viernes, 15 de mayo de 2009

Emir Kusturica y el cine del este lado

Por Agustín Abreu Cornelio

(Publicado en Solar de Cultura)


Es la Guerra de los Balcanes. Marko y su esposa Natalia intentan cerrar un trato para la venta de armamento cuando son alcanzados por la línea de batalla. En ese momento Iván, hermano menor de Marko, a quien no ve desde hace varios años, los reconoce y acomete a bastonazos hasta dejarlos moribundos. Enseguida un miliciano bajo las órdenes de Blaky, antiguo camarada y mejor amigo de Marko, recibe la orden de prender fuego a los cadáveres de los vende patrias. La silla de ruedas eléctrica, en la cual Marko está postrado con Natalia sentada en sus piernas, y las llamas cobrando altura, gira alrededor de cristo que cuelga de cabeza y del brocal de un pozo.

La escena antes descrita es una de las últimas de Underground: Había una vez un país, del director bosnio Emir Kusturica. No hace falta recalcar en la carga de violencia física y verbal que hay en ella, pero sí hacer hincapié en la rudeza simbólica que se inflige a las etnias balcánicas, a la historia yugoslava y a la tradición política occidental (desde Roma hasta los republicanos estadounidenses). Marko, uno de los protagonistas de esta película, ante la circunstancia bélica de la invasión nazi a Belgrado, “refugia” a un grupo de yugoslavos en un sótano; sin embargo, esta acción pervierte su objetivo y, con el tiempo, se convierte en una fábrica clandestina de armamento enriqueciendo a Marko, quien además ha escalado en la estructura política hasta ser un colaborador cercano al dictador Tito; fábrica eficiente al grado de construir un tanque de guerra que mostrará nuevamente la luz del sol a los subterráneos.

Marko, para entonces, ha perfeccionado el arte de la manipulación y el engaño, ha construido una “ilusión necesaria”, tal como las nombra Noam Chomsky, mediante la cual persuade a los “refugiados” de la conveniencia de mantenerse en el subsuelo, en vez de participar en la realidad que acontece en la superficie. Blaky, Iván y otros muchos personajes (algunos de ellos nunca han visto la luz del sol) se forman una imagen de la realidad por intermediación de Marko, quien se ha adueñado del discurso de la misma manera que lo hacen los poderes fácticos de nuestra realidad, tales como los medios de comunicación masiva, quienes manipulan la información con la pretensión de mantener cierta hegemonía y disuadirnos de participar en la realidad de manera directa.

Emir Kusturica es un multipremiado cineasta, nacido en 1954 en la ex Yugoslavia, que se vale del humor y la alienación, para vapulear a los espectadores y a su entorno. Una constante en su ya prolífica carrera es el uso del folclor balcánico: música, historia, dispersión de símbolos de referente regional, la casi omnipresente gitanería. En ese sentido, es una obra que debe contextualizarse en eso que los occidentales, con su carga de discriminación, llamamos Europa del Este. Pero también es una obra de este lado, del nuestro, pues el carácter fársico de sus filmes exige la complicidad entre espectador y personajes, entre acción y crítica, entre el silencio y la denuncia en su modalidad de música punk-folclórica (The No Somoking Orchestra es ya un paradigma en la música contemporánea).

Otro filme de Kusturica, Gato negro, gato blanco, nos hace ver que la unidad nacional de los gitanos, con todos sus prejuicios y virtudes, ha logrado adaptarse a la sociedad moderna “hasta el inicio de una bonita amistad” (frase de Humphrey Bogart que repite constantemente uno de los personajes) con los nuevos vicios y el poderío económico de la ilegalidad. Circunstancia con la cual México está tan emparentado; pues en el norte, sur y ombligo de nuestro país observamos a delincuentes convertidos en autoridad económica, política y moral.

En pleno goce de la cinematografía de Kusturica, halándola para mi lado, me permito recomendar, además de las películas ya mencionadas, el video de The No Smoking Orchestra “Unza unza time” que puede consultarse en YouTube, el cual proporciona una excelente degustación de la estética del cineasta bosnio.

martes, 28 de abril de 2009

Canto XLV

Ante los cantos de Ezra Pound me ocurre lo que a los cisnes: temo que algún poetastro salte desde los rincones y me tuerza el cuello, el alma, mis lindos prejuicios o, peor aún, el bolsillo (con lo que me costó la edición de Cátedra de The Cantos, es muy entendible). Lo indudable es que en estos poemas de Pound se encuentra una rara especie de belleza (yo prefiero los de su etapa imagista o imaginista) que seduce al más férreo "mercader de Venecia". Aquí les dejo con mi favorito, en la traducción de Vázquez Amaral (alguien conoce otra).

Con Usura


Con usura el hombre no puede tener casa de buena piedra
con cada canto de liso corte y acomodo
para que el dibujo les cubra la cara,
con usura
no hay para el hombre paraísos pintados en los muros de su iglesia
harpes et luz
o donde las v´rgenes reciban anuncios
y resplandores broten de los tajos,
con usura
no puede ver el hombre Gonzaga a sus herederos y a sus concubinas
no se pinta cuadro para que dure y para la vida
sino para venderse y pronto
con usura, pecado contra natura,
es tu pan siempre de harapos viejos
es tu pan seco como el papel,
sin trigo de montaña, harina fuerte
con usura la línea se hincha
con usura no hay demarcación clara
y nadie puede hallar sitio para su morada.
El picapedrero se aparta de la piedra
el tejedor de su telar
CON USURA
no llega lana al mercado
la oveja nada vale con usura
Usura es un ántrax, usura
mella la aguja en las manos de la muchacha
y detiene la pericia de la que hila. Pietro Lombardo
no vino por usura
Duccio no vino por usura
ni Pier della Francesca; Zuan Bellin´ no por usura
ni pintóse "La Calunnia".
Angelico no vino por usura; no vino Ambroggio Praedis,
No vino iglesia de piedra cincelada firmada: Adamo me fecit
No por usura St. Trophime
No por usura Saint Hilaire,
Usura oxida el cincel
Oxida el oficio y al artesano
Roe los hilos del telar
Nadie aprende a tejer oro en su dibujo;
El azur tiene una llaga por usura; el carmesí sin bordar se queda
El esmeralda ningún Memling tiene
Usura asesina al niño en las entrañas
Impide al joven cortejar a su amada
Ha llevado la perlesía a la cama, yace
entre la joven desposada y su marido
CONTRA NATURAM
Han traído putas para Eleusis
Se sientan cadáveres al banquete
a petición de usura.

N.B. Usura: gravamen por el uso del poder adquisitivo, impuesto sin relación a la producción, a veces sin relación a las posibilidades de producción. (De ahí la quiebra del banco de los Medici.)

miércoles, 15 de abril de 2009

Aquí se ve a John Ashbery


Perhaps if I spend an hour—or at the most two hours, when I'm feeling really inspired—I'm done for the day and then there's the problem of what to do with the other twenty-two or twenty-three hours of the day. I feel I should be doing something important. But what?

I usually don't write autobiographical poetry, but this sort of turned out that way accidentally; I realized after I'd finished it, since in fact I did have a brother who died when we were both children.

[Ashbery reads "The History of My Life"]

I always wanted to go to France, ever since I was a child and read French fairy tales and writers like Balzac and Proust. It was just a thing I always wanted to do and ended up doing.

It took me a while to adjust to being in a country where a foreign language was spoken. My own poetry derives very much from hearing colloquial—or even worse, American—being spoken around me, especially in New York where you'd overhear strange things being said and I'd often incorporate them into poems. I didn't have that sort of cushion in France, and it took me a while to adjust and to learn how to write all over again without the background noise of American in my ears.


En poets.org se pueden consultar otros fragmentos de entrevistas

con importantes poetas estadounidenses.

sábado, 11 de abril de 2009

Del teatro en Tabasco (para no hacer mutis)

Por Agustín Abreu Cornelio
(Publicado en Solar de Cultura)

Quienes han pisado tablas aseguran que no hay manera de alejarse del teatro, para bien o para mal. Quienes gustamos de ocupar una butaca e invadir ese mundo ficticio que se realiza sobre el escenario, sabemos que también hay algo de seductor de este lado del telón. Para esta pluralidad se conmemora el Día Internacional del Teatro cada 27 de marzo, unos días después del Día Internacional de la Poesía. La cercanía de estas celebraciones estrecha aún más las relaciones entre dos géneros artísticos a quienes se les ha decretado, desde hace muchos años, la muerte.La poesía y el teatro en sus dos facetas: dramaturgia y realización escénica, se aferran con todo su potencial expresivo y creativo. Es cierto que en ambos casos hay grandes éxitos económicos: Brodway, ¿no es una industria millonaria?; Veinte poemas de amor y una canción desesperada, ¿no se edita y reedita cada mes alrededor del mundo? Pero estos ejemplos no son más que un abuso utilitario de algunos recursos, buenas ideas y excelentes producciones, acompañados, claro, por una fuerte inversión. Se ha matado en ellos lo que podrían tener de confrontación social y estética, ese germen reflexivo y emotivo que incomoda a la vez que brinda placer.

Cats, la famosísima comedia musical de Andrew Lloyd Weber no debe dejar de verse como una alegoría social; sin embargo, la parafernalia y el ambiente farandulero han trivializado su contenido. La cursilería en que suelen encasillarse los poemas de Pablo Neruda, impiden que se aprecie el conflicto genérico en sus veinte poemas de amor: “me gustas cuando callas porque estás como ausente y me oyes desde lejos y mi voz no te alcanza” expresa un empoderamiento masculino ineludible.

Es una verdad sociológica que la inercia social se empeña por mantener el statu quo. Apegados a ello, aparatos gubernamentales y población misma parecieran empeñarse en asfixiar expresiones artísticas de suma importancia para el saneamiento social, en específico las dos ya mencionadas. Ejemplo de ello es nuestra ciudad capital, Villahermosa, la cual hace gala de excelentes teatros y auditorios usados para ceremonias escolares, mítines políticos, y en los que la representación dramática brilla por su ausencia. Si el teatro pervive en nuestro estado, es por acciones aisladas: la “compañía” Celestino Gorostiza y su principal promotor, Vicente Gómez Montero, Martha Crocker y familia (el Ejército de Liberación Neuronal, lo más serio de nuestro entorno), y los grupos de teatro infantil que funcionan por las buenas intenciones de padres, maestros y entusiastas actores. Tampoco podemos olvidar el teatro indígena.

Me mostraría muy avaro si achacara al gobierno todas las culpas: ¡los apoyos económicos no llegan! ¡hay muy pocas oportunidades para educación y capacitación! ¡no se trabaja en la formación de públicos que entiendan a cabalidad los nuevos recursos y el lenguaje del teatro actual! Cada uno de nosotros, cuando dejamos de asistir a las dos, tres o presentaciones únicas de obras teatrales tabasqueñas, estamos poniendo un poco más de trapo a nuestra mordaza.

“¿Puede que hubiera llegado el momento de que los dolores que estrangulaban mi yo más profundo se liberasen y proyectaran mi palabra hacia la existencia?”, dijo la dramaturga egipcia Fathia El Assal hace justo cinco años, en su discurso conmemorativo del Día Internacional del Teatro. Deberíamos apropiarnos de esta frase, en Tabasco también hay dolores que merecen hacerse oír y representar.

martes, 24 de marzo de 2009

Picasso para empezar el año

por Agustín Abreu Cornelio
(Publicado en Solar de Cultura)

Los últimos días de diciembre y los que dan entrada al año subsiguiente, son propicios para el juicio del desempeño propio y el establecimiento de nuevas metas, sueños y objetivos. En esta ocasión también lo fueron para apreciar el arte de uno de los creadores fundamentales, sino es que el más, de la plástica del siglo XX: Pablo Picasso (1881-1973). El pintor, escultor, grabador y escenógrafo malagueño, nacido hace 127 años en la vieja España, produjo más de 2000 obras que rondan museos y colecciones privadas alrededor del mundo. Pero cuando digo alrededor del mundo, hay que entender que sólo unas pocas ciudades privilegiadas, y en ellas sólo un puñado de individuos, tienen acceso a las exposiciones.

Para muestra de lo anterior baste decir que nunca, hasta enero del presente año, se habían presentado en nuestro país, al unísono, dos exposiciones del pintor más emblemático del cubismo. Pero esto no es lo más sorprendente: entre las dos ciudades anfitrionas median 400 kilómetros y una autopista de alta velocidad, de tal manera que una persona podría haber apreciado en el mismo día unos ciento sesenta grabados originales del artista español. Estas dos exposiciones eran la correspondiente a la “Suite Vollard” y la denominada “Picasso: la belleza múltiple”. Las ciudades: Cancún, Quintana Roo, y Mérida, Yucatán. Uno de los privilegiados (y cuesta mucho trabajo utilizar el adjetivo) en visitar ambas exposiciones, quien estas palabras escribe.

En el centro de la frivolidad, donde el Mar Caribe con toda su belleza encuadra el despilfarro y la diversión evasiva, está Plaza la Isla, un centro comercial moderno, confortable y dolarizado. Y en ella, la fundación Pelópidas ha establecido una pequeña galería que se las arregló, con apoyo del Instituto de Cultura del estado y de la Fundación Bancaja, para albergar un centenar de obras realizadas entre 1934 y 1939 y adquiridas por el editor y galerista Ambroise Vollard a cambio de obras de Jean Renoir y Paul Cézanne. El costo de la entrada, caro para quienes estamos acostumbrados a los museos del Estado, se tornaba soportable si pensamos que había que pagar un peso con veinticinco centavos para observar cada pieza.

En esta exposición se muestran dos hilos temáticos que van a confluir en un tercero. En primer lugar podemos apreciar un anhelo contemplativo y creativo, encarnado por el personaje del escultor que, en su estudio, analiza de manera apolínea la belleza de el/la/los modelo(s) para poder trasladarla al mármol y crear el arte. La segunda, tiene como protagonista al mítico minotauro, en quien se conjugan el carácter humano y el animal: razón/instinto y sensibilidad/violencia van a ser los rasgos de la relación que emprende el individuo con su entorno. Sobra decir que ambos personajes, escultor y minotauro, son dos caras de una misma moneda, cuyo volado caerá en la sensualidad de la pequeña serie “La batalla del amor”.

Mientras tanto, la exposición que se montó en el Centro Cultural Olimpo de Mérida, justo en el corazón de la ciudad, estuvo apoyada por la Fundación Málaga, la Fundación Picasso, el Ayuntamiento de Málaga y el de la propia capital yucateca. Allí, si bien la muestra fue menor en cantidad, se gozó de una excelente curaduría, lo cual permitió apreciar la gran amplitud de rangos estéticos alcanzados por Picasso: desde sus ambiciones formales más rigurosas, con manejo de la proporción, hasta la transformación más plena de la realidad. Claro, en este trayecto los dos polos iban entramándose una insospechada convivencia; claro ejemplo de ello es la serie titulada “El adiós del caballero”, cuya concepción involucra la postura clásica de las esculturas ecuestres romanas y también el desdoblamiento cubista de la bidimensionalidad.

Si bien la península yucateca no hospedó lo más señero de la obra de Picasso (la pintura y la escultura), fue una experiencia insustituible para quienes solo accedemos a ella mediante libros e Internet. Pero, la esperanza de poder observar en persona la magnificencia del Guernica sigue intacta.


sábado, 18 de octubre de 2008

No dar la nieve a Alexander Solzhenitzyn

por Agustín Abreu Cornelio
(publicado en Vanguardia)

Yo no conozco la nieve. Sin embargo, imagino que en estas fechas comenzará a fermentar su inmaculada dulzura, a extenderse por los páramos de la gran Rusia con tanta firmeza, con tanto peso transparente como lo hiciera en las épocas de la “cortina de hierro”, y que horadará las tumbas hasta encontrar la barba del escritor que con mayor fiereza se atrevió a denunciar las injusticias del régimen soviético: Alexander Solzhenitsyn: ganador del premio Nobel de literatura en 1970, poseedor de una voz lírica, crítica y valiente que lo caracterizó durante toda su vida y que le ganó el respeto no sólo de los intelectuales de todo el mundo, sino también la de sus constantes perseguidores, los elementos de la inteligencia soviética, tales como el ex presidente ruso Vladimir Putin quien a su muerte no se contuvo de declarar: “es una pesada pérdida para Rusia”.
Nacido en 1918 en Kislovodsk, pequeña ciudad del Cáucaso que durante fines del siglo XIX se hizo famosa por albergar artistas e intelectuales rusos, manifestó desde muy temprana edad sus inquietudes literarias, atiborrando los cuadernos que el estado soviético repartía a los estudiantes, los cuales, irónicamente, ilustraban sus portadas con imágenes y lemas alusivos al régimen stalinista. Cuenta Ludmila Saráskina, la más reciente biógrafa del escritor, quien tuvo acceso a su archivo personal, que “a los 16 años, había planeado sus obras completas y las había editado, manuscritas en cuadernos” y que él mismo solía indicar que la tirada de tales ediciones alcanzaba varios miles e, incluso, millones de ejemplares.
Solzhenitsyn fue un inocente entusiasta del comunismo, del cual se fue desencantando paulatinamente, sin perder el compromiso que lo unía con el elemento más tangible de la Unión Soviética: el pueblo. De manera congruente, se enlistó en el ejército para combatir la invasión nazi durante la Segunda Guerra Mundial, alcanzando el rango de capitán, participando en la ofensiva final sobre Berlín y obteniendo condecoraciones por su desempeño. No obstante, durante el regreso de las tropas a la URSS, Alexander escribe una carta a un amigo en la que crítica a José Stalin. Éste hecho, como extraído de la novela La broma, del checo Milán Kundera, le gana la primera represalia. El propio escritor ruso lo narra, con parquedad, de la siguiente manera: “Ya habíamos escapado del cerco de los alemanes y nos dirigíamos hacia Könisberg. Allí me arrestaron. Pero ni el optimismo ni las convicciones que me impulsaban me habían abandonado.”
Este escrito, la carta a un amigo, que no salía del ámbito privado y que tenía un destinatario único, obsequió a Solzhenitsyn con ocho años en el sistema de prisiones para detractores políticos, conocido en la Unión Soviética como Gulag. Al cumplir su condena, “rehabilitado” para la vida social, Solzhenitsyn había templado su carácter, forjado su valentía y adquirido la información necesaria para escribir su primera gran obra, Un día en la vida de Iván Denísovich, novela que narra la cotidianeidad de los campos de trabajo forzoso, la cual pudo publicar hasta 1962. Mientras tanto, se ganaba el pan diario impartiendo clases de física y matemáticas en Ryazán, una pequeña ciudad del centro de Rusia, materias en las cuales se había licenciado varios años antes en la Universidad de Rostov.
A partir de la publicación de Un día en la vida de Iván Denísovich, la persecución y la censura fueron abrumadores y alcanzarían su punto cumbre en 1970, cuando se le concede el premio Nobel, a cuya ceremonia de recepción Solzhenitsyn se negó a asistir por temor a que se le impidiera el retorno a la Unión Soviética. Cabe decir que para entonces las obras del novelista circulaban sólo de manera clandestina en los países que conformaban el Pacto de Varsovia. Eran los días en que la ortodoxia del Partido Comunista Soviético aplastaba sin miramientos cualquier brizna reformista, aún dentro de los términos marxistas; pero estas se propagaban fácilmente entre los círculos estudiantiles, tal como ocurrió en Checoslovaquia en 1968, país que fue invadido y depuestos los dirigentes del partido comunista de aquel país por haber reformado su reglamento interno, contraviniendo las recomendaciones soviéticas.
Las obras de Alexander Solzhenitsyn cruzaban las fronteras de la Unión Soviética dos veces, primero como manuscritos teniendo como destino Francia o Alemania Occidental, donde eran editadas y distribuidas internacionalmente, y luego regresaban a territorio soviético en formato de libro, aunque disfrazadas y ocultas, de tal manera que pudieran evadir las estrictas medidas de seguridad fronteriza. Una vez dentro, los círculos de disidentes los pasaban de mano en mano, entre amigos, de maestro a alumno, o viceversa.
Una nueva bomba explotó en 1973, cuando Alexander Solzhenitsyn publicó la primera parte de su novela monumental Archipiélago Gulag, la cual valió a su autor una acusación de alta traición por denigrar el pasado de su país. Mediante este libro, dice Raúl del Pozo, “los comunistas de todo el mundo (…) descubrieron que por debajo del anticomunismo doliente y lírico de Alexandr Solzhenitsyn, estaba el infierno de la verdad. Pocas veces un libro ha causado tanto dolor. Los perseguidos, torturados, encarcelados de este lado se veían a sí mismos en la reconstrucción de almas, se encontraban entre los desaparecidos y se identificaban con los 227 testigos.”
Para el año siguiente, ya bajo el régimen soviético de Leonid Breznev, Solzhenitsyn publicó su Carta abierta a los dirigentes soviéticos. En ese momento la KGB ya discutía una resolución ante la “amenaza” que el escritor representaba para la estabilidad del régimen soviético. El debate se dividió en dos vertientes: la más férrea y tradicionalista, del grupo halcones, heredero del stalinismo, pugnaba por el destierro del escritor a la localidad siberiana de Verjoiansk, nombrada comúnmente “polo del frío”, donde, en palabras de Ludmila Saráskina, “hubiera estado fuera del alcance de la prensa occidental y donde hubiera muerto en poco tiempo”. La otra vertiente, más moderada e interesada por la posible reacción de Occidente, en plena Guerra Fría, tuvo más peso en la decisión, por lo que el escritor fue arrestado, sentado en un avión y enviado a la República Federal Alemana. Esta decisión contó con la participación de dos políticos que la vieron como una oportunidad ventajosa para sus trayectorias personales: por un lado, Yuri Andrópov, jefe de la KGB, tenía aspiraciones al máximo escalafón del estado soviético, por lo que no deseaba ser visto por la prensa internacional como un asesino y represor de corte stalinista; y por el otro, Willy Brandt, canciller alemán que había ganado el premio Nobel de la paz en 1971, tenía como misión política fortalecer las relaciones con el bloque soviético con miras a una futura reunificación de Alemania. Brandt, al recibir a Solzhenitsyn quedaba bien con la Unión Soviética y con el mundo occidental al resguardar y proteger la integridad del Nobel ruso.
Exiliado de la Unión Soviética y sin nacionalidad (la soviética le había sido retirada por considerarlo traidor a la patria), Solzhenitsyn vivió algunos años en Suiza para después trasladarse a Vermont, en Estados Unidos, donde continuó escribiendo contra el totalitarismo soviético hasta la caída de este régimen, momento en que pudo volver a su añorada Rusia. La labor crítica mantuvo la vitalidad que en su cuerpo le abandonaba en una silla de ruedas. En 2007, el ganador del Nobel aceptó el Premio Nacional, máximo galardón que ofrece el gobierno ruso, luego de haberse negado en dos ocasiones previas. En 1990, aún bajo el mandato de Mihail Gorbachov, lo rechazó porque “no podía aceptar una manifestación de reconocimiento personal por un libro que fue escrito con la sangre de millones de hombres” (se refiere a Archipiélago Gulag), en palabras del propio autor. Y cuando la oferta fue personalmente de Boris Yeltsin, dice: “yo contesté que no podía aceptar ninguna condecoración de un poder estatal que había llevado a Rusia al borde de la ruina.”

Algunos de sus textos

El régimen soviético, como cualquier totalitarismo, estaba plagado de férreos mecanismos de control social. Sobre ello dice Raúl del Pozo: “el miedo, el instinto de conservación, instinto animal compartido por todos los seres humanos, fue utilizado por unos rufianes de la checa para destruir a la gente obligándola a aceptar compromisos morales menores. Unas veces era colocar un cartel en el escaparate, otras dice Havel firmar una petición acusando a un colega por hacer algo que al Estado no le gustaba, otras permanecer silencioso cuando un colega era perseguido injustamente. El estalinismo trató de convertir a todos en cómplices morales.”
Peter Berger, uno de los sociólogos de mayor influencia en la actualidad, en su libro Invitation to Sociology (traducido mañosamente como Introducción a la sociología) afirma que los mecanismos de control existentes en toda sociedad requieren de la confirmación constante de las personas destinadas a aplicarlos, y rehusarse a tal confirmación implica una amenaza a la definición imperante en la sociedad. Si Berger da tal caracterización para toda sociedad, imaginemos la Rusia soviética como un caso radical. El sociólogo norteamericano refiere tres posibilidades para rehusar la confirmación: la transformación, la separación y la manipulación, las cuales son aplicadas por los personajes de Alexander Solzhenitsyn.
En Por el bien de la causa, Alexander Solzhenitsyn nos sitúa en una pequeña ciudad provinciana, donde los estudiantes de una escuela técnica han solventado los problemas burocráticos que habían retrasado la construcción de su nuevo edificio, tomando ellos mismos las herramientas, haciendo la albañilería, la carpintería y ofreciéndose para la mudanza. A pesar de ello, el comité, al ver concluido el edificio, decide destinarlo para un instituto superior de ciencias.
En este texto, que podríamos colocar ajustadamente en el género de la novela corta, priva el uso de diálogos directos, lo cual nos permite conocer a los personajes mediante sus propias palabras y acciones, además de la intromisión del estilo indirecto libre que introduce al lector en el pensamiento de los personajes, pero sin que el narrador emita juicios sobre los actos. Así podemos presenciar la angustia del director de la escuela técnica y de la asesora de los alumnos, y la frustración de un grupo de jóvenes realmente comprometidos con los ideales comunistas (a lo largo de la obra se muestra a los jóvenes cantando canciones alusivas al poder de la técnica y a la supremacía del proletariado) que se sienten engañados y utilizados por una maquinaria amorfa y estúpida: la burocracia. En esta obra, los adolescentes impetuosos están dispuestos a tomar por la fuerza las instalaciones construidas con sus propias manos, pasando por alto las decisiones tomadas por los dirigentes del partido, pero es el director quien, a su pesar, cumple con su papel controlador al convencerlos de aceptar la parte del edificio que se les ha cedido.
La actitud de los estudiantes, previamente descrita, corresponde a lo que Berger llama transformación: “cuando observamos las revoluciones, descubrimos que los actos externos contra el antiguo orden son precedidos invariablemente por la destrucción de la obediencia y la lealtad interna”. Así, los adolescentes de la escuela técnica han sido sorprendidos en la toma de conciencia de su papel en la sociedad soviética, donde el esfuerzo se invalida en aras de la verticalidad burocrática. Estos muchachos, y hasta los maestros que se encontraban junto a ellos, han visto derrumbarse el sustento ideológico que los impulsó a tomar las herramientas de construcción o a cantar: “¡No queremos, no queremos languidecer / a la luz del hogar o de las velas! / Vamos a encender, sí, sí, sí, ¡vamos a encender / los diodos! / ¡Y los triodos! / ¡Y los tetraodos! / ¡Y los pentodos! / ¡Y muchas más lámparas de todas clases!”
En La casa de Matriona se nos muestra una situación poco común, la de un maestro que desea distanciarse de la civilización y, teniendo que alojarse en un poblado pequeño, decide hacerlo en la choza de una anciana olvidada por las instituciones sociales, quien le ofrecía muy pocas comodidades, desdeñando invitaciones de mujeres jóvenes. Este maestro, quien también es el narrador, entabla una relación platónica con su anfitriona y percibe en ella la pureza del carácter ruso: “la vida me había enseñado a no buscar en la comida el sentido de la existencia cotidiana. Para mí era mucho más importante la sonrisa de su rostro redondo, una sonrisa que, cuando por fin pude comprarme una máquina fotográfica, traté en vano de captar.”
El personaje Ignatich de este relato, el maestro, coincide con la descripción que hace Peter Berger de la separación individual (de que se sirven los místicos al igual que los integrantes de subculturas tales como las “tribus urbanas”), la segunda posibilidad para evadir la confirmación de los mecanismos de control, el cual se refiere a una búsqueda individual, generalmente por los caminos de lo espiritual o lo intelectual, despojándose de la mayor carga social posible para construir un lenguaje y una identidad alternas, que no corresponden a las expectativas cotidianas.
La última de las posibilidades mencionadas por el sociólogo estadounidense, la manipulación, es aquella en la que “el individuo no trata de transformar las estructuras sociales ni se aparta de ellas. Más bien hace un uso deliberado de ellas en formas no previstas por sus legítimos guardianes”. La manipulación es ampliamente utilizada por el protagonista de Un día en la vida de Iván Denísovich, el cual se encuentra recluido en un campo de trabajo forzoso y se sirve de cuantas estratagemas están a su alcance para obtener prerrogativas en su quehacer cotidiano, desde apartarle la comida a alguien o hacer fila por un compañero, hasta el robo de la herramienta de trabajo con el fin de cumplir con las tareas que se le encargan de una manera más eficiente y expedita.
Esta novela es sumamente cruda en su relato de los hechos, sin embargo, no presenta a personajes fracasados o deprimidos (salvo uno o dos), sino que la mayoría se resigna a su rol dentro del campo de concentración y lo desempeña de la mejor manera posible, manipulándolo en su favor: así, por ejemplo, trabajan con ahínco ya que es la mejor manera de ganar calor corporal. Ya al final de la obra, cuando hemos visto todos lo sacrificios y obstáculos a que ha debido sobreponerse Iván Denísovich, el narrador comenta: “No tenemos nada, por eso siempre tratamos de ganar algo (…) Había pasado un día. Un día casi feliz, no enturbiado por nada. / Así fueron y serán los tres mil seiscientos cincuenta y tres días de su condena, desde la diana de la mañana, hasta el control de la noche.”
Las obras de Alexander Solzhenitsyn nos presentan los horrores con trazo exacto, pero sus personajes siempre están sobreponiéndose a la desgracia con cierto grado de estoicismo, doliéndose de su presente y congratulándose por alcanzar el futuro. Dice Raúl del Pozo que Solzhenitsyn es el disidente por excelencia, ya que en él también se aprecian el carácter que el novelista supo inculcar en sus personajes, siendo tanto él como su obra una afrenta constante para el sistema de crueldades soviético. Quizá por ello el mismo del Pozo asegura que la literatura del Nobel ruso ha ganado más anticomunistas que todos los agentes y los programas de la CIA juntos.
En las palabras liminares de Archipiélago Gulag, Alexander Solzhenitsyn escribió: “Pasan las décadas, y las llagas y las cicatrices del pasado van borrándose irreparablemente. En este tiempo, el resto de islas se quebró y se dispersó, quedaron cubiertas por las olas del gélido mar del olvido. Y llegará el día, en el próximo siglo, en que este Archipiélago, su aire, y los huesos de sus habitantes, congelados en un témpano de hielo, aparecerán como un inverosímil tritón.” El pasado tres de agosto, el escritor ruso falleció en su casa de las afueras de Moscú, e imagino que la escarcha empieza a crecer sobre su tumba como ese olvido que él mismo presagiaba.
Pero es nuestro deber no concederle la nieve, no concederle nuestra cobardía. Pues si bien las injusticias narradas en sus libros se ubican geográficamente fuera de nuestro país y de nuestra lengua, también en nuestros barrios, detrás de nuestras paredes, se cometen y se han cometido atrocidades. Hay un régimen de violencia que crece bajo nuestras narices (no hablo de lo instituido, sino de lo socializado) sin que cobremos conciencia del silencio que se impone a nuestra inteligencia. Debemos negarle la nieve a Solzhenitsyn, y apropiarnos de su valor y su literatura.

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