miércoles, 12 de marzo de 2008

¡Tierra a la vista, Capitán!

(por Agustín Abreu Cornelio.
Publicado en “Al Pie de la Letra en 2005)

“...he aquí que el poema,

ha una miríada de sueños

que se me viene desperdigando súbitamente de las manos como un cardumen joven de manjúas”

José Luis Rivas

Debo confesar que, al encontrarme ante un poeta de quien no tengo noticias previas, extremo mis precauciones; sin embargo, muchas veces he encontrado agradables sorpresas. Esto me ocurrió con Tierra nativa de José Luis Rivas, que no me fue del todo ajeno pues en su interior resuena el eco de mis más queridas lecturas (entre otros Rubén Darío y Xavier Villaurrutia). Y esa es una facultad propia de la poesía.

La mano de T. S. Eliot es la que más se destaca. Desde el título podríamos encontrar cierta reverencia a La tierra baldía, que es a la vez señal de una intención opuesta. La primera parte del poemario, La estación de los muertos, establece un diálogo con el primer poema de The waste land: “Abril es el mes más cruel...” inicia The burial of death, y Rivas responde “También enero es un mes cruel...” Además, The love song of J. Alfred Prufrock aporta el sugerente epígrafe de la cuarta parte de Tierra nativa, ¿Verdecen todavía aquellos montes?. Es en este apartado donde Rivas se aproxima más al estilo de Eliot, utilizando un amontonamiento de imágenes visuales y diálogo coloquial.

El poemario está dividido en seis partes, pero es, indudablemente, un sólo poema donde cada capítulo está íntimamente ligado con los demás. Podríamos percibirlo como una gran digresión poética de la infancia del autor. Ya decía Rainer María Rilke que la infancia, “esa riqueza preciosa y regia, ese camarín que guarda los tesoros del recuerdo”, es una gran fuente de temas poéticos. Así mismo se delata el poeta: “en la mañana de mis treinta años / hundo la punta de mi pie en el agua cálida”, más claramente en los capítulos II y III, Una temporada de paraíso y La estrella de la infancia.

Pero también podríamos decir que el poemario describe el desarrollo de la sensualidad en el poeta. La descripción de la escena de apareamiento de las gallaretas y el obsceno grito del macho “la primera vez que lo escucháramos”, o de las delicias del espía que se enamora del olor de la mujer que no fue suya, o de las aventuras propias de la adolescencia en que los autos son tan sólo la excusa de los lugares apartados y la entrepierna. Y qué decir de las imágenes cargadas de erotismo que pueblan el poema: “Eso que era un cuerpo, ahora es sólo un estallido... ¡y los nervios chirrían!”

Nos falta hablar de la exhuberancia paisajista que José Luis Rivas coloca como engranaje del poema, es en ello donde cobra importancia el epígrafe de Gertrude Stein: “Al fin y al cabo cada quien es como es su / tierra y su aire... / Es eso que los hace y lo mismo que las artes que ellos hacen / y el trabajo que hacen y la manera en que comen / y la manera en que beben / y la manera en que aprenden y todo.” De esta manera nos enteramos no sólo de la naturaleza y el ambiente rural en que transcurre la infancia del poeta, sino también de las fumarolas de los pozos y del olor a petróleo. Sin dudarlo afirmaría que este es un poema tropical, la humedad, los colores y sabores, así lo delatan; además de ese discurrir entre la aventura y la vida propia de los lugares cálidos.

La fuerza primordial de la obra de Rivas es su fundamento vivencial, la experiencia personal. En Tierra nativa, el niño que fue y es José Luis Rivas se desdobla en una antífona dirigida hacia un capitán que acaso sea también él mismo o su recuerdo: “Y ahora, Capitán, / vayamos a tu tierra y su paisaje...”

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