jueves, 28 de enero de 2010

A flor de La piel

por Agustín Abreu Cornelio

La vista es el único sentido que nos permite percibir a la distancia, sin establecer contacto físico con aquello que deseamos descubrir; aún el olfato necesita proximidad, estar inmersos en el aroma, inmiscuirnos en el aliento de las cosas. Pero los ojos son un arma teledirigida con los cuales vamos hollando nuestro entorno; pero no son suficientes, porque siempre queda la posibilidad del camuflaje: “Como si mirara / la sombra más exacta del agua / estallando en la manía de las máscaras, / al vuelo mudo de tu mano / mido el error / y se me caen los ojos.” Estos versos, extraídos de La piel (2009), indican la urgencia de adquirir nuevos mecanismos para traspasar nuestras lindes y descubrir el mundo.

La piel es el más reciente poemario del yucateco José Díaz Cervera, el cual obtuvo hace dos años el premio Efraín Huerta. Inscrito en la tradición poética española en la que el factor fónico del verso es imprescindible, Díaz Cervera nos entrega en esta obra melodías mesuradas que incitan a la introspección. Si bien no es tan virtuoso en sus construcciones musicales y retóricas, como ocurría en los libros anteriores Licantra (UNAM, 1991) y, sobre todo, Manual del fingidor (UADY, 1997), La piel se nutre de una profundidad humana, mediante el empleo de versos cortos, encabalgamientos estratégicos e, incluso, interrumpiendo el ritmo natural del verso: “Lejos de / las miserables celdas y / de las hojas que se sienten con / la obligación de / quemarse en la estampida de / las medias / palabras.”

Díaz Cervera, además de poeta, es académico de la Universidad Autónoma de Yucatán y de la Universidad Modelo, además de estudiar una maestría en Filosofía en la UNAM. Ello le habrá brindado herramientas para precisar más su empleo del lenguaje, aunado al respeto por la gramática de nuestro idioma y a la carga semántica de cada palabra que lo han caracterizado de siempre; no hay ambigüedad en esto versos, sino polisemia; es un atentado metafórico contra un orden social que nos asedia. Por eso las palabras que emplea el poeta deben ser “lo suficientemente mudas”, deben aprender a sugerir

Si nuestro bien amado José Gorostiza había afirmado, desde la subjetividad de su enunciante, “lleno de mí, sitiado en mi epidermis”, José Díaz nos hace ver que nuestras alegrías sarnan, se despellejan, que el órgano más grande del cuerpo humano no es sino sus palabras o, más bien, aquellas de las que cada individuo se apropia: “Mi nombre sufre, / yo estoy bajo su piel.” Nos hace ver que es necesario traspasar las líneas enemigas, herir el mundo con estas mismas palabras que parecieran contenernos, poner el filo del pelaje hacia este mundo lleno de perraldad.

Entre los ladridos de nuestro entorno, “el que calla / se abre a un eco de rumores”, y el “decir es un cuchillo” para abrir de tajo el mundo y extirpar sus malas digestiones. Las palabras del poema, del verdadero, parece afirmar José Díaz, nos hacen desconfiar de lo evidente, evadir la “carnada del pensamiento” e ir en busca de lo subyacente.

La piel es poesía y es testimonio del poeta, de sus circunstancias y del mundo. No se percibe en el libro un desfase de su cotidianeidad ni de sus recuerdos ni de sus tradiciones (los polvos de arroz que usó su abuela lo manifiestan); pero el compromiso estético lo hace evadir la posición política, la denuncia directa. Es al mundo, profuso auspiciador de injusticias, a quien se declara enemigo: “La perraldad ha lamido estos vocablos / ha tenido la benevolencia de aperrearme / me ha besado cuando estoy dormido / y es sincera como las hemorragias.”

Es La piel, desde mi particular perspectiva, un poemario que se adosa a otros como Sobre la tierra de los muertos, de Javier España, para vislumbrar la inopia humana que se multiplica en el sureste mexicano y la propuesta de la poesía peninsular para hacerle frente.





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