lunes, 9 de junio de 2008

La hoja roja, de Miguel Delibes

por Agustín Abreu Cornelio

Una librería de viejo me permitió leer La hoja roja, novela del escritor español Miguel Delibes (1920). De ella puede decirse que vive y es leída a la sombra de Cinco horas con Mario, novela que catapultó a su autor al nivel de Camilo José Cela, Carmen Laforet y Juan Marsé, escritores todos de valor y valentía literaria que se atrevieron a forjar la intelectualidad en plena dictadura franquista. Lejos, también se diría, de su obra culminante publicada en 1998, cinco años después de ser galardonado con el premio Cervantes, El hereje.

La hoja roja (1959), sin embargo, es una muestra clara de la sensibilidad crítica del autor, así como de su magistral dominio del estilo. Sin el tremendismo que tan de moda puso Cela en el decenio de los años 40, ni las peripecias estructurales de la novela de los años 60; aproximándose a la temática existencialista pero sin caer en su patetismo estilístico; reivindicando el realismo de la novela española, no a la manera decimonónica de Pérez Galdós, sino en la que mejor expresaba las crueles circunstancias de la posguerra, la Guerra Fría y una dictadura sostenida impunemente por el capital extranjero, entiéndase estadounidense.

La historia relata los avatares de don Eloy a partir de su jubilación, luego de haberse desempeñado durante medio siglo en la administración pública. Descrito con sutil ironía por el narrador como el tercer suceso en la vida de Eloy que le permitía ser el centro de atención (los otros dos fueron su boda y la proyección de sus fotografías en un club de aficionados, resultando todos ellos experiencias fallidas), la jubilación da inicio a la marginación de un hombre que ha dejado de ser productivo. Lo tragicómico es que la improductividad no es resultado de su decadencia fisiológica o mental, sino viceversa, y la jubilación no está justificada por una disminución de su capacidad laboral, sino por el fatal cumplimiento de cierto número de años.

El otro protagonista de la novela es igualmente marginal: Desi, la muchacha de servicio que ha debido dejar su ámbito rural para intentar reunir una dote que le permita hacer un matrimonio decoroso. Ingenua, honrada, analfabeta, calificada como “cerril” por su mejor amiga, Desi se sabe inmersa en la insignificancia pero no se permite la abulia: aprende a leer, ahorra y compra sábanas que sus compañeras envidian, sin apartar de la mente la imagen del novio que ha dejado en el pueblo. Resulta conmovedora e ilustrativa de la realidad en que la muchacha se desenvuelve, la escena en la cual Desi presume a su novio que ha aprendido a leer, mientras éste escurre las manos por debajo de la falda. Ambos protagonistas entrelazan sus más caras esperanzas: la boda de la una, la carta (esta es una metonimia del acto comunicativo) y el afecto del hijo del otro.

En esta obra se aprecia claramente la simbiosis entre dos conceptos que críticos de mente chata han intentado mantener en pugna: fondo y forma. Si los transportamos a la dicotomía lingüística que le dio origen, significado (fondo) y significante (forma), y analizamos el título, veremos que en el plano fonético éste se conforma por la paronomasia (similitud de los sonidos que componen dos o más palabras) entre “hoja” y “roja”, repetición y vaticinio de la monótona vitalidad que oprime a los personajes y que se configura en la trama como un ritmo narrativo sosegado pero estremecedor, ritmo basado en el leitmotiv: una frase de Eloy, una acción de Desi, una actitud; la sensación que una serie de palabras deja en el lector también es repetitiva, tensionando la compasión con la desesperanza.

El título es una metáfora que se esfuerza por mantener el vínculo con lo prosaico de su procedencia: en los libritos de papel para hacer cigarros se colocaba una hoja roja para indicar que restaban sólo cinco. Y otra vez la unión indisoluble del significado con el significante, dado que la jubilación de Eloy cumple la misma función de dicha hoja roja: señala la proximidad de la muerte y la soledad ante el desprendimiento de cada uno de los amigos, como si el viejo protagonista fuese a envolver el cigarro que con gran indiferencia se fumará la sociedad porque así debe ser, porque es el acto mecánico de la adicción.

Y si estas líneas son una invitación a la lectura de La hoja roja, extiéndase el goce a una lectura comparada con la novela de otro maravilloso escritor, también catalogada como menor dentro de su obra: El coronel no tiene quien le escriba (1961) de Gabriel García Márquez. Publicadas con dos años de diferencia, ambas están ambientadas en una pequeña ciudad de provincia donde la crisis se acerba en el estatismo. Los protagonistas de ambas novelas comparten el mismo tipo social: el jubilado que se desempeñó con gran compromiso en actividades envueltas en una escrupulosa y cansina jerarquía, el ejército y la burocracia, y que se encuentra desamparado y a la espera de algún reconocimiento. El final de cada una de las novelas es igualmente inesperado y demuestra el postrer esfuerzo activo de los personajes, las “patadas de ahogado” como se dice comúnmente. Este no es el sitio para un estudio comparativo profundo, pero sería un facilismo decir que tales coincidencias, entre muchas otras, se deben al azar y se desdeñe el valor de una investigación socioliteraria que intente aproximar una explicación.

Parafraseando la concepción decimonónica de la novela, podríamos decir que esta obra de Miguel Delibes es un espejo que deforma la imagen para que se asemeje cada vez más a la realidad. No de balde varios críticos han aproximado la narrativa de Delibes al esperpento de Valle-Inclán. Y es que el mundo constreñido en La hoja roja asusta por su vigencia, 48 años después de haber sido publicada, y para comprobarlo basta con rondar los barrios céntricos de cualquier ciudad de provincia: encontraremos múltiples versiones de Eloy viendo correr el tiempo a una velocidad que no es la propia, y a otras tantas Desi con la sonrisa fácil de la ingenuidad.


Delibes, Miguel, La hoja roja, Salvat Editores (Biblioteca básica), 1969

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