viernes, 19 de octubre de 2007

La ficción ilusoria

(Texto ganador del 1er Concurso Interuniversitario de Ensayo convocado por la Universidad Modelo, Mérida, Yuc., 2007)

La meta es el olvido.
Yo he llegado antes.
J. L. Borges


¿Alguien puede sentarse ante los noventa minutos de cualquier libro de Jorge Luis Borges, tomar una cerveza y esperar a que un resumen ajeno le muestre los instantes que han determinado su sentido? No. Y esta actitud, propia del Homo Videns[1], ha marginado la literatura borgiana de los grandes públicos, aunque su nombre circula como un enorme SIC por bocas presidenciales.
Los cuentos, poemas y ensayos del escritor argentino se vuelven ilegibles para todo lector pasivo que, teniendo la chispa entre sus manos, no se atreve a liberar la combustión de la fantasía, la imaginación y el intelecto. Borges no presta mayor atención a su público, pero sabe confiar en él; sabe que comparte las circunstancias de una minoría que problematiza la realidad del mundo y quiere llevarla a un terreno superior, filosófico, metafísico u ontológico. Esta tentativa está oculta en muchos de sus poemas y en gran cantidad de sus narraciones; y quien se limite a leer la anécdota se perderá los ingredientes que conceden el goce de esta literatura.
“Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar” es la frase inicial de uno de los cuentos que más me emociona, pero antes de ir a él quiero vincular estas palabras con el origen de la narrativa borgiana. Luego del accidente que desembocó en la ceguera, el Borges poeta y ensayista cayó en una profunda crisis, en una incertidumbre sobre sus capacidades como escritor; sólo el descubrimiento de una faceta hasta entonces desconocida, la de narrador, pudo iluminar de nuevo su vida. Su primer texto narrativo es una rara mezcla de reflexión y relato que tomaría el título de “Pierre Menard, autor del Quijote”. Esta pieza ha sido ensalzada por los intelectuales postestructuralistas por denunciar la inconsistencia del lenguaje como instrumento de expresividad unívoca. Pero como ya he dicho, lo que me interesa destacar es que en “Pierre Menard…” se encuentran tanto el espejo como la enciclopedia en la forma del reflejo (el texto de Menard es, palabra por palabra, idéntico al de Cervantes, pero no tiene el mismo valor) y la especulación (cuya raíz es la misma de espejo: speculum) del conocimiento que tiene validez dependiendo de quién lo enuncie y desde dónde lo haga[2]. Estos tópicos, junto con el del laberinto, serán una obsesión borgiana buscando un lector dispuesto a tender el hilo de Ariadna, que entre a la narración para tomar el sentido por los cuernos.
Lo que he estado tratando de incitar en los párrafos anteriores es una lectura activa de los que Harold Bloom ha denominado “ensayos-parábolas cabalísticos y gnósticos” de Jorge Luis Borges. Una lectura que se atreva no sólo a reconstituir la estructura ausente del texto, sino que ofrezca una nueva posibilidad interpretativa para una literatura que ha sido profusamente analizada y comentada. Lo que propongo es tomar las palabras de Harold Bloom como actitud lectora ante Borges: leer sus cuentos de manera ensayística. “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, que inicia con la oración citada en el párrafo anterior, es un cuento, indudablemente. Sin embargo, la distancia que separa esta obra particular de las expectativas que propone el género ensayístico, podría no permanecer indemne si el lector variara concientemente la predisposición con que se prepara a resolver las indeterminaciones planteadas por el texto.
Hay algunos elementos formales en dicho cuento que justificarían la lectura ensayística: la propia denominación de artículo que da el autor en la posdata; el uso de notas al pie de página que sirven a Borges para dialogar con Russell y establecer algunas otras precisiones; la verosimilitud que brindan la inclusión de algunas personas reales en el cuento y el tono anecdótico. Nadie como Borges (acaso podría agregar a Cervantes, quien aplicó el mismo artificio en un sentido inverso: el Quijote es obra de Cide Hamete Benengeli) ha logrado convencernos de que es un personaje más del relato, que los hechos realmente pasaron ante sus ojos, y que ante los lectores también pueden ocurrir eventos fantásticos. Tengo muy presentes en la memoria “El libro de arena” y “El aleph”, y sopeso cada página en mis ojos como si fuera la última vez que la leo, o porque podría ver el universo en un breve miligramo de ella. Las personas incluidas, no sólo de nombre, sino atendiendo a su carácter, son Bioy Casares (probablemente el mejor amigo del autor, con quien compartía el amor por la literatura policíaca y fantástica), quien le informa de Uqbar; Alfonso Reyes (mexicano con quien Borges sostuvo una larga relación epistolar), de saber enciclopédico, que propone rescribir los tomos faltantes de “A first Encyclopaedia of Tlön”; y Xul Solar (intelectual políglota y pintor argentino cuyo arte de índole vanguardista está emparentada con el lenguaje de Tlön) que se convierte en el mejor traductor de aquel idioma. Estos préstamos genéricos son interesantes pero no bastan para justificar una lectura como la que propongo; hay que ir al terreno del sentido.
En “Tlön…” he podido identificar tres líneas narrativas: en la primera, Borges relata cómo, a partir de una conversación con Bioy Casares, tiene conocimiento de una región insospechada por la totalidad de los atlas y de las enciclopedias, excepto por un ejemplar del tomo XLVI de “The Anglo-American Cyclopaedia”, propiedad de Casares. Es la región de Uqbar; en dicho volumen se consignaba que Tlön era una de las regiones imaginarias referidas en su literatura. Borges se topa posteriormente con otra serie de pistas a lo largo de la narración: el tomo XI de “A first Encyclopaedia of Tlön” que describía la geografía, la filosofía, la lingüística, las matemáticas, etc. y una carta manuscrita que explicaba gran parte del misterio sobre la creación del mundo imaginario.
Una segunda línea narrativa puede encontrarse en el tono retrospectivo que se usa en la narración, en el rompecabezas que Borges va intuitivamente armando a la manera de un Holmes intelectualizado. Historia que es confirmada por una posdata escrita ¿siete años después del resto del cuento? “Orbis tertius” es una organización que continúo los trabajos que inició una sociedad de ‘idealistas’ radicales (entre los que se contaba George Berkeley) en el siglo XVII, la cual se propone crear un mundo organizado de tal manera que su discurso sea capaz de subyugar a la humanidad.
Afirma el narrador, en el final del cuento: “Ya ha penetrado en las escuelas el (conjetural) ‘idioma primitivo’ de Tlön; ya la enseñanza de su historia armoniosa”, y continúa: “Una dispersa dinastía de solitarios ha cambiado la faz del mundo.” Más adelante remata: “Entonces desaparecerán del planeta el inglés y el francés y el mero español.” Debe notarse que el discurso de Tlön, pervirtiendo las armas del lenguaje, hace lo propio con Borges y su serie de colaboradores. En el inicio del cuento se muestra la degeneración de las palabras en un modo ambiguo cuando Casares recuerda que “uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”; a ellos habría que agregar la literatura en la concepción platónica de la ‘mímesis’, según la cual toda obra de arte era peligrosa por ser copia de una copia, pues el mundo real es el de las ideas: lo que el hombre aprecia por sus sentidos es ya una representación.
La corrupción ante la palabra se aprecia más claramente en la fascinación que demuestra el propio narrador hacia la noción del mundo que tiene Tlön: “El mundo para ellos no es un concurso de objetos en el espacio; es una serie heterogénea de actos independientes. Es sucesivo, temporal, no espacial.” Manejan dos idiomas: uno basado en verbos calificados por adverbios monosilábicos, el otro basado en adjetivos; no existe el sustantivo, esto puede ser entendido por el hecho de que no puedan concebir un objeto desvinculado de alguna acción y de las características que algún sujeto le atribuya (aquí puede advertirse una característica fenomenológica). Por otro lado, no conciben que lo espacial perdure en el tiempo, el desplazamiento del observador modifica las formas que lo rodean; los objetos son convocados y disueltos de manera inmediata, todo hallazgo es un caso fortuito, más cercano a la esperanza que a la existencia previa del objeto hallado. Afirma Borges que el ‘materialismo’ (la doctrina que en nosotros es común, pocos se han atrevido a enarbolar la primacía de la idea) es la doctrina que más ha escandalizado a la población de Tlön. Borges ya otorga un alto status a esta concepción del universo cuando establece el paralelismo con la filosofía ‘idealista’, y al invocar el pensamiento de filósofos como Hume, Berkeley y Spinoza.
Otro elemento que cobra gran relevancia en el sentido del texto es el juego de espejos. Desde el inicio del cuento, Borges atribuye a un espejo inquietante ser partícipe de la generación de la historia; está también el espejo aborrecido por el heresiarca de Uqbar, dado que multiplica a los hombres. Otro espejo aparece en el inicio de la parte II, como un testigo silencioso de la vida de Herbert Ashe y de la aparición de la segunda pista: el tomo XI de “A first Encyclopaedia of Tlön”. Dicho volumen está integrado por 1001 páginas, a semejanza de las 1001 noches, número coincidentemente capicúa. Un poco más acorde con la idea del heresiarca, quien veía en los espejos un falseamiento de la realidad, está la intromisión (que no explicación) de los sistemas de numeración duodecimal y sexagesimal, para los cuales 10 significa doce y sesenta respectivamente (lo cual es un hecho: A es diez, B es once, para ambos casos). Yendo un poco más allá, pero sin salir de la lógica ‘idealista’ (la de Platón, que es su primer gran exponente), el propio lenguaje se convierte en un espejo que corrompe la realidad, a tal grado que lo que no está frente al espejo, en su ámbito de observación, es irreflejable y, por tanto, inexistente. Por ello cobra sentido la creencia de los filósofos de Tlön de que cada tesis debería contener su antítesis y cada libro su contralibro; aporía de gran placer para los férreos defensores de Derrida.
Entre las escuelas filosóficas de Tlön, alguna hay que concibe al tiempo como una escritura, otra supone que mientras dormimos ‘aquí’ estamos despiertos en ‘otro lado’, una más concibe la vida como “un reflejo crepúscular, sin duda falseado y mutilado”. Explica Borges que “las cosas se duplican en Tlön; propenden asimismo a borrarse y a perder los detalles cuando las olvida la gente.” Ésta es la mayor aportación del Borges filósofo en “Tlön...”: poner en evidencia la discrepancia entre lenguaje y realidad.
Hay una tercera línea narrativa quizá trunca, pero reveladora de las intenciones de Jorge Luis Borges, quien actúa como el criminal que previene de su accionar para hacerlo más emocionante, como un nuevo Raskolnikov, en la plática que en un principio sostiene el autor con su amigo Bioy Casares: “nos demoró una vasta polémica sobre la ejecución de una novela en primera persona, cuyo narrador omitiera o desfigurara los hechos e incurriera en diversas contradicciones, que permitieran a unos pocos lectores –a muy pocos lectores– la adivinación de una realidad atroz o banal.” Hay otros indicios que confirman esta tesis de manera metanarrativa, como la propuesta de Alfonso Reyes de inventar los tomos restantes de la enciclopedia de Tlön; la consignación en la posdata de que el Mecenas Ezra Buckley quería demostrar “que los hombres mortales son capaces de concebir un mundo”; o la descripción de que en el undécimo hrön[3], como undécimo era el tomo de la enciclopedia encontrada por Borges, “hay una pureza de líneas que los originales no tienen”. En el cuento, el narrador va dando ejemplos de cómo la invención puede ocupar el lugar del conocimiento objetivo y ser más verdadera que el mundo tangible.
Ambas realidades –la atroz y la banal– están presentes en el cuento “Tlön, Uqbar, Orbis tertius”. Una lectura superficial sigue únicamente la primera línea narrativa, la cual obsequia una realidad trivializada: el capricho de una serie de intelectuales por conocer más sobre una región desconocida, y muy probablemente ficticia. Ahora, si anteponiendo la vocación reflexiva que Borges manifiesta en el cuento, hacemos una lectura ensayística, comprometiéndonos en continuar la meditación de las ideas expuestas por el autor, ¿qué ‘realidad atroz’ se develará?
En la segunda línea narrativa: la sociedad secreta que se propone subyugar mediante el discurso, algunos analistas han visto a ‘Orbis tertius’ (tercer orbe o planeta) como el ‘Tercer Reich’ alemán, dado que los hechos sangrientos de la Segunda Guerra Mundial aún se encontraban frescos en el imaginario colectivo cuando Borges escribió el cuento. No debemos olvidar la manipulación que el régimen Nazi llevó a cabo sobre la población alemana, logrando convencerla no sólo de la supremacía alemana y la necesidad de una guerra, sino del exterminio de judíos, gitanos y otras razas inferiores. Todo ello con la manipulación sistemática de la filosofía alemana previa, como la de Nietzsche. Aunque como se propone en el inicio del cuento, en lo que considero la tercera línea narrativa, unos pocos (lectores) alemanes se percataron del horror al que serían conducidos. Sin embargo, yo discrepo de ésta opinión. Borges estaba planteando el peligro de toda ideología sistemáticamente elaborada que pudiera dar la apariencia de verdadera aunque estuviera sustentada en elementos irreales; llámese ésta materialismo dialéctico, antisemitismo, nazismo o peronismo, todas ellas son “simetría con apariencia de orden”. En una parte del texto, el narrador afirma que los sistemas filosóficos “subordina(n) todos los aspectos del universo a uno cualquiera de ellos”, lo cual equivale a un parcelamiento de la realidad.
En el breve ensayo titulado “Una vindicación del falso Basílides” Borges describe la batalla en que se enfrascaron el gnosticismo y el cristianismo, que al fin ganaron los segundos. Ahí dice que “de haber triunfado Alejandría y no Roma, las estrambóticas y turbias historias que he resumido aquí serían coherentes, majestuosas y cotidianas”. Así que una nueva ideología dominante podría hacer que relatos como el de Tlön fueran ficción sólo de una manera ilusoria y sólo los ilusos no verían la angustiante sinceridad que hay en él.
Lo que arroja mi lectura ensayística es que el conocimiento se construye con el lenguaje y a él nos fiamos, así la fantasía de Tlön irrumpió en el mundo. El proceso de significación que recorre el texto, es un diálogo entre los diversos niveles, así como la realidad es un impreciso juego de espejos. Pero Borges no se contentó con exponer esta tesis, sino que la ejemplifica en su propio texto. Él mismo genera un discurso que sabe que será entendido por unos pocos lectores en su sentido atroz, y por muchos menos en el sentido satírico que se confirma con el final quevedesco, puesto que la traducción de Browne que hoy desentierra y que no llegará a la imprenta, algún día se insertará en la realidad como un diminuto objeto de sentido insoportable. Y de esta advertencia se pierden los incapaces del detalle y la reflexión; quienes quizás sonrían al saber que no he podido dar un final gracioso a mi cuento; quienes no tendrán más remedio que vivir el resumen de su mundo en los noventa latidos de la televisión.

Notas
[1] El individuo que es incapaz de llevar a cabo una abstracción, de manejar la lengua con criterio y coherencia, pues ha sido malacostumbrado por el lenguaje icónico de los medios de comunicación masiva, principalmente la televisión.
[2] Sobre los vínculos entre el poder y el discurso, Michel Foucalt, un admirador de Jorge Luis Borges, ha teorizado largo y tendido.
[3] Hrönir son los objetos creados de manera subjetiva por quien busca un objeto perdido, distintos al original que multiplican, pero no menos reales.

Agstn
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