miércoles, 25 de junio de 2008

Los jóvenes que no venden BigMac

por Agustín Abreu Cornelio
(publicado en Vanguardia)

Hay una espiral que intenta arrastrarnos a la homogeneidad. Conseguir que todos seamos iguales y consumamos impulsivamente las mismas cosas es el sueño del genio maligno del capitalismo (no confundir con la alegoría de René Descartes). Esa espiral se llama globalización y tiene tantos años de vida como la Modernidad, es producto de una radical defensa de los postulados del liberalismo de John Stuart Mill y del mercantilismo británico, pero al desaparecer sus contrapesos ideológicos y económicos (sobre todo el bloque socialista, sistema político del que también descreo) ha acelerado su giro, en el cual por momentos nos estira y por momentos nos comprime emocional y simbólicamente. El ejemplo más claro de ello es lo que ocurre con los jóvenes en la actualidad.

Debo detenerme en la frase anterior, ¿cuál es la relación entre la actualidad y los jóvenes? Algunos hombres maduros afirman que el mundo de hoy es de los jóvenes, pero no es a esta evasión de las propias responsabilidades a la cual intento referirme. Es una verdad histórica que en el devenir humano (me refiero al del mundo occidental, al cual el continente americano fue integrado a la fuerza) la categorización de lo joven es relativamente reciente. Antes de hablarse de “jóvenes” se trataba de púberes, imberbes, mozos, efebos, etcétera, a los individuos que no habían alcanzado la madurez biológica. Sin embargo, el término “joven” tiene una connotación social que puede datarse a mediados del siglo XIX, cuando la Primera Revolución Industrial entregaba sus primicias y la clase burguesa se había establecido plenamente en países como Inglaterra. La emergente burguesía pudo darse un privilegio antes reservado a los aristócratas, aplazar el ingreso de sus hijos a la fuerza laboral y a la ocupación en la propia supervivencia, el fin de lo anterior era brindarles la oportunidad de educarse, es decir, de acumular sabiduría y ensayar el ejercicio de los roles que los convertirían en “buenos ciudadanos”. Estos hijos constituyeron una incipiente juventud.

El número de estos jóvenes no consigue aumentar, como para que el uso del plural se justifique, sino hasta bien entrado el siglo que terminó recién. A ello contribuyeron los enfrentamientos bélicos que proliferaron hacia el final del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX (la Primera Guerra Mundial, por dar un ejemplo, dejó más de 20 millones de muertos). Es durante la paz de la Guerra Fría que los jóvenes toman conciencia de su colectividad y asumen el espacio intergeneracional que la sociedad les cedía.

Los jóvenes se encuentran con una paradoja: están siendo entrenados para integrarse en un mundo que no los toma en cuenta, que ahoga sus anhelos y reprime sus expresiones más íntimas. Es doblemente paradójico si tomamos en cuenta que durante la adolescencia, o primera juventud, hombres y mujeres se forjan su identidad por oposición a los otros, pero los otros intentan asimilarlos. La posguerra es también el período en que las desigualdades de la sociedad capitalista se hacen evidentes y coincide con la masificación de los estudios superiores. En las escuelas de humanidades de Europa inicia una desacralización de la ideología marxista que, por un lado, permitirá hacer una crítica seria de ella y, por otro, desvanecerá el miedo que la envolvía.

Herbert Marcuse, uno de los principales pensadores de la Escuela de Frankfurt, desarrolló una visión teórica ecléctica que reúne conceptos de dos disciplinas dispares: la sociología marxista y el psicoanálisis de Freud. Marcuse aseguraba que el régimen capitalista generaba, en ese momento, suficiente riqueza para asegurar el bienestar de todos, y que si las disparidades no disminuían era debido a una manipulación generalizada de la conciencia. El pensador alemán, avecindado en Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, vio en los jóvenes a un grupo que dada su condición de estudiantes, individuos preparándose para la vida social, aún no habían sido normalizados completamente, la manipulación no se había completado en ellos por lo que estaban en posición de desencadenar una revolución que derruyera la estructura clasista de la sociedad.

Marcuse fue uno de los inspiradores de los movimientos estudiantiles que se dieron por todo el mundo (incluyendo países comunistas de Europa del Este) a fines de la década de los sesenta. Los jóvenes, cansados de ser excluidos de las decisiones relevantes tomaron las calles para manifestar su disconformidad con los sistemas educativos y políticos. Cabe mencionar una de las consignas que los jóvenes gritaban en París, en 1968: “la imaginación al poder”.

Estos movimientos obtuvieron algunas pocas victorias (en México, por ejemplo, se logró que se llevara a la práctica la autonomía universitaria), pero a costa de muchas vidas, desapariciones, golpes e injurias. El movimiento masivo que soñó Marcuse es continuamente derrotado por mecanismos de represión y de captación, ya que muchos de los líderes estudiantiles terminan integrándose al orden político y a las instituciones que habían criticado. La juventud, entonces, se ha dispersado en múltiples grupos, en pequeños núcleos de resistencia contra la ideología hegemónica que retoman elementos de los “gangs” que proliferaron en Estados Unidos desde principios del siglo XX. Pero si las pandillas originalmente atendían más a la unidad racial, los grupos contemporáneos son más abiertos a la diversidad a favor de una construcción simbólica compartida que se hace presente en una estética, uso de un léxico peculiar y comunión de emociones y afanes ideológicos. Estos grupos son llamados actualmente “tribus urbanas”, aunque personalmente considero más apropiado etiquetarlos “culturas juveniles” por razones que más adelante expondré.

Estos núcleos llevan el adjetivo “urbano” debido, en primer lugar, a que la baja densidad poblacional del medio rural impide que la diversidad simbólica arraigue ahí, ya que estos grupos construyen su identidad común de una manera diferencial ante los otros. Y en segundo lugar, porque en los medios rurales el período de educación de las personas se ve limitado por causas sociales y económicas, de tal manera que los jóvenes se ven urgidos a emplearse muy pronto para ganar el sustento.

Son variados los factores que brindan cohesión a las llamadas tribus urbanas, estas construcciones simbólicas que se oponen a la ideología hegemónica, sustituyendo a las manifestaciones culturales regionales y locales como contrapeso en la conformación de la “aldea global”. Aquí me detendré en un par de ellos.

El factor de la música

Antes de la revolución electrónica las manifestaciones artísticas no propiciaban una diferencia intergeneracional. Sin embargo, el surgimiento de los receptores de radio baratos y la difusión de la televisión, al parejo del crecimiento de la juventud tal como se ha descrito en el apartado anterior, propiciaron que los jóvenes se convirtieran en un público muy redituable para las incipientes industrias culturales como eran las disqueras y las televisoras, que no dudaron en brindar oportunidad a jóvenes que acentuaban su identidad juvenil en oposición al mundo adulto. El primer gran fenómeno de este tipo fue Elvis Presley, le siguió el cuarteto de Liverpool, los Beatles, quienes modificaron minucias de la apariencia normalizada, sin embargo, pronto proliferaron estilos de peinados y maneras de bailar entre los jóvenes.

La industria no podía dejar escapar un negocio tan jugoso, así que por más radicales que se volvieran el atuendo y el comportamiento de “productos de consumo” como Elvis o John Lennon, fueron solapados y comercializados. De esta manera se instauró el consumismo entre los jóvenes que debían imitar la estética de su estrella de rock favorita: Mick Jagger, Jim Morrison, Hendrix, Janis Joplin o como se llamase. Inclusive grupos con una tendencia política contraria al capitalismo, tales como el movimiento hippie, vestían ropa característica (aunque se despojaran de ella a la menor provocación) que acompañaban con accesorios tales como pulseras tejidas, lentes oscuros, en fin.

Esta identificación de las llamadas tribus urbanas con ciertas tendencias musicales y con la estética de las “estrellas” se ha mantenido y diversificado. En la actualidad puede hablarse de punketos, darketos, metaleros que se identifican con el punk, el heavy metal o el dark metal.

Claro, no se puede pasar por alto que muchos movimientos musicales están imbuidos de una base ideológica firme, crítica y muchas veces contestataria del entorno que los jóvenes sufren. Así la palabra punk, que en inglés se usa de manera ambigua para referirse a basura o a vagos “sin oficio ni beneficio”, fue apropiada por los músicos de este género como un sinónimo de “desclasado”, alguien que está fuera de la estructura social y que la cuestiona. Por su filiación ideológica, el punk es heredero de las agrupaciones anarquistas que proliferaron en todo el mundo a principios del siglo XX, los cuales fueron paulatinamente agotados por los bandos capitalista y comunista.

Paradójicamente, el proceso de la globalización y los medios de comunicación actuales, por el efecto de la mercantilización de los productos culturales, han permitido que dichas construcciones simbólicas opositoras de la homogenización tengan presencia global, así podemos encontrar grupos de skatos, rastas u otros lo mismo en Nueva York que en México o Roma.

Junto a la música aparecen otros mecanismos unificadores como la fiesta, la tocada, el concierto, sitios que proliferaron de manera subterránea (en México existieron los hoyos funkies en los setentas y los conciertos espontáneos en patios y garajes privados) y que se constituyeron como focos de rebeldía contra la autoridad de los padres y de la sociedad. Actualmente estos espacios son permitidos por las autoridades, pero no han perdido su carácter alternativo y contestatario. La fiesta, como el carnaval que estudió Mijail Bajtín, permite la inversión de los valores y la conmoción de la jerarquía social, es un ejercicio que brinda la posibilidad de subvertir la manipulación hegemónica.

El factor del cuerpo como lenguaje común

Fruto del extremo racionalismo de la modernidad es el desdén del cuerpo. Heredero de la tradición neoplatónica del catolicismo que veía al cuerpo como la cárcel del alma (recuérdese la poesía mística de San Juan de la Cruz o los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola), René Descartes descreyó del testimonio de los sentidos y declaró al pensamiento como la única evidencia fidedigna de la existencia del hombre. Junto al cuerpo fueron extirpados del ser humano las emociones y las intuiciones. Y, si ya he descrito la masificación de la modernidad en la cual los nombres se disuelven y sólo existen los roles sociales, se entiende que los jóvenes que aún no son absorbidos por el engranaje se aferren a su cuerpo como el único medio que les permitirá ser vistos en el mundo. Por lo anterior es comprensible que en los miembros de la tristemente célebre tribu urbana de los emos (el nombre de esta subcultura es apócope de emoción) sea práctica común hacer breves incisiones en la piel, ya que el dolor físico hace olvidar el dolor emocional, según dicen. Es comprensible pero no se debe disculpar al entorno adulto que no atiende esas llamadas de atención que pueden ser síntoma de una depresión profunda.

Poco a poco, los “buenos modales” y la división del trabajo fueron decretando la frialdad y el distanciamiento de las relaciones interpersonales. El nacimiento de las culturas juveniles coincide con la liberación del cuerpo, cuyo primer gran logro fue la legalización de la píldora anticonceptiva en los años sesenta. A este movimiento se han adherido jóvenes que han crecido en familias disfuncionales (ojo, una familia tradicional puede ser disfuncional si no logra adaptarse a las condiciones sociales que la rodean) y que están urgidos del afecto que sólo puede transmitirse por el roce, la caricia, el abrazo. De ahí que en muchos de los ritos que otorgan unidad a una tribu urbana cumpla un papel preponderante el contacto físico: bailes, golpes, el consumo común de alcohol y drogas.

El cuerpo se convierte en el sitio adecuado para expresar las filiaciones a tal o cual grupo o cultura juvenil. No sólo el peinado, el maquillaje y la ropa se tornan lenguaje, sino que proliferan el uso de accesorios simbólicos (algunos son reinvenciones de símbolos preexistentes, como el caso de la cruz entre los darketos). El cuerpo también es objeto de transformaciones perdurables, algunas de ellas se oponen radicalmente a las disposiciones sociales, tales como los tatuajes y el uso de piercings en distintas partes del cuerpo.

Volviendo al caso de moda, entre los emos se utilizan productos provenientes de la cultura pop, desde referencias a la obra del cineasta Tim Burton hasta personajes de las historietas japonesas; no está muy errado el ensayista Heriberto Yépez al mencionar que “los emos son la primera contracultura cute. Lo nice y lo cute son categorías estéticas de la sociedad de consumo para halagar lo sanforizado.” Este tipo de actitudes parecen desprestigiar al cuerpo y convertirlo en medio de producción y consumo de mercancías (un comentario irónico de internet advertía: “si tienes sobrepeso, ¡olvídalo!, no hay emos gorditos”). Sin embargo, lo que este grupo pretende demostrar con su ética y con su estética, ambas tan despolitizadas, es la abulia total a la que son orillados por una sociedad que ni los ve ni los oye ni los siente.

Si atendemos al odio que se ha despertado contra este grupo por otras tribus urbanas, encontraremos frases como “ustedes confunden el punk, el hardcore, confunden el screamo, juntan todas las corrientes nada más para darle un significado a su estúpido y pendejo movimiento” (palabras transmitidas por el conductor de Telehit, Kristoff, señalado como el incitador del linchamiento de emos en Queretaro, el D.F. y otras partes del país). Estas palabras hacen notar que la apropiación tribal no se reduce a un territorio físico, sino que también cuidan celosamente su léxico. Los góticos se quejan de que los emos se han apropiado y desprestigiado algunos elementos de su look, como el empleo del delineador de ojos y el privilegio del color negro en el vestido.

A manera de intransmisible hacia la reflexión

Si algo tengo claro es que no se puede satanizar a quien tiene el valor de pensar diferente, porque ello implica sobreponerse al peso de una sociedad que intenta imponer una visión de la realidad injusta e ineficaz. El surgimiento de las culturas juveniles no debe ser motivo para la segregación o el señalamiento, acusando a los jóvenes de vagos o delincuentes. Los jóvenes se encuentran en una condición privilegiada que implica una responsabilidad que el mundo adulto no ha sabido apreciar, son ellos los que tienen la posibilidad de revolucionar nuestra injusta molicie.

Aunque entiendo que se ha tomado el nombre “tribus urbanas” como resultado de la analogía de los mecanismos de organización tribal con los grupos juveniles, prefiero el uso de “culturas juveniles” pues creo que el argot de los científicos sociales otorga una connotación negativa a los grupos de jóvenes cuando los nombra “tribus”, ya que éste (también en una acepción eurocéntrica) define a una organización social primitiva, contraria a la civilidad de la sociedad occidental. Como dice el sociólogo chileno, Raúl Zarzuri Cortés: “todas las obsesiones del mundo adulto con los jóvenes, de corte moralista principalmente, denotarían la miopía y la hipocresía de la sociedad en que vivimos, que no es capaz de darse cuenta que el problema no está tanto en los jóvenes, sino en la sociedad que se ha construido”. Evitando que los adolescentes adopten un estilo o se unan a cierta tribu, no se soluciona nada. Debemos comprender que los jóvenes han conformado estos grupos para satisfacer una necesidad de socialización que el orden establecido no ha cubierto.

Esta responsabilidad de que son sujetos los jóvenes es paradójica porque es producto del aplazamiento de su integración a la sociedad normalizada, debido a las falsas expectativas que el sistema educativo genera en ellos y a la escasa oferta del mercado laboral. Los estudios indican que los jóvenes procedentes de alguno de estos grupos, al incrustarse en la fuerza productiva, van deshaciéndose poco a poco del universo simbólico alternativo que lo había identificado en su juventud, lo cual no implica la satisfacción de sus necesidades (sobre todo las emocionales) e integración armónica en la estructura social.

Hoy que proliferan las franquicias y las maquiladoras, las cuales emplean a gran número de jóvenes con salarios precarios, podemos preguntarnos si vale la pena perder a jóvenes críticos, rebeldes que no temen las consecuencias de expresarse por todos los medios que están a su alcance, que se oponen a los efectos de la manipulación hegemónica, que se oponen a la conformación de una aldea global y a la homogenización cultural totalitaria, ¿vale la pena, con tal de ganar un triste obrero que se pasará horas pegando el mismo botón o un vendedor de BigMac?

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