lunes, 14 de julio de 2008

Gates y las puertas de nuestra percepción

por Agustín Abreu Cornelio
(publicado en Vanguardia)

Uno se levanta cada día como si todo mantuviera su regularidad. Las flores y los árboles mantienen su crecimiento de la misma manera; el viento, su consistencia; el ser humano, su piel, sus uñas y la disposición de los ojos en la cara. Pero más allá de las determinaciones biológicas y de los fenómenos físicos de leyes inmutables, la realidad se perpetúa en el cambio de minucias que pasan desapercibidas al espectador constante, no así al ojo avezado que se da el tiempo de acudir al pasado y observar el entorno en perspectiva.
La moda de hoy, por dar un ejemplo, es idéntica a la de ayer y anteayer, semejante a la del año pasado y radicalmente distinta de la de hace veinte años. Hay sucesos enormes que generan escándalos mediáticos y también ocurren pequeñas variaciones que determinan el camino que habrá de seguir la sociedad en los tiempos venideros. Quiero referirme a uno de ellos con dos enfoques radicalmente opuestos: primero narraré la vulgar hazaña de los millones de dólares, la épica de nuestra bienamada modernidad (si el interés por dicha historia y los melodramas que la envuelven no queda satisfecho, recomiendo la película “Piratas de Sillicon Valley”, dirigida por Martin Burke, clásico de la televisión por cable) y, en segundo término, intentaré esclarecer los alcances de dichos sucesos en la realidad que conocemos quienes no leemos People o El Financial Times.


Los castillos en el aire


El pasado viernes 29 de junio Bill Gates cedió a Steve Ballmer la dirección ejecutiva de la empresa más influyente en el ámbito tecnológico en los últimos años: Microsoft. Yo, por mi parte he pretendido vivir sin conocer su vida o aferrándome al olvido, intentando negarme el hecho de que este individuo es el héroe de muchísimas personas de hoy, alguien al que desean emular. No me molestan su aspecto aseado, su sonrisa cordial, su look relajado de hombre “común y corriente”. No me molesta que se quiera hacer pasar por científico cuando su categoría correcta es la de empresario visionario. Tampoco me incomoda su falsa modestia, la que lo impulsa a viajar en clase turista y no comprar muebles de diseñador, siendo el segundo hombre más rico del mundo. Mucho menos sus intenciones filantrópicas.
Gates nació en 1955 en una familia acomodada de Seattle (su abuelo materno fundó el First National Bank en esa ciudad), estado de Washington, y fue a las mejores escuelas del país, incluida la Harvard University. En estos sitios seguramente el niño se fogueó en el espíritu competitivo y gandaya de la clase alta norteamericana, aprendió que el más fuerte se come al pequeño y habrá sufrido los ataques propios de los adolescentes contra los etiquetados “nerds”. Todo ello le brindó los elementos suficientes para su posterior vida empresarial.
Olvidaba agregar que en 1968 el pequeño Bill tuvo su primer contacto con las computadoras en el colegio Lakeside. También olvidaba mencionar que su madre fue miembro de la junta directiva de IBM en el período más útil para los empréstitos de su ambicioso hijo. Condiciones que, aunadas a la gran capacidad analítica y matemática (se cuenta que en una semana aprendió a programar la computadora de Lakeside), eran la semilla del éxito que le esperaba.
Fue Paul Allen, amigo de la adolescencia dos años mayor que él, quien tuvo la idea primigenia al observar la portada de Popular Electronics que exhibía la computadora Altair 8800 orientada a los aficionados de las computadoras. Esta era un juguete caro que podía armarse en casa y que requería de un software amigable, que estuviera al alcance de los usuarios. La idea de Allen fue desarrollar un lenguaje de programación para ofrecer a Micro Instrumentation and Telemetry Systems, fabricante de Altair. En 1975 Gates y Allen consiguieron vender una versión “mejorada” del lenguaje BASIC desarrollado por John C. Kemeny y Thomas E. Kurtz diez años antes. Fue el inicio de Microsoft.
De manera similar, en lo que fue su primer gran éxito de mercado, los dos jóvenes empresarios llegaron a un beneficioso acuerdo con el gigante de equipo informático IBM, cuya primera PC (computadora personal) fue dotada con el MS DOS, el cual era refrito del QDOS (Quick and Dirty Operating System) por el que Gates y Allen pagaron una cantidad ínfima, y que a su vez era un clon del CP/M, sistema operativo de Digital Research Inc. muy popular a fines de los setenta. Microsoft, además, se guardó los derechos de MS-DOS que vendió a todas las empresas parásitas de IBM.
El punto culminante de la astucia empresarial de Bill Gates (Allen se retiró a principios de la década de los ochenta por problemas de salud) llegó en 1984, cuando Microsoft se alió a Apple y generó para él las aplicaciones Excel, Word y otras. Apple, en cuyas oficinas ondeaba la bandera pirata, intentaba mermar con dicha alianza a IBM, su principal oponente, pero lo que consiguió fue orientar a Microsoft en el mundo de los ambientes gráficos o interfaces visuales, con los que Apple había dotado la computadora Lisa. Un año después del pacto empresarial, Windows salió al mercado apoyado en la difusión que MS-DOS tenía en la mayoría de los usuarios de computadoras. Apple promovió un juicio por espionaje industrial, pero la bandera del cráneo y los fémures cruzados ya ondeaba en otra dirección.
A partir de entonces, y con el mercado ganado, Gates y Microsoft se dedicaron a profundizar sus raíces, aprovechando los privilegios que sus exitosos sistemas operativos le brindaron. Con estrategias de mercadeo trampeadas, fueron eliminando uno a uno a los competidores de sus nuevos productos: Lotus 1-2-3 perdió ante los abatidos precios de Office, Fox Pro (cuyos derechos de autor fueron adquiridos por la empresa del buen Bill Gates) sucumbió ante Access y, ya en la era del Internet, Netscape ante Explorer, ICQ ante MSN Messenger y Winamp ante Win Media Player (las aplicaciones de Microsoft se “obsequiaban” y venían preinstaladas en Windows). Desde 1990 el estado norteamericano ha investigado las actividades empresariales de Microsoft por presuntas prácticas monopólicas de las cuales ha salido bien librado misteriosamente.
A estas alturas, luego de la exhibición pública, Bill Gates es el personaje más odiado de Internet. Contra él se dirigen anatemas y burlas por mercantilizar y actuar deslealmente en el llamado “más democrático de los medios”, en el cual puede adquirirse de manera gratuita gran diversidad de software e, incluso, el código fuente de algunos sistemas operativos como Linux para adaptarlo a las necesidades particulares de cada usuario.
Lo cierto es que la actualidad no se concibe sin la participación de Microsoft, el cual ha incursionado en otros campos de la industria, tales como los grandes archivos digitalizados, las consolas de videojuegos, y desarrolla software para aparatos que no distan mucho de las posibilidades de las computadoras, tales como televisiones con acceso a Internet o teléfonos celulares.
Bill Gates ha dejado Microsoft parcialmente, pues ha cedido sus responsabilidades gerenciales, pero mantendrá su participación activa en los nuevos desarrollos de la empresa, el área que más lo emociona.


La consolidación del aire

A fines de la década de los setenta, algunos aventureros y visionarios creyeron que las computadoras alcanzarían al común de la gente y se encargaron de diseñar hardware y software para esa nueva época que les pisaba los talones. Algunos también imaginaron que sería un buen negocio. Si el segundo paso de la globalización fue admitir a las empresas en la competitividad transnacional, sitio antes reservado a las naciones, actualmente se permite a los individuos participar del mundo como tal a través de ese hipermedio (un medio que contiene en sí a otros: radio, cine, prensa) que es internet, la puerta de acceso más común a esa totalidad global es la computadora personal.
Cuando observo los cambios y los miedos que se producen ante las nuevas tecnologías, me convenzo que la época que estamos viviendo sólo puede ser comparada con la de la sociedad que se enfrentaba a las posibilidades de la palabra escrita. Es claro que en dichas circunstancias no se sentía el vértigo que nos acosa en la actualidad ni la información tan vasta, pero las opiniones que Platón pone en boca de los dialogantes en el Fedro me siguen pareciendo esclarecedoras de mi tiempo.
En primera instancia, Platón relata el encuentro que sostuvieron el rey de Tebas y el dios que inventó los caracteres escritos. Este último sostiene que la escritura concederá al hombre una memoria perpetua y, por lo tanto, mayor sabiduría. En su contra, el rey afirma que no será sabiduría, sino apariencia de sabiduría, pues el hombre confiado en la perdurabilidad del conocimiento, atrofiará sus habilidades inherentes; la sabiduría estará en el exterior, en los objetos, y no en el interior de los sujetos.
Gran semejanza guardan los argumentos del rey de Tebas con los que expone el politólogo italiano Giovanni Sartori en su famoso ensayo Homo Videns. En este libro se declara que la proliferación de la comunicación visual, apoyada principalmente en imágenes planas, incapaces de transmitir conceptos, está atrofiando la capacidad de los individuos de generar pensamiento abstracto, con lo cual la gran cantidad de información que actualmente tenemos al alcance genera sólo una apariencia de sabiduría, pues el ser humano paulatinamente está perdiendo la habilidad de transformarla en nuevos conocimientos.
El comentario de Sócrates, en el mismo Fedro, no es menos interesante y puede generar polémica a favor y en contra de las nuevas tecnologías como el Internet. El texto escrito, aún cuando tiene un destinatario manifiesto (como sucede en una carta), tiene un lector potencial en cada individuo que sabe leer, todo texto escrito es como el mensaje de una botella echada al mar. Sócrates afirma que esta característica implica una indiferencia para con sus destinatarios, puesto que dificulta la retroalimentación, el cuestionamiento de la información que nos brinda el texto es estéril a menos que podamos localizar al autor.
La escritura ha evolucionado en nuestra actualidad. Si bien los alcances reales de las botellas que echamos desde una orilla de Internet, puede ser recogida por varios lectores muy distantes, la esterilidad del documento, en cuanto a permitir la retroalimentación, parece estar floreciendo, pues además de los contactos vía e-mail, las páginas web (tales como los foros y las bitácoras o blogs) suelen permitir la comunicación con el autor y con otros lectores. También poseemos las posibilidades que nos brindan los hipervínculos, que fertilizan la mayoría de los textos electrónicos y que conceden volumen a las ideas, pues son referencias a información que complementa o confirma el sentido expresado en el texto.
Probablemente la crítica más sería contra la escritura contenida en el Fedro sea la que se sustenta en términos platónicos, la que toma en cuenta el concepto de Idea, la realidad que resplandece y se manifiesta en nuestra realidad. Si el mundo en que vivimos es una realidad de segunda mano, lo que se pinta es una doble imitación que hay que evitar. Lo mismo ocurre con el lenguaje, dice Platón, en su carácter denominativo; sólo que en el diálogo hablado, al tener como contexto una realidad tangible y hacer referencia a ella constantemente, se mantiene en el plano de la imitación primera. Pero en el texto escrito, la iconicidad, la imitación tercera, es necesaria pues adolece de un ambiente compartido por autor y lector en el momento en el que la comunicación se hace efectiva, teniendo que recurrir a la imaginación y a la memoria; de tal manera, la realidad expresada por la escritura contiene una alta carga de virtualidad.
Ya los ambientes de trabajo gráficos desarrollados por Apple y Microsoft, eran interfaces que pretendían dar a la pantalla una apariencia real. La publicidad que Macintosh utilizó para comercializar su computadora Lisa tenía por slogan “si puede señalar, ya sabe cómo usarlo”, y en los anuncios televisivos se veía a un bebé manipulando un mouse. Y los desarrollos tecnológicos se han multiplicado en este sentido, basta echar un ojo a las consolas de videojuegos cuyos controles se han diversificado en aras de conceder una experiencia integral de entretenimiento. Los menús desplegables, las ventanas, la aparición de los iconos, brindaban la apariencia de un desplazamiento espacial real, el posterior término “navegar”, que se popularizo con el Internet, también alude a ello.
La virtualidad no sólo se percibe en términos de las “puertas de la percepción”, como William Blake nombrara a los sentidos. Cuando, al final de la década de los ochentas, comenzaron a instalarse redes informáticas en grandes corporaciones y en dependencias gubernamentales, lo que fluía por los cables que físicamente la configuraban no tenía sentido para todo el mundo, pues su apariencia no era reflejo de nuestra realidad cotidiana, sino código, instrucciones e información numérica. Pero la incursión de visionarios como Bill Gates, con su afán mercantil, fueron creando interfaces cada vez más amigables que potenciaron las posibilidades y los alcances de los productos, de la enajenación social y, a la vez, las posibilidades de emancipación, ya que el desplazamiento virtual ilimitado hace que las marginalidades se difuminen y que la centralidad pierda sentido. Internet es un espacio amorfo sin centro de gravedad, con posibilidades expansivas ilimitadas que le brinda su carácter de red.
Actualmente estar siempre en línea se ha convertido en una necesidad para gran cantidad de actividades productivas y de individuos. Internet ya no es sólo un exhibidor de productos, sino que es posible hacer efectivas las compras a través de él. Sofware, música, libros, encuentros sexuales, se cobran y se envían de manera digital por la “supercarretera de la información”.
Uno de los desarrollos más sorprendentes, en cuanto a sus alcances comerciales, es el logrado por Second Life. Éste es un “mundo virtual en tercera dimensión imaginado y creado por los residentes”, según se oferta en la página web, que inició operaciones en 2003. En dicho lugar uno se crea a sí mismo como personaje e interactúa con otros “avatares” en un ambiente que imita nuestra cotidianeidad con todas las características de una ciudad occidental. Todo ello sucede en tiempo real, es decir, que para lograr conceder al “avatar” una vida complaciente hay que sacrificar el tiempo de nuestra cotidianeidad. Dichos sacrificios no se limitan al tiempo, ya que se puede invertir dinero real para otorgar al personaje una casa habitación, ropa de marca, gadgets, automóviles, empresas tan importantes como IBM o Nike, han inaugurado tiendas virtuales en Second Life.
Todos esos beneficios intangibles y costosos, son la segunda vida del primer mundo y la más injusta negación de la única vida de seres humanos palpables del tercer mundo. Sócrates supo que la escritura generaría un mecanismo de control, ya que no todos tendrían acceso a los textos escritos y las interpretaciones serían dictadas desde un centro ordenador. Si en nuestra época, la noción de centro no tiene sentido, sí podemos observar la marginalidad a la que estamos condenando a individuos que no tienen acceso a una pc. Bill Gates y la UNESCO echaron andar un proyecto piloto de computadoras portátiles de bajo costo y suministradas de energía por una manivela. El mismo multimillonario ha dotado de tecnología a miles de escuelas y bibliotecas públicas por todo el mundo. Pero estos esfuerzos son vanos si no se involucra al común de la sociedad, la que gasta tiempo y dinero en sitios como Second Life (ojo, no estoy satanizando sus posibilidades como entretenimiento y oportunidades de intercambio cultural), emancipándose de la responsabilidad ante realidades atroces.
La virtualidad tiene que alcanzar un equilibrio con la realidad tangible si no queremos vernos enjaulados en la matriz de la trilogía de ciencia ficción escrita y dirigida por Andy y Larry Wachowsky. Y si eso sucede, qué pasará con quienes no sean integrados al mundo de las computadoras, ¿seguirán una vida tangible, olvidados por el resto del mundo? ¿o morirán enrollados con su hambre y su sed, en medio de la contaminación generada por la “alta” tecnología?
Me he levantado este día con la certeza de que el nombre de Bill Gates se ha borrado de una de las oficinas de Microsoft, que cuarenta mil millones de dólares se transferirán de su riqueza personal a su fundación filantrópica. Pero no me abandona la duda de lo virtual y lo real, ¿Gates ha dejado de ser un pirata empresarial para convertirse en un filántropo desinteresado? ¿podrá desprenderse de su competitividad gandaya o sólo es una farsa para desmarcarse de las demandas que lo acosan en dos decenas de estados de la unión americana y recobrar de esta manera cierto prestigio social? Lo cierto es que algunos se verán beneficiados por este cambio, y muchos otros no.
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