono menor pasaba brochazos de versos infames || desempolvaba los fósiles del recuerdo
Maligna Luz grababa y escupía canciones etílicas || plantaba pie en el polvoroso asfalto a las precisas seis || dejaba caer los arpegios de la noche, que también se desplomaba || las vísceras del barrio, borrachas de remordimiento || a lágrima viva, las esposas trémulas fumaban y bebían || los maridos se esmelenaban frente al tabaco y la botella ||maldecían a esa hija de lucifer nacida con una vitrola de guitarras y tangos en las cuerdas || sin embargo, Maligna Luz jugaba un papel estelar en el infortunio || los desgraciados, acostumbrados a sufrir, no podían, no sabían, ni querían, hacer otra cosa
La mente, como toda galería, reúne viejeras preciosas o despreciadas, más o menos inútiles || para cada una, se ha compuesto un bolero






Malacostumbrismo (Erizo Editorial, 2012) es el más reciente libro de Carlos Vázquez Cruz (Puerto Rico 1971). Está constituido por siete relatos que tienen en común el entorno marginal, donde las tensiones generadas por la pobreza y la incomprensión se descargan violentamente sobre quienes habitan las coordenadas del desamparo: desde el niño violado por el padre hasta la adolescente lesbiana castigada por sus “alardes de igualdad”. El crudo realismo con el cual los relatos son presentados no evita que Vázquez Cruz ponga en juego una amplia variedad de recursos literarios que, si bien no tiene el mismo éxito en cada texto, en algunos momentos armonizan de modo sobresaliente. El caso de la cercanía rítmica y figurativa que el cuento “Bolero y rosas” tiene con dicho género de la canción popular (del cual, se dice en el libro, los hombres cantan para que las mujeres los compadezcan) hace que sea mi favorito de toda la colección.

jueves, 22 de diciembre de 2011

No me preguntes nada (Fragmento)

por Ariel Lemarroy

Quién iba a decir que en todas las
colonias iban a aparecer montañas de basura como un último homenaje a la época neoliberal, porque allí estaban los televisores comprados en abonos, los dvd's, los automóviles bañados de lodo, inservibles, como los muebles estilo Chippendale junto a los librso de Paulo Coelho de las bibliotecas light, como las latas de refresco rescatadas del lodo por los indigentes que hurgan en busca de comida, de un pedazo de silla, de un televisor inservible que llevan a su casa quién sabe para qué, porque cuando uno pregunta, y responden, Para lo mismo que lo tenían los ricos, por lo que no queda más que imaginarse que los van a colocar en un nicho para rendirles culto ahora que las imágenes religiosas se cubrieron de lodo.
Después que descendieron las aguas se comenzó a hablar de milagros. Cuál milagro, me dice una mujer en la colonia Municipal, no se salvó nada, ni siquiera los libros que ya no sirven para decorar las salas que ahora son lodazales donde aparecen víboras y peces diablo.
Yo encontré camarones pegados a la pared, me aseguró otra mujer frente a su casa en la calle Aureliano Colorado, en la colonia Municipal, y maldecía a esos peces diablo, o plecostomus, de la familia de los loricáridos, que quién sabe cómo llegaron desde Brasil hasta los ríos de Tabasco.

Y no estoy soñando, ni he tomado licor, ni he leído novelas de realismo mágico, pero los vi sobre la cama, algunos muertos y otros aleteando entre la fetidez de los desechos orgánicos, y los había también sobre la mesa, en el sofá y en la cocina, junto a los cuerpos moribundos de las ratas.
Y ahora asómese usted al interior de la casa, me dijo la mujer cuando se dio cuenta de la cámara que yo traía colgada del pescuezo y del gafete que me acreditaba como reportero.
Después de eso no pronunció más palabras, porque como dicen los cronistas de sociales, "se le formó un nudo en la garganta".

Yo la veía de reojo mientras tomaba fotos de la sala, y observé cómo se le corrían las lágrimas sobre la cara recubierta de polvo, polvo de verdad, no como en las telenovelas, porque en la casa flotaban hojas impresas con mensajes de una iglesia cristiana.
El agua no respetó nada, volvió a decir la mujer, y entonces vi el letrero de metal clavado en la fachada: "En este hogar somos católicos, no aceptamos propaganda protestante".



sábado, 18 de octubre de 2008

No dar la nieve a Alexander Solzhenitzyn

por Agustín Abreu Cornelio
(publicado en Vanguardia)

Yo no conozco la nieve. Sin embargo, imagino que en estas fechas comenzará a fermentar su inmaculada dulzura, a extenderse por los páramos de la gran Rusia con tanta firmeza, con tanto peso transparente como lo hiciera en las épocas de la “cortina de hierro”, y que horadará las tumbas hasta encontrar la barba del escritor que con mayor fiereza se atrevió a denunciar las injusticias del régimen soviético: Alexander Solzhenitsyn: ganador del premio Nobel de literatura en 1970, poseedor de una voz lírica, crítica y valiente que lo caracterizó durante toda su vida y que le ganó el respeto no sólo de los intelectuales de todo el mundo, sino también la de sus constantes perseguidores, los elementos de la inteligencia soviética, tales como el ex presidente ruso Vladimir Putin quien a su muerte no se contuvo de declarar: “es una pesada pérdida para Rusia”.
Nacido en 1918 en Kislovodsk, pequeña ciudad del Cáucaso que durante fines del siglo XIX se hizo famosa por albergar artistas e intelectuales rusos, manifestó desde muy temprana edad sus inquietudes literarias, atiborrando los cuadernos que el estado soviético repartía a los estudiantes, los cuales, irónicamente, ilustraban sus portadas con imágenes y lemas alusivos al régimen stalinista. Cuenta Ludmila Saráskina, la más reciente biógrafa del escritor, quien tuvo acceso a su archivo personal, que “a los 16 años, había planeado sus obras completas y las había editado, manuscritas en cuadernos” y que él mismo solía indicar que la tirada de tales ediciones alcanzaba varios miles e, incluso, millones de ejemplares.
Solzhenitsyn fue un inocente entusiasta del comunismo, del cual se fue desencantando paulatinamente, sin perder el compromiso que lo unía con el elemento más tangible de la Unión Soviética: el pueblo. De manera congruente, se enlistó en el ejército para combatir la invasión nazi durante la Segunda Guerra Mundial, alcanzando el rango de capitán, participando en la ofensiva final sobre Berlín y obteniendo condecoraciones por su desempeño. No obstante, durante el regreso de las tropas a la URSS, Alexander escribe una carta a un amigo en la que crítica a José Stalin. Éste hecho, como extraído de la novela La broma, del checo Milán Kundera, le gana la primera represalia. El propio escritor ruso lo narra, con parquedad, de la siguiente manera: “Ya habíamos escapado del cerco de los alemanes y nos dirigíamos hacia Könisberg. Allí me arrestaron. Pero ni el optimismo ni las convicciones que me impulsaban me habían abandonado.”
Este escrito, la carta a un amigo, que no salía del ámbito privado y que tenía un destinatario único, obsequió a Solzhenitsyn con ocho años en el sistema de prisiones para detractores políticos, conocido en la Unión Soviética como Gulag. Al cumplir su condena, “rehabilitado” para la vida social, Solzhenitsyn había templado su carácter, forjado su valentía y adquirido la información necesaria para escribir su primera gran obra, Un día en la vida de Iván Denísovich, novela que narra la cotidianeidad de los campos de trabajo forzoso, la cual pudo publicar hasta 1962. Mientras tanto, se ganaba el pan diario impartiendo clases de física y matemáticas en Ryazán, una pequeña ciudad del centro de Rusia, materias en las cuales se había licenciado varios años antes en la Universidad de Rostov.
A partir de la publicación de Un día en la vida de Iván Denísovich, la persecución y la censura fueron abrumadores y alcanzarían su punto cumbre en 1970, cuando se le concede el premio Nobel, a cuya ceremonia de recepción Solzhenitsyn se negó a asistir por temor a que se le impidiera el retorno a la Unión Soviética. Cabe decir que para entonces las obras del novelista circulaban sólo de manera clandestina en los países que conformaban el Pacto de Varsovia. Eran los días en que la ortodoxia del Partido Comunista Soviético aplastaba sin miramientos cualquier brizna reformista, aún dentro de los términos marxistas; pero estas se propagaban fácilmente entre los círculos estudiantiles, tal como ocurrió en Checoslovaquia en 1968, país que fue invadido y depuestos los dirigentes del partido comunista de aquel país por haber reformado su reglamento interno, contraviniendo las recomendaciones soviéticas.
Las obras de Alexander Solzhenitsyn cruzaban las fronteras de la Unión Soviética dos veces, primero como manuscritos teniendo como destino Francia o Alemania Occidental, donde eran editadas y distribuidas internacionalmente, y luego regresaban a territorio soviético en formato de libro, aunque disfrazadas y ocultas, de tal manera que pudieran evadir las estrictas medidas de seguridad fronteriza. Una vez dentro, los círculos de disidentes los pasaban de mano en mano, entre amigos, de maestro a alumno, o viceversa.
Una nueva bomba explotó en 1973, cuando Alexander Solzhenitsyn publicó la primera parte de su novela monumental Archipiélago Gulag, la cual valió a su autor una acusación de alta traición por denigrar el pasado de su país. Mediante este libro, dice Raúl del Pozo, “los comunistas de todo el mundo (…) descubrieron que por debajo del anticomunismo doliente y lírico de Alexandr Solzhenitsyn, estaba el infierno de la verdad. Pocas veces un libro ha causado tanto dolor. Los perseguidos, torturados, encarcelados de este lado se veían a sí mismos en la reconstrucción de almas, se encontraban entre los desaparecidos y se identificaban con los 227 testigos.”
Para el año siguiente, ya bajo el régimen soviético de Leonid Breznev, Solzhenitsyn publicó su Carta abierta a los dirigentes soviéticos. En ese momento la KGB ya discutía una resolución ante la “amenaza” que el escritor representaba para la estabilidad del régimen soviético. El debate se dividió en dos vertientes: la más férrea y tradicionalista, del grupo halcones, heredero del stalinismo, pugnaba por el destierro del escritor a la localidad siberiana de Verjoiansk, nombrada comúnmente “polo del frío”, donde, en palabras de Ludmila Saráskina, “hubiera estado fuera del alcance de la prensa occidental y donde hubiera muerto en poco tiempo”. La otra vertiente, más moderada e interesada por la posible reacción de Occidente, en plena Guerra Fría, tuvo más peso en la decisión, por lo que el escritor fue arrestado, sentado en un avión y enviado a la República Federal Alemana. Esta decisión contó con la participación de dos políticos que la vieron como una oportunidad ventajosa para sus trayectorias personales: por un lado, Yuri Andrópov, jefe de la KGB, tenía aspiraciones al máximo escalafón del estado soviético, por lo que no deseaba ser visto por la prensa internacional como un asesino y represor de corte stalinista; y por el otro, Willy Brandt, canciller alemán que había ganado el premio Nobel de la paz en 1971, tenía como misión política fortalecer las relaciones con el bloque soviético con miras a una futura reunificación de Alemania. Brandt, al recibir a Solzhenitsyn quedaba bien con la Unión Soviética y con el mundo occidental al resguardar y proteger la integridad del Nobel ruso.
Exiliado de la Unión Soviética y sin nacionalidad (la soviética le había sido retirada por considerarlo traidor a la patria), Solzhenitsyn vivió algunos años en Suiza para después trasladarse a Vermont, en Estados Unidos, donde continuó escribiendo contra el totalitarismo soviético hasta la caída de este régimen, momento en que pudo volver a su añorada Rusia. La labor crítica mantuvo la vitalidad que en su cuerpo le abandonaba en una silla de ruedas. En 2007, el ganador del Nobel aceptó el Premio Nacional, máximo galardón que ofrece el gobierno ruso, luego de haberse negado en dos ocasiones previas. En 1990, aún bajo el mandato de Mihail Gorbachov, lo rechazó porque “no podía aceptar una manifestación de reconocimiento personal por un libro que fue escrito con la sangre de millones de hombres” (se refiere a Archipiélago Gulag), en palabras del propio autor. Y cuando la oferta fue personalmente de Boris Yeltsin, dice: “yo contesté que no podía aceptar ninguna condecoración de un poder estatal que había llevado a Rusia al borde de la ruina.”

Algunos de sus textos

El régimen soviético, como cualquier totalitarismo, estaba plagado de férreos mecanismos de control social. Sobre ello dice Raúl del Pozo: “el miedo, el instinto de conservación, instinto animal compartido por todos los seres humanos, fue utilizado por unos rufianes de la checa para destruir a la gente obligándola a aceptar compromisos morales menores. Unas veces era colocar un cartel en el escaparate, otras dice Havel firmar una petición acusando a un colega por hacer algo que al Estado no le gustaba, otras permanecer silencioso cuando un colega era perseguido injustamente. El estalinismo trató de convertir a todos en cómplices morales.”
Peter Berger, uno de los sociólogos de mayor influencia en la actualidad, en su libro Invitation to Sociology (traducido mañosamente como Introducción a la sociología) afirma que los mecanismos de control existentes en toda sociedad requieren de la confirmación constante de las personas destinadas a aplicarlos, y rehusarse a tal confirmación implica una amenaza a la definición imperante en la sociedad. Si Berger da tal caracterización para toda sociedad, imaginemos la Rusia soviética como un caso radical. El sociólogo norteamericano refiere tres posibilidades para rehusar la confirmación: la transformación, la separación y la manipulación, las cuales son aplicadas por los personajes de Alexander Solzhenitsyn.
En Por el bien de la causa, Alexander Solzhenitsyn nos sitúa en una pequeña ciudad provinciana, donde los estudiantes de una escuela técnica han solventado los problemas burocráticos que habían retrasado la construcción de su nuevo edificio, tomando ellos mismos las herramientas, haciendo la albañilería, la carpintería y ofreciéndose para la mudanza. A pesar de ello, el comité, al ver concluido el edificio, decide destinarlo para un instituto superior de ciencias.
En este texto, que podríamos colocar ajustadamente en el género de la novela corta, priva el uso de diálogos directos, lo cual nos permite conocer a los personajes mediante sus propias palabras y acciones, además de la intromisión del estilo indirecto libre que introduce al lector en el pensamiento de los personajes, pero sin que el narrador emita juicios sobre los actos. Así podemos presenciar la angustia del director de la escuela técnica y de la asesora de los alumnos, y la frustración de un grupo de jóvenes realmente comprometidos con los ideales comunistas (a lo largo de la obra se muestra a los jóvenes cantando canciones alusivas al poder de la técnica y a la supremacía del proletariado) que se sienten engañados y utilizados por una maquinaria amorfa y estúpida: la burocracia. En esta obra, los adolescentes impetuosos están dispuestos a tomar por la fuerza las instalaciones construidas con sus propias manos, pasando por alto las decisiones tomadas por los dirigentes del partido, pero es el director quien, a su pesar, cumple con su papel controlador al convencerlos de aceptar la parte del edificio que se les ha cedido.
La actitud de los estudiantes, previamente descrita, corresponde a lo que Berger llama transformación: “cuando observamos las revoluciones, descubrimos que los actos externos contra el antiguo orden son precedidos invariablemente por la destrucción de la obediencia y la lealtad interna”. Así, los adolescentes de la escuela técnica han sido sorprendidos en la toma de conciencia de su papel en la sociedad soviética, donde el esfuerzo se invalida en aras de la verticalidad burocrática. Estos muchachos, y hasta los maestros que se encontraban junto a ellos, han visto derrumbarse el sustento ideológico que los impulsó a tomar las herramientas de construcción o a cantar: “¡No queremos, no queremos languidecer / a la luz del hogar o de las velas! / Vamos a encender, sí, sí, sí, ¡vamos a encender / los diodos! / ¡Y los triodos! / ¡Y los tetraodos! / ¡Y los pentodos! / ¡Y muchas más lámparas de todas clases!”
En La casa de Matriona se nos muestra una situación poco común, la de un maestro que desea distanciarse de la civilización y, teniendo que alojarse en un poblado pequeño, decide hacerlo en la choza de una anciana olvidada por las instituciones sociales, quien le ofrecía muy pocas comodidades, desdeñando invitaciones de mujeres jóvenes. Este maestro, quien también es el narrador, entabla una relación platónica con su anfitriona y percibe en ella la pureza del carácter ruso: “la vida me había enseñado a no buscar en la comida el sentido de la existencia cotidiana. Para mí era mucho más importante la sonrisa de su rostro redondo, una sonrisa que, cuando por fin pude comprarme una máquina fotográfica, traté en vano de captar.”
El personaje Ignatich de este relato, el maestro, coincide con la descripción que hace Peter Berger de la separación individual (de que se sirven los místicos al igual que los integrantes de subculturas tales como las “tribus urbanas”), la segunda posibilidad para evadir la confirmación de los mecanismos de control, el cual se refiere a una búsqueda individual, generalmente por los caminos de lo espiritual o lo intelectual, despojándose de la mayor carga social posible para construir un lenguaje y una identidad alternas, que no corresponden a las expectativas cotidianas.
La última de las posibilidades mencionadas por el sociólogo estadounidense, la manipulación, es aquella en la que “el individuo no trata de transformar las estructuras sociales ni se aparta de ellas. Más bien hace un uso deliberado de ellas en formas no previstas por sus legítimos guardianes”. La manipulación es ampliamente utilizada por el protagonista de Un día en la vida de Iván Denísovich, el cual se encuentra recluido en un campo de trabajo forzoso y se sirve de cuantas estratagemas están a su alcance para obtener prerrogativas en su quehacer cotidiano, desde apartarle la comida a alguien o hacer fila por un compañero, hasta el robo de la herramienta de trabajo con el fin de cumplir con las tareas que se le encargan de una manera más eficiente y expedita.
Esta novela es sumamente cruda en su relato de los hechos, sin embargo, no presenta a personajes fracasados o deprimidos (salvo uno o dos), sino que la mayoría se resigna a su rol dentro del campo de concentración y lo desempeña de la mejor manera posible, manipulándolo en su favor: así, por ejemplo, trabajan con ahínco ya que es la mejor manera de ganar calor corporal. Ya al final de la obra, cuando hemos visto todos lo sacrificios y obstáculos a que ha debido sobreponerse Iván Denísovich, el narrador comenta: “No tenemos nada, por eso siempre tratamos de ganar algo (…) Había pasado un día. Un día casi feliz, no enturbiado por nada. / Así fueron y serán los tres mil seiscientos cincuenta y tres días de su condena, desde la diana de la mañana, hasta el control de la noche.”
Las obras de Alexander Solzhenitsyn nos presentan los horrores con trazo exacto, pero sus personajes siempre están sobreponiéndose a la desgracia con cierto grado de estoicismo, doliéndose de su presente y congratulándose por alcanzar el futuro. Dice Raúl del Pozo que Solzhenitsyn es el disidente por excelencia, ya que en él también se aprecian el carácter que el novelista supo inculcar en sus personajes, siendo tanto él como su obra una afrenta constante para el sistema de crueldades soviético. Quizá por ello el mismo del Pozo asegura que la literatura del Nobel ruso ha ganado más anticomunistas que todos los agentes y los programas de la CIA juntos.
En las palabras liminares de Archipiélago Gulag, Alexander Solzhenitsyn escribió: “Pasan las décadas, y las llagas y las cicatrices del pasado van borrándose irreparablemente. En este tiempo, el resto de islas se quebró y se dispersó, quedaron cubiertas por las olas del gélido mar del olvido. Y llegará el día, en el próximo siglo, en que este Archipiélago, su aire, y los huesos de sus habitantes, congelados en un témpano de hielo, aparecerán como un inverosímil tritón.” El pasado tres de agosto, el escritor ruso falleció en su casa de las afueras de Moscú, e imagino que la escarcha empieza a crecer sobre su tumba como ese olvido que él mismo presagiaba.
Pero es nuestro deber no concederle la nieve, no concederle nuestra cobardía. Pues si bien las injusticias narradas en sus libros se ubican geográficamente fuera de nuestro país y de nuestra lengua, también en nuestros barrios, detrás de nuestras paredes, se cometen y se han cometido atrocidades. Hay un régimen de violencia que crece bajo nuestras narices (no hablo de lo instituido, sino de lo socializado) sin que cobremos conciencia del silencio que se impone a nuestra inteligencia. Debemos negarle la nieve a Solzhenitsyn, y apropiarnos de su valor y su literatura.

miércoles, 27 de agosto de 2008

La paga de los soldados (Fragmento)

por William Faulkner (1897-1962)

Donald Mahon yacía plenamente en su cama movible, consciente de la primavera invisible y olvidada, del verde que invadía el mundo no recordado ni olvidado. Al poco tiempo, la nada en que vivía lo envolvió de nuevo, pero no completamente. Era como un mar al que no podía entrar del todo, pero del que tampoco podía desprenderse por entero. El día se había hecho tarde y la tarde, crepúsculo y noche inminente; la noche, como un barco de velas color cera, soñaba obscuramente con el mundo navegando hacia la obscuridad. De repente descubrió que estaba pasando de un mundo obscuro, en el que había vivido tanto tiempo que no podía recordar, hasta un día luminoso que había pasado ya, que ya había sido gastado por los que vivieron, lloraron y murieron; pero así, recordándolo, aquel día fue suyo solamente; el único trofeo que había podido arrancar al tiempo y al espacio. Per ardua ad astra.
"No creía que pudiera cargar tanto combustible", pensó con una ubicuidad sin sorpresa, mientras dejaba atrás una obscuridad que no recordaba por un día que había olvidado hacía mucho tiempo, descubriendo que el día, su día, su día familiar, se estaba aproximando al mediodía. "Deben de ser las diez de la mañana porque el sol está casi encima de mi cabeza a varios grados detrás de mí, porque puedo ver la sombra de mi cabeza cortando en dos, familiarmente, la mano que maneja la palanca de control. También veo la sombra del marco de la cabina que sostiene la mica del parabrisas posterior, sobre mis piernas, mientras el sol cae directamente sobre mi otra mano, que yace inútil sobre el borde del fuselaje." Incluso la deteriorada ala inferior, estaba parcialmente cubierta por la sombra del ala superior.
"Sí, deben de ser las diez", se dijo con un agradable sentido de la familiaridad. Muy pronto tendría que ver el reloj y saber exactamente qué hora era, pero ahora… Con la pericia que da la práctica y la costumbre, oteó el horizonte con una sola mirada breve, abarcando de paso la bóveda del cielo, inclinándose ligeramente para ver hacia atrás. Todo limpio. No había señales del enemigo. Las únicas naves visibles estaban muy lejos, hacia la izquierda –algún grupo de aviones de observación o aparatos de combate, haciendo ejercicios de artillería; una mirada experta reveló un par de aviones de patrulla que volaban por encima de ellos y sabía que, sobre éstos, volaban otros dos aviones patrulla.
"No estaría de más echar una mirada", pensó, sabiendo instintivamente que eran alemanes, calculando in mente, si podría o no llegar a terreno seguro antes de que le vieran y a tiempo para que las patrullas protectoras lo ampararan. "No, creo que no", se dijo por fin. "Mejor será que regrese. El combustible escasea", determinó fijando la mirada en la aguja de su compás.
Frente a él y a la derecha, lejos, lejos, lo que había sido Ypres parecía una grieta sangrienta en una vieja llaga; alrededor había otras llagas brillantes, violáceas, como las que aparecen en un cadáver al que no permiten que acabe de morir… Pasó por encima de las llagas, solitario y remoto como una gaviota.
Entonces, repentinamente, un viento helado pasó sobre él. "¿Qué será?", se preguntó. Era que el sol había sido repentinamente velado. Sin embargo el mundo a sus pies estaba vacío, y el cielo, lleno de la perezosa luz de la primavera. Pero no obstante, el sol que había caído directamente sobre él, había sido eliminado como por una mano que limpiara el firmamento. En el momento en que se dio cuenta de esto, maldiciendo su estupidez, se dejó caer en picado, inclinándose un poco hacia la izquierda. Cinco cuerdas de vapor, pasaron entre los aviones más altos y los más bajos, apuntando todas a su cuerpo; después dos golpes precisos en la base del cráneo y la visión le fue arrebatada como si alguien hubiera oprimido un botón con ese fin. Su mano, guiada por la práctica, alzó la máquina y su misma mano, temblando entre las palancas, halló el botón de la ametralladora. Desde las sombras disparó hacia la suave mañana vibrante y veteada ante la inminencia del mes de marzo.
Su vista relampagueó de nuevo, como si fuera una lámpara eléctrica con los contactos flojos; vio una serie de agujeros perforando el fuselaje de su aparato, como una viruela maravillosa, y mientras se elevaba más y más, disparando la ametralladora hacia el cielo, una de las carátulas del tablero de instrumentos estalló con un chasquido breve. Sintió el fuego en su mano, vio abrírsele el guante, vio sus huesos desnudos. Después la vista falló otra vez y se sintió sacudido y lanzado, cayendo, cayendo hasta que repentinamente un cinturón le apretó el abdomen. Entonces notó que algo le roía su hueso frontal, como ratones que mordieran y desmoronaran.
–Te romperás los malditos dientes si caes ahí –se dijo abriendo los ojos.
El rostro de su padre colgaba sobre él en la penumbra, como el de un César asesinado.
Conoció de nuevo la visión y supo de una nada inminente más profunda que cualquier otra de las que había conocido, mientras admiraba la noche, como un barco con velas color cera entre la tormenta, navegando por encima del mundo, poniendo lentamente la proa hacia un mar inconmensurable.
–Así fue como sucedió –dijo mirándolo.

lunes, 9 de junio de 2008

La hoja roja, de Miguel Delibes

por Agustín Abreu Cornelio

Una librería de viejo me permitió leer La hoja roja, novela del escritor español Miguel Delibes (1920). De ella puede decirse que vive y es leída a la sombra de Cinco horas con Mario, novela que catapultó a su autor al nivel de Camilo José Cela, Carmen Laforet y Juan Marsé, escritores todos de valor y valentía literaria que se atrevieron a forjar la intelectualidad en plena dictadura franquista. Lejos, también se diría, de su obra culminante publicada en 1998, cinco años después de ser galardonado con el premio Cervantes, El hereje.

La hoja roja (1959), sin embargo, es una muestra clara de la sensibilidad crítica del autor, así como de su magistral dominio del estilo. Sin el tremendismo que tan de moda puso Cela en el decenio de los años 40, ni las peripecias estructurales de la novela de los años 60; aproximándose a la temática existencialista pero sin caer en su patetismo estilístico; reivindicando el realismo de la novela española, no a la manera decimonónica de Pérez Galdós, sino en la que mejor expresaba las crueles circunstancias de la posguerra, la Guerra Fría y una dictadura sostenida impunemente por el capital extranjero, entiéndase estadounidense.

La historia relata los avatares de don Eloy a partir de su jubilación, luego de haberse desempeñado durante medio siglo en la administración pública. Descrito con sutil ironía por el narrador como el tercer suceso en la vida de Eloy que le permitía ser el centro de atención (los otros dos fueron su boda y la proyección de sus fotografías en un club de aficionados, resultando todos ellos experiencias fallidas), la jubilación da inicio a la marginación de un hombre que ha dejado de ser productivo. Lo tragicómico es que la improductividad no es resultado de su decadencia fisiológica o mental, sino viceversa, y la jubilación no está justificada por una disminución de su capacidad laboral, sino por el fatal cumplimiento de cierto número de años.

El otro protagonista de la novela es igualmente marginal: Desi, la muchacha de servicio que ha debido dejar su ámbito rural para intentar reunir una dote que le permita hacer un matrimonio decoroso. Ingenua, honrada, analfabeta, calificada como “cerril” por su mejor amiga, Desi se sabe inmersa en la insignificancia pero no se permite la abulia: aprende a leer, ahorra y compra sábanas que sus compañeras envidian, sin apartar de la mente la imagen del novio que ha dejado en el pueblo. Resulta conmovedora e ilustrativa de la realidad en que la muchacha se desenvuelve, la escena en la cual Desi presume a su novio que ha aprendido a leer, mientras éste escurre las manos por debajo de la falda. Ambos protagonistas entrelazan sus más caras esperanzas: la boda de la una, la carta (esta es una metonimia del acto comunicativo) y el afecto del hijo del otro.

En esta obra se aprecia claramente la simbiosis entre dos conceptos que críticos de mente chata han intentado mantener en pugna: fondo y forma. Si los transportamos a la dicotomía lingüística que le dio origen, significado (fondo) y significante (forma), y analizamos el título, veremos que en el plano fonético éste se conforma por la paronomasia (similitud de los sonidos que componen dos o más palabras) entre “hoja” y “roja”, repetición y vaticinio de la monótona vitalidad que oprime a los personajes y que se configura en la trama como un ritmo narrativo sosegado pero estremecedor, ritmo basado en el leitmotiv: una frase de Eloy, una acción de Desi, una actitud; la sensación que una serie de palabras deja en el lector también es repetitiva, tensionando la compasión con la desesperanza.

El título es una metáfora que se esfuerza por mantener el vínculo con lo prosaico de su procedencia: en los libritos de papel para hacer cigarros se colocaba una hoja roja para indicar que restaban sólo cinco. Y otra vez la unión indisoluble del significado con el significante, dado que la jubilación de Eloy cumple la misma función de dicha hoja roja: señala la proximidad de la muerte y la soledad ante el desprendimiento de cada uno de los amigos, como si el viejo protagonista fuese a envolver el cigarro que con gran indiferencia se fumará la sociedad porque así debe ser, porque es el acto mecánico de la adicción.

Y si estas líneas son una invitación a la lectura de La hoja roja, extiéndase el goce a una lectura comparada con la novela de otro maravilloso escritor, también catalogada como menor dentro de su obra: El coronel no tiene quien le escriba (1961) de Gabriel García Márquez. Publicadas con dos años de diferencia, ambas están ambientadas en una pequeña ciudad de provincia donde la crisis se acerba en el estatismo. Los protagonistas de ambas novelas comparten el mismo tipo social: el jubilado que se desempeñó con gran compromiso en actividades envueltas en una escrupulosa y cansina jerarquía, el ejército y la burocracia, y que se encuentra desamparado y a la espera de algún reconocimiento. El final de cada una de las novelas es igualmente inesperado y demuestra el postrer esfuerzo activo de los personajes, las “patadas de ahogado” como se dice comúnmente. Este no es el sitio para un estudio comparativo profundo, pero sería un facilismo decir que tales coincidencias, entre muchas otras, se deben al azar y se desdeñe el valor de una investigación socioliteraria que intente aproximar una explicación.

Parafraseando la concepción decimonónica de la novela, podríamos decir que esta obra de Miguel Delibes es un espejo que deforma la imagen para que se asemeje cada vez más a la realidad. No de balde varios críticos han aproximado la narrativa de Delibes al esperpento de Valle-Inclán. Y es que el mundo constreñido en La hoja roja asusta por su vigencia, 48 años después de haber sido publicada, y para comprobarlo basta con rondar los barrios céntricos de cualquier ciudad de provincia: encontraremos múltiples versiones de Eloy viendo correr el tiempo a una velocidad que no es la propia, y a otras tantas Desi con la sonrisa fácil de la ingenuidad.


Delibes, Miguel, La hoja roja, Salvat Editores (Biblioteca básica), 1969

En Internet:

domingo, 30 de marzo de 2008

La generación inexistente (fragmento)

(por Jaime Mesa)


“Escribimos solos pero no aislados”
José Emilio Pacheco

Como es ya una costumbre, sobre la marquesina se ha vuelto a poner la frase “relevo generacional”. Empieza a hablarse de una generación que aún no existe, que aún no ha hecho nada para demostrar su valía (porque un puñado de primeras novelas o segundas o terceras no es obra) y que simplemente se agrupa por haber nacido en los años setenta. En su edición de invierno 2004-2005 Blanco Móvil publica el ensayo “Historias para un país inexistente” de Geney Beltrán Félix (1976), donde ya comienzan a barajarse nombres como “Generación de la Crisis”, la “No Generación” de escritores nacidos a partir de finales de la década de 1960. Además de la edad, Geney le otorga otros rasgos: “la constatación de que no hay país” y que “ahora sólo existe la perspectiva personal, desunida, libre y en soledad”. De la misma forma, Rafael Lemus en su “Aquí, ahora: cuatro notas sobre la nueva novela mexicana”, publicado originalmente en la revista española Quimera (2007) y recientemente en Confabulario (Núm. 202, 1 de marzo 2008), arriesga una “radiografía de la nueva generación de escritores mexicanos”, según los editores, donde Lemus exige: “Escribir aquí y ahora: no puede pedirse algo más elevado a los nuevos narradores mexicanos. Si sólo cuatro de ellos actuaran de ese modo, la generación quedaría justificada. Porque hay una nueva generación y aún no se justifica”.

A Nosotros (y este nosotros es virtual; es un nosotros que sólo involucra el yo; a mí que ahora escribo), los nacidos en los setenta, nos tocó vivir como escritores el inicio del siglo XXI. Y ante nosotros tenemos una serie de preocupaciones (literarias y sociales) que son a la vez alientos:

1). La impostergable desaparición (una desaparición parcial, claro está) del libro como lo conocemos ahora. 2). El nacimiento en medio de una edad oscura donde la literatura mexicana no es otra cosa que una aparente repetición de intentos fallidos y donde no existe, ni siquiera, una nueva La región más transparente (en el entendido de que ésta es una primera novela y que su autor tenía 30 años y que apareció en 1958) que, acaso, alguien cerca del 2050 podrá repetir. 3). Además de la inquietante conciencia de ser antecedidos por una generación postboom, la de los sesenta que acuñó para explicar su presencia términos —o estrategias editoriales cuyos aportes estéticos son nulos— como McOndo, Crack, y Generación Fría que luego devino en Generación de los Enterradores. 4). También, como enigma (¿inútil? o ¿necesario?), la encrucijada de cien aristas que representa la noción de que actualmente (los ríos temáticos que corren en sentido inverso al gran mar que significó el Tema de la Revolución se están secando) no hay Tema Mexicano. 5). Y de la mano del anterior punto, la incertidumbre de la utilidad de encontrar o buscar el Tema Mexicano, a riesgo de que se confunda con un nuevo nacionalismo.

Tres, o más, podrían ser las posturas ante la catarata de propuestas de lo que los “jóvenes escritores” están haciendo o se vislumbra que harán. Las más representativas, quizá, son dos. La de los escritores que tratan de descubrir cuál es el siguiente Gran Tema (mexicano o no). Y la de los escritores que están en busca de una “obra honesta”, ramificación del individualismo que es, como dice Geney Beltrán, “la única comunidad viable para el escritor es la que él formará en torno de sus textos”.

Esta aseveración nos enfrenta con varios asuntos. ¿Estamos ante la continuación o el inicio?

Para arriesgar una sentencia que valga la entrada al juego de las predicciones (entendiendo que las otras vertientes, la del escritor solitario, casi atemporal, en busca de una obra maestra no necesita explicaciones) y para ubicar lo que en este momento pudiera tener prioridad (y en consecuencia, necesidad de estudio) diremos que estamos en el inicio del Ciclo, sentando las bases temáticas para las obras que habrán de escribirse. No es gratuito que a partir de 2000 una buena parte de las discusiones literarias o extraliterarias se han centrado en este asunto. Ni gratuito es el afán de definir generaciones, de nombrar o denostar grupos, de explicar tipos de literaturas, de hacer antologías, o revisiones de lo que se ha hecho, de sus logros, y de toda clase de arriesgados planteamientos que denotan una natural incertidumbre.

En 2005 Christopher Domínguez (1962) nos dice en qué momento no estamos: “La literatura latinoamericana tuvo su esplendor durante la segunda mitad del siglo veinte”. Luego advierte que por el momento no aparecerán obras como las de los grandes maestros latinoamericanos, y remata diciendo “ninguna cultura tiene por qué librarse de los placeres del estancamiento o de la decadencia”. A manera de cierre de década, quizá, a finales de 2007 Domínguez lanza su controvertido Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2005) donde sólo menciona a tres autores de los setenta. La generación aún no se ha ganado el derecho más que a ser nombrada como “nueva literatura”.







Artículo publicado en Laberinto, suplemento cultural del diario Milenio. Puede consultarse íntegro en http://www.milenio.com/suplementos/laberinto/nota.asp?id=608863

martes, 29 de enero de 2008

Los buenos reflejos del Sr. Ende

por Agustín Abreu Cornelio



Michael Ende es el adalid de la literatura fantástica alemana, privilegio ganado principalmente por La historia interminable y Momo, pero el libro del que deseo hablar es El espejo en el espejo, no tan difundido como los dos anteriores. Sería inexacto definirlo como una colección de cuentos, primero porque si bien la mayoría de las partes del libro pueden leerse de manera aislada, hacerlo así supone mutilar impunemente su sentido y su poética. Y segundo porque no todos los textos cumplen con la definición de cuento. Lo más justo sería decir que es un LIBRAZO o, más mesurado, un conjunto de relatos.

La estructura del libro en su unidad se regodea en los conceptos de espejo y laberinto, pues la autorreferencialidad es tal que Hor, ese personaje que en el primer relato se identifica con nosotros mediante una estrategia meramente formal (la permutación entre el narrador en primera persona y el de tercera), termina por ser el lector mismo que mira los textos con la impresión de que ya ha pasado anteriormente por dicha sala, y buscando una pista que brinde una mejor localización nos encontramos con la ausencia de títulos, un anonimato que obstaculiza tanto la identificación como la autonomía, fomentando la apariencia de unidad: sin títulos no hay índice. La existencia totalizadora en el interior del laberinto es ineludible, sea esto por una creación nominativa del narrador/Hor/lector, apelando al recuerdo de ese minotauro que presagia en las primeras páginas: “verás: yo he guardado todo fielmente”, o bien el recurso de la ensoñación –posibilidad que se sostiene en menor grado, pero que convalida la condición fantástica de los relatos.

Lo que priva a lo largo de El espejo en el espejo es la angustia humana manifestada por un lenguaje que se empeña en expandir los límites de la verosimilitud. Ni el tiempo ni el espacio se ajustan a los que cotidianamente experimentamos. Los atajos se prolongan excesivamente, los rodeos se convierten en la ruta crítica, el horizonte parece multiplicar las distancias sobre la superficie de dos espejos confrontados. El universo, por otro lado, se reduce al sitio que un bailarín debe ocupar detrás del telón justo antes de su presentación. La propia forma del laberinto se concibe en sus polos opuestos: es el espacio que se repite indefinidamente, tal la biblioteca de Babel borgiana, y se cumple también en la sencillez de una puerta que conduce a cualquier lugar, según el estado de ánimo de quien lo cruce (una puerta que se abre como un libro y se comporta como tal). Y el tiempo no es aquel de los comentaristas de Heráclito; por momentos comparte la temporalidad en la que Didi y Gogo esperan a un tal Godot, y en otros parece ser una reinvención de la paradoja de los mellizos con la que los físicos relativistas ejemplifican los efectos de los viajes a velocidades cercanas a la de la luz.

Pero si en la obra de Beckett lo que se presenta es la relación de un par de parias olvidados de Dios, Ende muestra las complicaciones del amor de pareja en un escenario fantástico que comparte muchísimas características con nuestras relaciones posmodernas. Así la metáfora del espejo, como la del laberinto en su vinculación con Minos, cumplen su papel de búsqueda del “otro” en quien poder reconocerse: “donde yo soy tú, somos nosotros”, dice Octavio Paz. Contrario a la poesía del mexicano, en este laberinto de soledad exacerbada es un amor que no se atreve a romper las reglas, un amor que se pierde en la duda, que no reconoce al ser amado luego de algún tiempo. Es un amor donde un narrador/Ariadna entrega el lector/Teseo al Minotauro que no lo matará, sino lo asimilará trágicamente con la corrupción espiritual de la sociedad que nos rodea.

Relatos memorables (al prescindir de títulos me limito a una breve descripción): la del nuevo Ícaro que pierde sus alas al ser incapaz de contravenir las indicaciones, la del novio que envejece en el trayecto de alcanzar la puerta de la novia con quien contraerá nupcias, la del actor que espera el vestuario para poder salir a escena, la del mendigo y la reina de las putas… seguramente cada lector tendrá sus favoritos.

Entradas populares