lunes, 20 de junio de 2016

Diálogo bajo un carro

(de Juan José Saer, incluido en El arte de narrar)


A Rafael Óscar Ielpi

"Porque entre tanto rigor
y habiendo perdido tanto,
no perdí mi amor al canto
ni mi voz como cantor."
La vuelta de Martín Fierro

Estando, por razones políticas, exiliado en el litoral, un poeta argentino del sigo pasado [XIX], llamado José, recibió, una mañana, la visita de Rafael su hermano. Comieron un asado con vino negro y, como hacía calor, se echaron a dormir la siesta en el pasto, bajo un carro protegido a su vez del sol por una hilera de paraísos. Los dos tenían camisa blanca, sin cuello, entreabierta en el pecho, arremangada, y el vino, la carne gorda y la resolana los adormecían. Con los ojos cerrados, o protegidos con el antebrazo, entre grandes intervalos de silencio, antes de entrar en el sueño profundo que duraría hasta el anochecer, mantuvieron el siguiente diálogo:

José:
¿Y han de pasar, nomás para nosotros, los años? ¿Vacilación,
sangre, vacío, habrá sido nomás nuestra suma en el árbol
de las horas? A veces, nadando en el río firme de la fraternidad,
qué tentación, hermano, de echarme a morir,
o separarme para mirar, callándome por fin, desde la orilla, el delirio.
Estos pueblos se me antojan a veces como un pan en llamas.

Rafael:
Un pan en llamas, sí, un pan en llamas
y una llave en llamas que hubiese debido abrir ese pan.
Los tigres comen cruda
la carne que pillan en las matanzas
y las cabezas de los mejores se hacen tasajo en la punta de las picas.
El diablo bendeciría este siglo, si fuera capaz
de bendecir.

José:
Y estamos echados, sin embargo
en este silencio, a salvo de un sol continuo, implacable,
bajo este dije de paraísos, donde es más denso
el olor de los ríos que el de la pólvora: dos hermanos
que salían, en la infancia, a cazar, y volvían, a la oración,
trayendo una maraña de caseros y las rodillas sangrantes,
dos hermanos que se abrazan cuando lo admite la guerra
y juntan, si pueden, bajo una lámpara, los pedazos de un mismo
recuerdo. La borra de esos momentos será una nación.

Rafael:
Que ha de quitarnos, algún día, hasta el frescor de estas hojas.
Y que, de nuestros sueños, los más oscuros, los que vuelven
continuamente, cada noche, como quisiéramos, en la red
de la pesadilla, que volviese el sabor
de la leche de nuestra madre y que volviese la sombra de su pecho,
de nuestros sueños nos hará,
al borde mismo de la muerte, convictos. No esperábamos, no,
volviendo en el aire lila a la oración,
con las manos llenas de pájaros y las rodillas que sangraban,
encontrar, en una esquina del tiempo, o de la historia, el pelo
enmarañado de la guerra. Y ya no somos, para nuestra madre,
los héroes que vuelven intactos, entre una suerte de resplandor,
a la casa que crece, sino dos hombres hechos pedazos,
sudorosos, que levantan, por pura costumbre, el fusil,
para gatillar de una vez por todas, y una vez más,
contra la bestia anónima
que come, parsimoniosa, nuestros años. En las ciudades,
no hay más que entrar a un café, o a un negocio,
o pararse unos minutos en una esquina, a mirar la multitud,
para ver los rastros de la bestia manchando todas las caras.
¡Si hasta los mejores terminan, como lo hemos visto,
con el cuerpo separado de la cabeza! No, decididamente,
no pareciera haber cosas claras por las cuales luchar. Y la simplicidad
de las víctimas, que por sí sola bastaría,
tomando envión, para cambiar hasta la forma de las estrellas,
¿qué hará de sí misma cuando su sed se haya calmado?
¿Cómo ganar la guerra si nos alimentamos
con el veneno que vende el enemigo? Y no nos queda,
sin embargo, otro remedio más que seguir,
ya que el delirio más grande consistiría en pararse,
entre las balas, en el centro
de una red de cuchillos, a repudiar con una voz
más débil que las detonaciones. A veces me sé decir

José:
¡Sht! Se mueven las hojas y no sopla, sin embargo,
ninguna brisa. Es una forma, propia de los árboles,
de cantar por sí solos, cuando no hay viento, o de hablar,
más bien, en voz baja, en un lenguaje de este mundo
y de ningún otro, aunque a menudo no lo entendamos,
y no tenga, aparentemente, traducción.

Rafael:
                                                              No oigo nada, nada
más que este siglo ensordecedor; nada, como no sea
el lamento monótono que se levanta de las ciudades,
los grandes golpes del sable contra el cuello del condenado,
el chillido de los monos de etiqueta despedazando
el mapa del mundo, el cotorreo
en las cenas de sociedad, y la jerga de los pedantes. Nada,
salvo una voz que se cuela, a veces, desde la infancia,
para decir, muchas veces No era esto. No era esto,
y apagarse, en seguida, llorosa, en la oscuridad.

José:
Y sin embargo, saben hablar, algunas veces, los árboles,
con un susurro que viene, de golpe, de las raíces a las hojas,
y las hace temblar. ¿Nunca escuchaste, tampoco,
curva, paciente, la voz del verano, que no habla
en las cosas ni por ellas, sino para sí misma y en sí misma,
en los grandes espacios y en el río de la siesta?
Si hubieses visto, como yo,
al aclarar, venir, desde la nada, los pájaros,
y edificarse, desde la nada, la luz,
recomenzando, trabajosamente, día tras día,
no como consecuencia, sino condescendiendo a las leyes que observamos,
y recordaras, estremeciéndote, como yo, desde una cama
solitaria, la espuma del amor, bajando,
como una vestimenta nupcial, al encuentro
de su llanto, no quedaría, de esa pesadilla, ni la escoria,
aunque más no fuese por un momento. Porque hay más de una
realidad. Hay más de una realidad
o un nudo, centelleante, de realidad,
que cambia a cada momento y es, sin embargo, único.

Rafael:
Esas voces te salvarán.

José:
                                               Se salvará la voz,
no el que la escucha. Del que la escucha, se salvará,
a lo sumo, el agua de un momento. Y el agua de un momento
no alcanza para calmar la sed ancestral
y nos da, apenas, la sombra del sabor de la comida
servida en alguna parte, sobre una mesa inefable,
lista para un almuerzo al que nadie,
en ningún mediodía, se sentará.

Rafael:
Qué diferencia, la de esa agua, con este vino
que nos hunde en un sueño lleno de miedo,
separándonos, hundiéndonos a cada uno en su cuerpo
como en la fuente de la cólera, de espaldas a un mundo frágil.

José:
Un vino grueso, que no nos deja cantar. En el aire robusto
se borran todos los signos, y hasta el sol se adormece.

Rafael:
Hemos descubierto, una mañana, inesperadamente,
en el patio de nuestra casa, el rastro de la víbora,
trayendo consigo la pesadilla, el horror,
el entresueño, el hambre. La tortura
desplazó, férreamente, al nacimiento,
y en nuestros sueños reinan, rabiosas, las medusas. ¿Después de esto,
qué vendrá? ¿Qué es lo que habremos de legar?

José:
Aunque de todo este horror edifiquemos
algo más claro y duradero,
                                               habrá sido tan alto el precio
que en comparación nuestro edificio será nada,
y aunque la tierra entera cante con una voz unánime,
mucho más tarde, junto a la mesa servida,
habrá siempre un momento negro sobre una rama del tiempo
donde los sueños convictos de estos siglos ruidosos

recibirán, de los verdugos de sueños, su condena.

Clima martinfierrista. Un trabajo fotográfico de 1890, realizado expresamente para recrear el ambiente representativo de la obra de José Hernández.

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