viernes, 29 de agosto de 2008

Invitación al cuerpo del primer día

por Agustín Abreu Cornelio
(publicado en Vanguardia)

I.

Es lunes y amanezco con todo el peso de la posmodernidad a cuestas, lo mismo que cualquier otro día. Y hago una serie de rituales semi-higiénicos mientras el espejo se tira sobre mi rostro; me calzo lo necesario para salir a la calle. Pasarán algunas horas antes de cobrar conciencia del mundo que me rodea: toco lo menos posible, pues hay que llegar pronto a algún sitio; oigo sólo aquello que el ipod me concede; he bloqueado el olfato poco antes de salir, pues sé que habré de encontrar algún montón de basura burocráticamente relegado a la nostalgia de su pudrición. Ni qué decir de la vista, la cual me proporciona información de los obstáculos que debo esquivar y olvidar inmediatamente. Muy poco del mundo vive en mí, y viceversa. Pero todo sería diferente si éste fuera el día inaugural, tal como es cantado por Ana Patricia Farfán en La casa del primer día, publicado en 2006 por el Grupo Poético Cardo. La poeta, quien es también danzarina, coreógrafa y catedrática universitaria, reside actualmente en el Distrito Federal, pero tuve la oportunidad de atrasar algunos minutos sus vacaciones para conversar con ella en los arcos que miran hacia la Plaza Grande, en Mérida, Yucatán.

–Tú estudiaste Lingüística y Literatura Latinoamericanas, ¿el afán creador de literatura se dio en el transcurso de la carrera o fue él quien te hizo decidir por dicha licenciatura?
–Escribo desde la adolescencia; llegué a la universidad hasta con la decisión del género: yo quería escribir poesía. En el segundo semestre entré al taller de Jaime Augusto Shelley, antes había participado en el de Hernán Lara Zavala. Todavía no sabía qué tan en serio me iba a dedicar a la poesía, pero es algo que descubrí en la adolescencia y se quedó.

–¿Tu gusto por la literatura es anterior o surgió a la par de tu afición por la danza?
–La danza la practico desde los seis años y entré a la carrera de danza a los diez. A diferencia de otras carreras, en la danza tienes que decidir muy temprano –en la medida en que un niño de diez años puede ser consciente de que está decidiendo sobre su futuro–, la vocación tiene que manifestarse muy temprano: requiere mucha entrega, mucha disciplina, empezar a moldear tu cuerpo. Empiezas a los diez, porque un ejercicio tan riguroso puede no ser bueno para un niño más pequeño.

–La danza es un arte que conjuga la dimensión espacial con la temporal, ¿cómo llevas estas dos dimensiones a tu poesía?
–Mediante el uso de la imagen. En las imágenes que yo trabajo está presente el cuerpo en diferentes niveles: percibiendo, sintiendo y, también, moviéndose. Esto no es algo que yo realice de manera consciente, no me propongo involucrar la danza en la poesía, sino que escribo y de repente aparecen alusiones a la expresión corporal.

–¿Así como aparece en tu poesía, también ocurre en tu vida cotidiana?
–Yo sigo un poco la línea de John Cage, quien pensaba que había que hacer de la vida un arte, vivir como si ello implicara una experiencia estética, pero para eso se necesita una capacidad de improvisar instantáneamente, y eso sólo se logra mediante la percepción. La manera de percibir la realidad de la poesía y de la danza, están en mi vida. Es un ejercicio de la percepción que inicia en el trabajo de las obras netamente artísticas, y que se traslada luego a la realidad: estructuras rítmicas, imágenes, primeros planos, etc.


–¿Qué sentidos entran en juego en danza?
–El oído, con la música; pero también el cuerpo tiene una estructura rítmica que se pone de relieve si retiras el sonido, entonces puedes sentir la música del movimiento corporal, en este momento también puedes apreciarla visualmente por sus efectos plásticos: se dice que la danza es música para los ojos. Tuvimos una corta temporada la semana pasada (del 17 al 20 de julio) con una obra en silencio que está basada en textos de Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud; ésta, desde el título, “Bocetos”, invita a una interpretación plástica, y además, cada persona imagina su propia música para acompañar la pieza.

–¿Tienes un sentido favorito?
–Yo no podría jerarquizar uno sobre otro, además me interesa mucho la relación entre ellos. Mi memoria está muy relacionada con el gusto; a veces, sólo el recuerdo de un sabor me trae toda la experiencia. Es como la virtualidad de la virtualidad. No siempre sucede de esta manera, son cajas adentro de otras cajas. A la hora de organizar estos recuerdos es cuando entra el ritmo. En ocasiones, para escribir un poema tengo una imagen visual muy clara y a ella se van agregando los otros sentidos.

–¿No te parece que en esta vida moderna, donde nuestros sentidos tienen muy poco espacio para apreciar la realidad circundante, que el arte cumple la función de ilustrarnos y hacernos presente el mundo?
–Sí. A mí me parece muy certero el pensamiento de Marshall McLuhan, esta idea de la separación de los sentidos: cómo a partir de la era tipográfica se ha venido privilegiando la vista, imponiendo su criterio, y desarticulando la vinculación con los demás sentidos, cuando en realidad recibimos un conjunto unitario de percepciones de distinto orden, no podemos decir que este objeto corresponde absolutamente a la vista o al tacto, sino que están conectados. Esta conexión es particularmente interesante. McLuhan lo hace desde un punto de vista histórico y de la teoría de la comunicación, él habla de que en el siglo XXI, con el desarrollo de los medios audiovisuales y la multimedia, se podría volver a una era audio-táctil que él sitúa en tiempos primitivos y en culturas sin escritura gráfica y que, por lo mismo, no tienen una concepción lineal del tiempo –que también se debe a la gran acumulación de conocimiento y a su sistematización–. En culturas sin ese elemento hay una percepción audio-táctil del mundo, en donde todavía hay conexión entre varios sentidos. Él piensa que cuando termine la era tipográfica y todo se reestructure, volveremos al estadio audio-táctil; McLuhan pone el ejemplo de Cezanne y de cómo sus bodegones son frutas para el tacto. Eso está ocurriendo hoy porque la tecnología lo está propiciando y la gente está cambiando su manera de percibir.
El arte tiene el papel de reivindicar los sentidos, sobre todo a partir del romanticismo. El artista es un vidente, es la conciencia crítica que por un lado celebra la diversidad y, por otro, rompe paradigmas. Entonces, por ejemplo, en el caso de la danza sin música, propone un abismo para la gente actual que tiene siempre algo en su oído: tele, computadora, ipod. Un abismo que la confronta consigo misma. El arte te concentra, contrario a la vida actual donde te la pasas saltando de una rola a otra, sin que las dejes terminar, ya no te concentras en una sinfonía sino en un solo movimiento. La obra de arte es una experiencia estética en la medida en que está conformada por partes articuladas de cierta manera.

–Uno de los valores de la poesía es su concisión, muchos escritores por intentar alcanzarla atentan contra la sonoridad. ¿Cómo consigues en tu poesía el equilibrio entre música y concepto?
–Yo lo que busco en un poema es que se pueda experimentar. Hay una frase de Andre Gide donde dice “no me interesa saber que la arena es suave, quiero que mis pies la sientan”. Me gusta proponer un conocimiento vital del mundo, no solamente intelectual, una experiencia del cuerpo y una experiencia del espíritu. Y para ello, al menos en mi caso, se necesita ser conciso. Y bueno, el ritmo y la sonoridad, además de la danza, lo he aprendido con mis lecturas de otros poetas, ellos me han ensañado sobre música en general. Incluso, aunque a veces no conozco los idiomas, trato de leer los poemas tal como fueron escritos. Me sé poemas de T. S. Elliot, no porque me haya propuesto aprendérmelos, sino porque los leí varias veces y son muy pegajosos, como una buena rola.

–Leí La casa del primer día como un refugio para la intimidad del individuo que, en una ciudad como la que vives, el Distrito Federal, es muy necesario. ¿Este poemario intenta decir a las personas que la poesía brinda dignidad a la vida? ¿Que podemos aferrarnos a la poesía en medio de la vorágine actual?
–Uno piensa en todas estas cosas después de que escribe. Creo que la intimidad es un espacio que se encuentra en extinción, es lo que queda de la experiencia individual desnuda. En ese choque entre lo público y lo privado, los medios han invadido el espacio vital del ser humano, invasión que ya ni siquiera es violenta porque esa parte ya no se usa en la mayoría de nosotros. La intimidad permite pensarse, reconocerse y encontrarse consigo mismo y la otredad es el encuentro con el otro; pero ambos espacios se han atravesado y ya no son reconocidos. (Jean) Baudrillard habla de que el hombre actual, al homogeneizar su cultura de manera global, ha perdido la otredad y, al exterminar a su doble –para decirlo en el lenguaje de programa de televisión– también lo ha hecho con la capacidad de identificarse. Este tema es muy interesante al relacionarlo con la poesía, la palabra, y también con las experiencias individuales.

II

Conozco gente que se enfrenta a los libros con todos los sentidos: palpa su papel, los ojea, entromete la nariz por sus costuras, más de uno salivaría ante un ejemplar dotado de un jugoso descuento; sin embargo, la lectura rara vez involucra todo ello. La casa del primer día es un acto de fe en las capacidades sinestésicas del lector y es un conjuro contra la enajenación del cuerpo en la sociedad contemporánea; nos devuelve a la condición primigenia de Adán y la irrupción del mundo en sí, como dice la versión de Vicente Huidobro: “Dejad que yo os adquiera, / dadme la suprema alegría / de haceros substancia mía.” Además del peso semántico de las oraciones que conforman cada poema, el verso de Farfán fluye en una eufonía fecunda en alusiones sensoriales mediante aliteraciones, rimas asonantes y repeticiones armonizadas con la cantidad exacta de silencios.
El hombre que ha despertado a la conciencia no concibe el pasado, pues éste se fundamenta en recuerdos subsecuentes; para él no tiene sentido decir “ayer” o “hace un rato”, la percepción del exterior es destello, irrupción, estrépito, estallido, tal como se aprecia en los primeros poemas del libro de Ana Patricia Farfán, haciendo que todos los referentes sensoriales cobren unidad, de manera instantánea, en un fruto que es ofrendado para establecer la unión, un fruto que “lleva a ti mi dependencia”. No es difícil ver en ese fruto (piña, higo, en el poemario, manzana en el mito) una metáfora del cuerpo y en la ofrenda, una del himeneo que, paradójicamente, une con el rompimiento: “Sigo, / sigo hasta el estrépito, // hasta que estalla / entre tus dedos / la gota púrpura”.
El mito bíblico ha sido tan manoseado que se antoja difícil encontrar una versión que lo actualice de manera tan categórica como La casa del primer día, donde el carácter literario hace olvidar su origen sagrado, ya que en sus páginas el simbolismo es continuamente invertido: comer del fruto no es pecado sino causa de alegría, y el viaje no es un exilio del paraíso sino un movimiento al interior, como si abrir los sentidos al mundo implicara también la comunión con uno mismo: “Recorro un túnel / al interior del racimo” y, posteriormente, “Su interior, (del higo-fruto-cuerpo) / las tres alcobas del / beso / de la partida”.
El “primer día” se encuentra explicitado en la serie que abre el poemario, pues inicia con “el corazón de la mañana” y termina con el “final del crepúsculo”, y lleva por título “Canciones para una exposición”. “Exposición” puede significar aquí dos cosas, según la RAE: “conjunto de las noticias dadas en las obras épicas, dramáticas y novelescas, a cerca de los antecedentes y causas de la acción”, y también, “parte inicial en una composición (musical) en la que se presentan el tema o los temas que han de repetirse o desarrollarse después”. Para ambas interpretaciones, bien sea una secuencia temporal o una minuta discursiva, se expone un elemento que habrá de permanecer a lo largo del libro: la lengua como un medio o cuerpo con el cual viajar por el mundo.
Siguiendo con el mito bíblico, en el cual Adán fue encargado de nombrar, primero, los vegetales y, luego, la fauna, la segunda parte del libro es un “Bestiario” que describe algunos animales con la misma curiosidad y asombro con que lo haría un niño al descubrirlos en el jardín de su casa. En esta serie, el enunciante equipara observación no invasora con silencio (“soy silencio expectante”), mientras que el movimiento de los animales es quien engendra el espacio (“su vuelo es el conjuro a las mil rutas”, “Moscas”) y el sonido que emiten invita a compartirlo (“girando / mi cuerpo pende de un hilo/ … me uno a esa jauría sin rumbo”, “Pájaros”).
Si en la primera parte el gozo del cuerpo era clandestino (tal como ha sido tradicionalmente en la sociedad occidental): “Aunque su sabor / lo compren en Drutumbia / y lo vendan en Hisbonia / yo, en la noche, / lo trafico por tu boca”; ahora son los animales los que se ven marginados a las sombras, al subsuelo, a la noche o al sueño, ya que las características descritas en ellos tienen un paralelismo con el instinto sexual que debe ser reprimido: tanto el excremento como la cópula atraen a las moscas, la voracidad carnívora es propia de los tiburones, y el movimiento que se enlaza al cuerpo y lo embriaga en una danza erotizante, tanto de peces como de pájaros.
No hay símbolo más representativo de nuestra época que la televisión y, para muchas personas, es la única manera de apreciar la naturaleza. Pero la televisión, o los tiburones en ella, están a punto de devorar al espectador pasivo: “se asoman, / se asoman: / me huelen”. Llama la atención que ese mismo poema tenga una clara alusión al acto sexual: “Al calor del vino siento abrirse una herida / suave herida: / olor a sangre y a Cantar de los cantares”, pero metaforizado en la poesía: “He cantado, / he cantado toda la noche”. También en el poema titulado “Peces”, se trastoca la jerarquía entre el cazador y la presa: “entre algas de luz / los peces instalan su urdimbre, / su urdimbre”. Todos los poemas de “Bestiario” (excepto “El cara de niño”) hablan de una pluralidad que acecha el orden establecido artificialmente por el ser humano; es un caos latente dispuesto a invadir la civilidad, ya sea el jardín de la casa, las calles o a través de esa “ventana del mar que da a mi cuarto” que es la televisión sintonizando Discovery Channel. Y hay un caso en el que la animalidad, en su peor rasgo, ha vencido a lo humano, es el poema “Nueve perros” que describe la ferocidad de la jauría, así como el maltrato que su dueño le brinda.
Las tres series restantes, “Tres poemas desde el centro”, “Dos poemas desde el balcón” y “Visitas”, presentan un recorrido que va de lo más abierto a lo cerrado o, dicho de otra manera, hablan del enunciante en el mundo, del enunciante contemplando el mundo y la condición íntima del mismo.
Si en la primera parte del libro la palabra hablada era seminal, en la tercera parte es el lenguaje escrito quien permite un contacto más íntimo con el entorno, pues su perdurabilidad alude a la memoria. De hecho, todo lo que circunda al enunciante parece solicitar ser leído en silencio: así, en el desencuentro amoroso se dice “yo recorro el códice de las lluvias, / te acaricio con la mano de los días, / mi voz oculta”, y en el paseo por la calle de las librerías: “Leo versos: / veo mis dedos siguiendo su rastro. / En silencio / leo mi rostro en su trazo”.
Las dos primeras partes del poemario son adánicas, el antecedente primigenio, pero las tres últimas son de una actualidad pasmosa. Cuando el individuo tiene que estar constantemente apelando a sí mismo para tomar conciencia de su realidad tangible, debido a la atracción de la virtualidad, se vuelven necesarios términos como “ahora”, “hoy”, “estoy” o “aquí”. Es también la actualidad en la que se han suprimido las responsabilidades respecto del otro y las racionalizaciones se vuelven difusas, tornándose las relaciones interpersonales en un elemento lúdico, como si el ser humano se encontrara en manos del azar. Condición esta última de la que sólo puede redimirnos la poesía, la única capaz de integrar nuestras percepciones sensoriales en un todo coherente: “y porque extiendo mi voz puedo sentirlos / en ese momento de espuma / de rocas / de remolinos, / y porque extiendo mi voz me quedo / en ese momento en que mirándonos / no sabemos”.
El hombre o la mujer de estos poemas tienen conciencia de su condición ínfima ante el tiempo y la muerte: estacionar el fluir de los hechos sólo es posible mediante el sueño (“que tiene para sí todos los pájaros”) o la poesía, de esto último da cuenta el poema “A mi abuelo Jesús”. De tal manera que la dinámica contemporánea, la mía, la de las calles que todos cruzamos a ritmo de semáforos, la que nos enceguece, nos mutila y nos vuelve sordos, la que pareciera haber corrompido los cuerpos, encuentra su emancipación en el paladeo del carácter frutal de la palabra en La casa del primer día.
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