martes, 27 de mayo de 2008

Octavio Paz y el arte de ametrallar cadáveres

(FRAGMENTO)
por Evodio Escalante




Saqueó, magulló y triunfó. En la acción puntual de estos verbos, con lo que revelan y a la vez esconden de ansiedad carnívora, puede resumirse la vida literaria de Octavio Paz. La velocidad y el carácter depredador de su prosa dependen de lo anterior, como de ello pende igualmente su pertinaz permanencia en la cultura mexicana de nuestros días. Sin duda la prosa de Alfonso Reyes es superior, en la medida en que es más transparente y fluida, más civilizada y cordial, esto lo sabe todo el mundo; la de Paz, por contraste (me excuso por la rima), es más eficaz, y con ello hago referencia no sólo a su eficacia sino a su efectismo. No es peyorativa esta última expresión. Llamo efectismo, en su sentido más amplio, a la llana capacidad de producir efectos. El primer ejemplo de la eficacia de su prosa, y de su temperamento aquilino, lo tenemos en El laberinto de la soledad. Producto tardío de la epidemia filosófica que desataron los hiperiones en su búsqueda afanosa del ser del mexicano, no deja de maravillarme que un outsider como Paz fuera capaz, con un mismo gesto, de apropiarse de sus inquietudes identitarias y de borrarlos para siempre del panorama intelectual. Todo lo que Joaquín Sánchez MacGregor, Leopoldo Zea, Ricardo Guerra, Luis Villoro, Samuel Ramos, Emilio Uranga, Salvador Reyes Nevares, Jorge Portilla, Fausto Vega y hasta Rubén Salazar Mallén, animados en el fondo por el magisterio de José Gaos, habían logrado avanzar en los años treinta y cuarenta del siglo pasado en el terreno de la llamada “filosofía de lo mexicano”, Paz lo resumió y lo volvió obsoleto con este libro que seguimos leyendo todavía hoy. Salvo la tristona agonía de El perfil del hombre y la cultura en México, de Ramos, a los restantes libros, artículos, mesas redondas, conferencias y tesis académicas que brotaron de este selecto grupo de pensadores los desplazó y sepultó la prosa de El laberinto. Primera prueba de sus efectos.



El texto completo puede leerse en http://www.jornada.unam.mx/2008/04/27/sem-evodio.html
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