sábado, 21 de julio de 2012

Otras vueltas de tornillo (sólo una)

Marco Denevi (1922-1998)

5. Napoléon en Santa Helena

Prisionero de Inglaterra, Napoleón Bonaparte llegó a la isla de Santa Helena el 15 de Octubre de 1816. El médico que lo revisó durante el viaje diagnosticó cáncer de píloro y pronosticó que no viviría mucho tiempo.
Sir Hudson Lowe, gobernador de la isla, profesaba a Napoleón un frío odio británico y estaba dispuesto a hacerle pagar caros sus quince años de gloria. Sir Hudson razonó así: "Este hombre morirá a corto plazo. Su reclusión en Santa Helena, pues, será demasiado breve y aun en mi compañía no le hará purgar todas sus culpas. No tengo otro remedio que alargar artificialmente el tiempo de su cautiverio".
Entonces fraguó un plan. En las habitaciones de Napoleón todos los días eran el mismo día. Los reloje no marchaban. El calendario mostraba una única hoja y la hoja decía: 16 de octubre de 1816. Desayunos. almuerzos y cenas no variaban. No variaban las palabras, los ademanes, las sonrisas, las miradas, los tonos, los fingidos titubeos, las vestimentas y los movimientos de quienes diariamente atendían al ex emperador. A éste se le permitió que diese un paseo (por las galería interiores de la fortaleza, a fin de que nubes o lluvias, que desairaban las órdenes de sir Hudson, no lo echasen todo a perder) y en esos paseos Napoleón veía siempre las mismas caras, oía las mismas voces, recibía los mismos saludos. Por la tarde escribía sus memorias. Que escribiese todo lo que quisiera. A la tarde siguiente encontraría sólo papeles en blanco. O que leyese. En la biblioteca había un solo libro.
El médico lo visitaba todas las noches. Los mismos falsos golpecitos en el vientre, la misma ironía: "Dieta, reposo y lectura de la Biblia", la misma hipócrita reverencia. Después lo visitaba sir Hudson. Todas las vecces le preguntaba: "¿Tiene alguna queja que formularme?" y cualquiera fuese la contestación, añadía: "Perfectamente" y se iba sonándose la misma nariz puritana con el mismo pañuelo irlandés.
Esta farsa se repitió inflexiblemente durante días y días. "Viva un mes o un año", reflexionaba Lowe, "a Napoleón le parecerá que su castigo es eterno".
Lo malo es que transcurrieron no un mes ni un año, sino años enteros y Napoleón no se moría. Varias veces el médico le informó a sir Hudson: "Es extraño. Se mantiene en el mismo estado en que se encontraba el día en que llegó aquí". El gobernador gruñía: "Tanto mejor". Pero aquella rutina los volvía locos a todos. Estaban hartos de comportarse como figuras mecánicas. Hubo sordas protestas, algunos pujos de rebelión. Lowe no cedió. Era un hombre de un carácter terrible y, al parecer, exageradamente antibonapartista. Combinando arengas patrióticas y amenazas logró imponerse a sus subordinados. Increíblemente, éstos aguantaron casi cinco años.
Pero el 5 de mayo de 1821 también sir Hudson perdió la paciencia. Irrumpió en las habitaciones de Napoleón y empezó a gritar, a pronunciar frases que nunca había dicho en presencia del prisionero. Inmediatamente Napoleón se desplomó y una hora después moría, víctima de cáncer de píloro.
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