lunes, 2 de junio de 2008

La sensualidad de la inteligencia

Entrevista con la Dra. Sara Poot Herrera
Por Agustín Abreu Cornelio
(publicado en el No. 09 de Al Pie de la Letra)

Hay que recorrer algunas cuadras, muy pocas desde la Plaza Grande, para llegar a casa de la doctora Sara Poot Herrera; porque luego de varios años de residir fuera de Yucatán, este edificio con su cobertizo y sus mecedoras, sigue siendo su hogar. Sara Poot es una distinguida estudiosa de la literatura mexicana y una figura de mención obligada al hablar de Sor Juana Inés de la Cruz; actualmente tiene su cátedra en la Universidad de California en Santa Bárbara. El último mes de 2007 el Ayuntamiento de Mérida y la Asociación de Libreros decidieron rendirle un merecido homenaje durante la 46ª Feria Municipal del Libro, circunstancia que aproveché para entrevistarla. La encontré en su casa con una sonrisa que connotaba cierta complicidad, además de comprensión por el caprichoso volar del reloj.
—¿Cuál es el interés de hacer estudios críticos y estudios académicos sobre literatura en un país donde se lee tan poco, como es el caso de México?
—Dice un amigo que escribimos para un grupito, para un público muy restringido, sobre todo en la investigación. En términos reales tal vez tenga razón, porque cuando hablamos de un artículo de investigación se trata de un texto muy especializado, para muy poquitos. Gran parte de la actividad de quienes estamos metidos en el mundo de la investigación es ver la manera de que circule la publicación; aunque uno quisiera escribir para mucha gente —por eso hay que escribir con sencillez, que sea menos denso y tenga su dosis de humor, si es pertinente, porque no se trata de forzar nada—, uno quisiera que esa circulación fuera formal e informal también; pero finalmente se reduce a un grupo de investigadores. Dice una amiga: no le hagamos al cuento, a mí me leen cuando alguien quiere trabajar sobre lo que yo trabajo, busca lo que se ha escrito sobre el asunto, y buscan específicamente lo que le sirve a él. Yo soy más optimista; yo pienso que en un país donde se lee muy poco —se lee mucho si piensas en otro tipo de literatura— no se puede dejar de publicar, más bien habría que cambiar conceptos, enfoques, es un trabajo de titán: de qué manera pueden los libros hacerse más económicos y circular más; atender proyectos no sólo especializados, sino también de divulgación; buscar públicos, en fin. Es algo muy complejo lo que preguntas.
Yo creo que escribimos para leernos unos a otros, lo que otro propone o ha logrado avanzar, para enterarnos de ello. La publicación, en mi caso, es el resultado de un proceso de la investigación que me interesa íntegro: hacer cosas que no sean convencionales, pensar y hacer cosas que en el fondo uno sabe que es quien las sabe hacer y no repetir lo que otros hacen, porque repetir es hacer las cosas mal. En mi caso la pregunta no es por qué escribir, sino por qué investigar: es un afán de búsqueda del conocimiento, de la verdad, de entender procesos históricos, realidades. Para mí es muy importante anteponer el suceso histórico a la interpretación actual —qué bien que hay quien interpreta, hay quienes lo hacen maravillosamente—; a mí me apasiona la búsqueda de comentarios y sobre eso me encanta hacer el análisis literario, mezclado con otras disciplinas, y completarme con otros estudios que se han hecho sobre ese texto literario. No se trata de descubrir el hilo negro… el hilo negro por sí mismo ya es interesante.

La charla de Sara Poot está tan imbuida por el sentido del humor, como la buena investigación por el sentido común, como si la inteligencia fuera sedimentándose poco a poco en el interlocutor, entre las sonrisas y las anécdotas ilustrativas.
—Sus textos de investigación tienen un estilo que es muy fácil de entender para el lector de a pie, no son muy académicos ni muy cargados de conceptos. ¿Esto lo hace concientemente con la intención de alcanzar un público mayor o es algo inherente a su manera de escribir?
—¿Qué se entiende por “muy académico”? Entre los grandes académicos e investigadores que yo respeto mucho está Antonio Alatorre y nunca sus textos son oscuros, él maneja conceptos pero muy bien asimilados. Un texto oscuro es un texto sospechoso; tal vez su autor no tenía muy claro lo que pretendía escribir, y lo llena de conceptos para que el lector vea que es “muy inteligente” aunque no se entienda; para mí esto no es ser académico. Para mí la transparencia en investigación es sumamente importante, me interesa que una idea esté aclarada y que un texto esté bien articulado en sus ideas, que tenga un orden y tenga un enfoque, para que el lector sepa por donde se está discurriendo. Dirijo tesis de maestría y de doctorado, y mis alumnos antes de sentarse a escribir tienen muy claro qué quieren decir, por qué lo quieren decir, cómo lo quieren decir, con qué lo quieren decir y qué hipótesis quieren probar. Esto que pareciera muy simple, que son preguntas de jardín de niños, se deben tener muy claras; entonces el alumno empieza a caminar con pies de plomo. Para mí el texto es fundamental; la crítica y los sustentos teóricos son muy importantes, pero como base. Si yo quiero utilizar un concepto teórico, voy a tratar de entenderlo muy bien, de dominarlo para decir de manera sencilla y clara; si no, voy exponer mi ignorancia sobre la teoría. Para mí la gran sencillez es lo académico; es una complejidad aparentemente sencilla. Ojalá que pudiéramos ser sencillos. Elías Nandino dijo en un poema, más o menos, “¡Mamá, mamá, la gallina ya floreó pollitos!” y agrega Nandino: “¡Oh, poetas, qué alegría si pudiéramos hablar como los niños!” Cuando se escriben textos para principiantes o para niños es cuando se ha conseguido la máxima claridad para poder comunicar lo que uno ha podido avanzar en la etapa de la investigación. Incluso hay personas que sabemos que no son maestros, pero su discurso es de tal claridad que es un gran maestro sin estudiar didáctica, pedagogía o técnicas de la enseñanza, y se convierten en grandes maestros porque tienen un pensamiento muy claro. Hay otras personas que tienen que trabajar más para poder tener una carrera en la investigación y para poder ser claros con los demás.
Hay una nueva academia cargada de conceptos —dizque conceptos— y de teoría que produce artículos que no se entienden, tanto así que es más fácil leer directamente a Sor Juana, porque ella es compleja pero no confusa. Para entender Primero sueño, hay que leerlo primero con la sencillez con que el poema se nos puede mostrar; si después queremos atender a los motivos mitológicos o históricos, o estudiarlo desde un enfoque de género o de ‘x’ teoría, tengo que poner esto al servicio de mi primera lectura. En el campo de la investigación, por atender algunas teorías que se ponen de moda, se pierde toda la búsqueda de fuentes anteriores —no se dan cuenta que detrás de cierto verso hay autores clásicos— y se peca de ignorancia. Y la ignorancia da lugar a la pretensión. Cuando llegué a Estados Unidos hablaban de Bajtín, después se puso de moda otra cosa; han sido estructuralistas, deconstruccionistas, después vino el performance, los estudios de género, los estudios queer, etc. Todo eso es muy interesante pero debe estar dosificado, yo no voy a poner un armamento teórico ante un poemita que no lo necesita; y si lo quiero poner lo debo masticar, digerir, hacerlo lo más claro posible para que fluya. La claridad es núcleo y marco de referencia, es un reto.

—Siguiendo con este hilo. Me parece que se ha establecido en estos últimos tiempos una diferencia entre los estudios académicos y la crítica literaria que se hace en periódicos y revistas no especializadas, aunque son disciplinas que deban estar entrelazadas. ¿Qué le parece esto, cómo llevar los elementos teóricos a la divulgación?
—Somos nosotros, los lectores, los que tenemos que aprovecharnos de ambos mundos. Y lo que nos ayude —no tiene nada de malo ser ecléctico— aprovecharlo; si para leer esta línea yo necesito nociones fundamentales de la poesía, voy a aprovecharlo; pero si ya se hizo un estudio sofisticado sobre el tema, también hay que acudir a él. Para mí lo fundamental es partir del texto que no solamente es literario; si las texualidades se han abierto —y hay una discusión sobre qué es un texto—, siguiendo los estudios culturales propuestos por los ingleses, que no son más que enfoques interdiscplinarios, es porque permiten leer más profundamente una realidad que es muy compleja. Uno como lector hace sus propios cruces, sus propias mezclas y combinaciones. Si alguien publica en el periódico un ensayo fluido, sin una nota a pie de página, esa persona no es que no sepa hacer notas, sólo que usa un discurso muy distinto al artículo que sale de un cubículo —que a veces son más notas que texto—. Me acuerdo de un examen en el que Antonio Alatorre dijo: Anoche soñé con esta tesis, que las notas al pie de página volvían a las fuentes originales, que la reflexión volvió a sus fuentes teóricas, y con qué me estoy quedando. Entonces todos entendimos el mensaje.
En el caso de Sor Juana yo trabajo mucho con la documentación. Por ejemplo, se halló una comedia, La segunda Celestina, un poema dramático que tiene dos finales, uno atribuido a un editor español y el otro a Sor Juana, lo cual es aceptado por Octavio Paz y levantó tremenda polémica. Hay que hacer todo un estudio, una investigación para dar una idea, se debe hilar muy fino y si uno no está seguro mejor callar, porque ha habido grandes equívocos.
Yo trabajo con documentación de época, del siglo XVIII sobre todo: teatro, censura teatral e inquisitorial. Y qué tanto necesita uno de la teoría para llevar a cabo un trabajo así. Pero si hago un análisis de Juan Rulfo o de las lecturas que puede tener Pedro Páramo, entonces nos apoyamos con ciertas teorías y nuestro discurso puede ser más complejo, pero no oscuro, hay que decirlo con la misma sencillez de la conversación. Por ejemplo, hay un fragmento en Pedro Páramo: “mi novia me dio un pañuelo/ con orillas de llorar. /Cantan en falsete/ como voces de mujeres”, en él no han reparado –aunque sí la han citado—quienes estudian la musicalidad en la obra de Rulfo, no se ha hecho nada con esta copla; entonces y investigo qué es el falsete, cuál es el origen del falsete, paso por lo falso y llegas a los castratti, y toda esa lectura de historia, de crítica, de teoría, de otras artes, te brindan nuevos elementos para tu interpretación. Poder decir algo nuevo sobre Pedro Páramo, entre tantos especialistas, suele partir de algo muy sencillo, pero siempre debe ofrecer una idea nueva. Hay que intentar cruzar disciplinas, cruzar personajes, épocas, documentos.

—¿Qué es lo que la decide para trabajar sobre una obra: el placer de haberla leído o encontrar un detalle que no ha sido trabajado con suficiente profundidad?
—En principio es el gusto. Yo he hecho varias tesis, primero fui maestra de primaria, entonces hice una memoria del pueblo donde yo vivía; luego estudié en la Normal Superior e hice una tesis sobre Los de abajo por mi interés por este periodo que sigue fascinando a los escritores en México —me encanta todo lo que tiene que ver con la Revolución todo lo que se ha dicho, lo que no, y todo lo que sigue saliendo sobre el asunto—. La tesis de licenciatura fue de filosofía, y lo mismo me enfoqué en lo que me gustaba y mi interés personal. Y la tesis del Colegio de México fue sobre Juan José Arreola: si vamos a dedicarnos por un buen rato a un autor, pues que sea un escritor que nos encante para que valga la pena y no quemar pólvora en infiernitos. Yo considero que Juan José Arreola es uno de los mayores estilistas de la literatura mexicana, era un genio: su sentido del humor, su oído prodigioso, además es una personalidad muy atractiva. Y dentro de Arreola me ocupé principalmente de La feria, y agregué algunos cuentos que han sido muy trabajados —porque en una tesis tienes que tomar en cuenta lo más estudiado y lo menos estudiado—. Empecé por el gran gusto de la obra de un escritor muy comprometido con otros escritores, que los dio a conocer: publicó los primeros libros de Carlos Fuentes y de Elena Poniatowska, publicó a José Emilio Pacheco, Sergio Pitol, Beatriz Espejo, José de la Colina, era tal su compromiso que él sostenía la editorial “Los presentes”, luego “Cuadernos del unicornio”. Y era tan pobre que lo poco que tenía lo compartía con los demás; esa manera de darse son enseñanzas para mí, tanto como la transparencia y la exactitud de la frase. Un día escribieron un libro sobre tauromaquia y su texto se llama “A mí mismo me toreo”, esa gracia sólo Arreola.
Hay un campo de estudio, del cual yo soy profesora, la literatura mexicana. Uno tiene que leer para dar clases y participar en congresos: estamos leyendo siempre, unos más que otros. Cuando llegué a Estados Unidos tuve que dar la clase de literatura colonial y lo primero que piensa uno es “¡qué flojera!”: Los comentarios reales del Inca Garcilaso y La Araucana de Ercilla y Sor Juana. Entonces empecé a leer a Sor Juana directamente, que era lo que más llamaba mi atención, sobre su época y la crítica sobre Sor Juana; esto fue arriesgarse con la gran escritora de todos los siglos, antes y después, y se convirtió en una pasión —dice Elena Poniatowska que uno no puede vivir sin pasiones. Entonces pude dar clases, porque hacer algo por obligación es aburrido, y mucho menos podía aburrir a los demás—.

—Creo que es a partir de Sor Juana cuando usted empieza con el rescate de la literatura escrita por mujeres en Hispanoamérica.
­—Antes de Sor Juana ya estaba trabajando con algunas escritoras, me interesa lo que las mujeres escriben, me encanta cuando Sor Juana dice: “la inteligencia no tiene sexo”. Definitivamente hay ciertos círculos donde el trabajo de la mujer existe, pero por un sistema social no están a la vista y no por falta de capacidad femenina. Incluso la mujer a veces cede sus derechos a favor del cónyuge. Me interesa mucho la mujer que escribe de otras mujeres, así no tengo que esperar a que un hombre interprete lo que es una mujer desde su punto de vista. En esto vamos a encontrar también visiones distintas por las diferencias de clase social, geográficas, también son miradas que se cruzan. Me interesa que el enfoque de género no sea exclusivamente femenino, sino también masculinidad, las llamadas masculinidades agotadas, la literatura homoerótica, los estudios queer, la literatura marginada, black estudies, literatura chicana… toda esa diversidad se acomoda de otra manera. En el edificio donde yo trabajo también se encuentra el departamento de francés, de literatura rusa, japonesa, alemana, española, eso te hace impugnar el etnocentrismo y te sirve para contextuar con lo que está más allá de nuestra cultura.
Me interesan mucho las dramaturgas del siglo XVII, las viudas impresoras, las actrices del siglo XVII que van entre México y Puebla, la literatura del siglo XIX y la literatura que hemos llamado de voces olvidadas, Nellie Campobello y su literatura de la revolución mexicana, su poesía y Cartucho sobre todo, me interesan Josefina Vicens, Silvina Ocampo, Cristina Rivera Garza, pero también me interesan ellos, y es muy bonito porque las cosas se van acomodando de una manera, a veces de otra, en un ir y venir constante.

—Todo este trabajo que varios investigadores como usted han realizado sobre autoras importantes, ¿ha modificado el canon, masculino prioritariamente?
—Claro que lo ha modificado. Acaba de aparecer un libro en el Colegio de México que se llama Nueve mujeres y una revista, y me pidieron que hiciera la parte de contexto histórico y literario. Yo inicié planteándome quiénes eran dichas mujeres que vivieron en la primera mitad del siglo XX, y me propuse evadir una postura que confrontara ambos géneros, entonces me agarré de las amistades literarias y vi cómo las mujeres estaban unidas con ciertos grupos, con revistas. Me dio buen resultado porque me permitió verlo de una manera integral y dar una lectura de las relaciones personales. El canon se ha desplazado, inclusive el femenino porque ya no estudiamos necesariamente a una o a la otra, hay otras muchas; por ejemplo, me interesa mucho el trabajo de Cristina Rivera Garza porque hace un planteamiento desde la incertidumbre, no sabemos exactamente qué está pasando, hace híbridos y borra las colindancias entre géneros, literarios o sexuales. Estos terrenos tan movedizos te hacen tener un quehacer investigador muy vivo, dar clases de otra manera, y se van acumulando las generaciones.

A estas alturas de la entrevista, hablar es como guiñar el ojo y explicar es una metáfora de la mujer que se peina frente a los viajeros. Es difícil evadirse de la conversación, el propio cuerpo se desentiende de su presencia y los camiones del transporte público, que transitan por las calles del centro con gran insolencia, sólo dejaron si intromisión en la grabadora.
—Considera usted que, en un futuro utópico donde haya una verdadera equidad de géneros, no habrá diferencia entre la literatura escrita por mujeres y la escrita por hombres?
—Partamos de que la “buena” literatura siempre es una, mexicana o no mexicana, femenina o masculina, aunque no se deba hablar de juicios de valor estético. Ahora, de que hay matices, los hay. Dice Ana María Shua, una escritora argentina, “¿por qué las mujeres escriben mejor que los hombres?” y contesta que la mujer tiene un color rojo, mientras que la mujer tiene magenta, fucsia, una serie de sutilezas de matices, por eso la señora Hemigway escribe de una manera, y la piba Borges y la niña Cortázar de otra; así se ríe de ese planteamiento tan simple de ser mujer o ser hombre, cuando en realidad se trata de sensibilidades. Hay mujeres empoderadas que no tienen idea de lo que es considerar la diferencia, tienen el poder y se comportan como cualquier macho. Hay escritores que escriben como si fueran mujeres y mujeres como si fueran hombres; pero hasta eso es cuestionable, qué quiere decir ser hombre o ser mujer.
Hablar de espacios de equidad es utópico. Vivimos en un mundo con mucha violencia, la violencia contra el género es terrible, como el fallo que se acaba de dar en México (caso Lidia Cacho), la violencia doméstica en España también es terrible, una vez en Santa Bárbara —un lugar donde todo es muy caro y muy bonito— había una exposición en la que hicieron siluetas de mujeres asesinadas y colocaron las explicaciones: fulanita de tal muerta por el novio cuando salía de trabajar, etc. Son cosas muy metidas en el esqueleto de nuestra cultura. Lo que debemos hacer es seguir trabajando con nuestros alumnos, con las familias; todos estamos en la búsqueda de una solución para la equidad.

—¿Cómo se lee y es recibida la literatura latinoamericana en Estados Unidos, tanto por los estudiantes que están bajo su dirección como por la gente normal?
—Pues la gente normal es como aquí, tiene muy poco que ver con los universitarios. Por ejemplo el 1 de mayo desfilamos con los trabajadores mexicanos indocumentados, y muchos universitarios tienen un gran entendimiento de la problemática, tienen otra actitud, y nos acompañaron.
Los estudios latinoamericanos en la universidad son muy fuertes, y México ocupa un lugar muy importante. Claro que se dicen cosas de México que uno dice ¿están hablando de mi país? A mí me contrataron como mexicanista en la Universidad de California. Les cuento a mis amigos que cuando llego a mi casa en Santa Bárbara paso a cenar a “Los arroyos” que es un restaurante de comida mexicana; cuando llego a mi casa en México paso por Wal Mart, esto da tristeza. Me doy cuenta que el fenómeno cultural que se vive en California es muy complejo, es mucho más que el taco y la tortilla; tenemos un fresco original de Alfaro Siqueiros —que por cierto, ellos le dicen “siquieros”—, acabo de ver una magnífica exposición de Tamayo, hay una gran penetración cultural en el arte, la comida y las costumbres, y también cosas terribles como la familia mexicana que logró solventar sus problemas económicos pero los hijos se involucran con pandillas, drogas; esas “fronteras de cristal” de Carlos Fuentes se pringan de sangre. Es una situación muy compleja, pero de gran fascinación para quienes reflexionamos sobre ella.


Con gran fascinación también, tuve que improvisar la despedida de quien causó cierto mariposeo en mis entrañas. Me llevé la sensualidad de sus palabras y de su inteligencia; las publico para quien desee enamorarse.
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