miércoles, 16 de julio de 2008

Erszebet, la condesa sangrienta

...para ellos la muerte era el único punto de contacto con la vida.
Sólo sus vestidos de seda envolvían el tronco enorme que ya había echado raíces y borboteaba entre sus cabellos. La muchacha había dado a luz de prisa una hija: la muerte.
Milorad Pavic, El diccionario jázaro.






















Pizarnik y una Condesa Sangrienta, una dama en rojo. Fascinación por lo anegado, por lo oscuro: la noche, la magia negra, una orquesta de gitanos, el sufrimiento de las víctimas, los baños de sangre, el Castillo, Darvulia, la condena y la muerte. Pizarnik es Alejandra Pizarnik; la Condesa Sangrienta es Erzébet Báthory, única habitante del Castillo de Csejthe. Consagrada desde la poesía, Pizarnik despliega aquí una suerte de poema en prosa que sorprende, que rompe las expectativas del lector: es uno de esos casos en los que texto y paratexto no terminan de adecuarse. No he podido consultar la primera edición, sin embargo, algunos indicios (la publicación en la Revista Testigo, la inclusión en la sección de Artículos y ensayos de la edición que manejo) llevan a pensar que el texto se presentaba como una reseña o artículo crítico; sin embargo, pasada la primera página no se tarda en advertir que el interés sobre el personaje, sobre la belleza convulsiva del personaje es lo que guía el texto; del texto original, del de Valentine Penrose, se rescata sobre todo su don poético aplicado a una investigación seria.

Vampirismo textual

(...)

El título del apartado ha sido escogido a modo jocoso y con el fin de adoptar un adjetivo que remitiera a lo gótico, sin embargo considero que sirve también para entender cómo funciona la reescritura en este caso. Si se le saca las connotaciones negativas (difícil tarea) que relacionan al vampirismo con el parásito chupa-sangre de gran poder, puede pensarse en una interacción de dos elementos en la cual uno de ellos depende del otro y saca provecho de éste. La diferencia entre el vampiro y el parásito que podemos encontrar en la naturaleza es que este último siempre depende de su huésped y es inferior, aunque en ocasiones puede llegar a matarlo; el vampiro por su parte depende del “huésped” para mantener la cordura, pero no es inferior, puede disponer de sus víctimas a voluntad. En este sentido es que pienso que puede hablarse de un “vampirismo textual”, en tanto un texto parte de otro constituyendo una relación de dependencia, aunque rápidamente se desprende y gana una autonomía en la que llega a prescindir del “original”, aunque para mantener cierta coherencia y no transgredir las convenciones que separan el plagio del no-plagio deba seguir haciendo referencia.
Ahora bien, sea considerada la traducción y la reescritura como se prefiera, no se puede negar que ambos procedimientos implican un texto anterior, más o menos, explícito (digo “explícito” haciendo alusión a que el texto del cual se parte está señalado en el que lo traduce o reescribe). Existe la posibilidad de pensar todo texto como reescritura y traducción de los textos previos; sin embargo, esto no implica que, si tomamos como punto de partida la imposibilidad de la no-reescritura, no existan textos que hagan explícito qué es lo que están traduciendo o reescribiendo. La mención de Valentine Penrose (y de su trabajo en torno a la figura de la Condesa de Csejthe) se reduce a los primeros párrafos de La Condesa Sangrienta de Pizarnik, para luego abandonarse a lo que importa: ni el trabajo de Penrose, ni su investigación, ni su biografía, ni su obsesión por la belleza del personaje; sino la belleza convulsiva de la Condesa. Las palabras que citamos a continuación se inscriben en las últimas líneas del texto y son ambiguas en cuanto es posible asignar dos sujetos a esa “fascinación”: por un lado, por supuesto, a la Condesa y por otro, sin dudas, a Pizarnik:
una fascinación por un vestido blanco que se vuelve rojo, por la idea de un absoluto desgarramiento, por la evocación de un silencio constelado de gritos en donde todo es la imagen de una belleza inaceptable.
En tanto esa fascinación sea asignable a Pizarnik, no es difícil entender qué es lo que lleva a la escritura, cuáles son su objeto y su motivación. Al referirse a Penrose destaca un hecho entre otros y resulta que ese mismo elemento se podría señalar en ella: la concentración exclusiva en la belleza convulsiva del personaje. La autora hará referencia a La Comtesse Sanglante hasta llegar al punto en el que la dependencia esperable de un texto que hace referencia a otro se deslice a otro plano, no explícito, sin que por eso se pase de la glosa o el comentario o hasta homenaje al plagio, sino más bien del texto que se sostiene solo (o de la misma forma que todos, es decir sobre la infinita biblioteca universal), sin ningún otro particular del cual necesite su lectura paralela. La glosa al texto de Penrose tiene su límite:
Valentine Penrose, sin embargo, lo ha logrado, pues juega admirablemente con los valores estéticos de esta tenebrosa historia. Inscribe el reino subterráneo de Erzébet Báthory en la sala de torturas de un castillo medieval:
Hasta aquí la glosa. Los dos puntos muestran el límite de la voz referida, en adelante Pizarnik se apodera de la palabra y construye la imagen de la Condesa a partir de la descripción de diversas torturas y episodios de su vida de manera fragmentaria y articulada. Penrose volverá a aparecer sólo en el susurro de las cursivas que remiten, indefectiblemente, a un texto previo: la cita o el resumen. La cita está utilizada en los momentos en que su voz es insoslayable por la belleza de las palabras o por lo extraño de los hechos.
Fuera de las excepciones aludidas y a partir de los dos puntos que señalábamos como límite entre las voces, predomina una tercera persona con breves digresiones en momentos interpretativo-reflexivos en los que la fascinación por la Condesa se hace evidente: el vestido blanco de la dama nocturna se volvía rojo. Y tanto, que debía ir a su aposento y cambiarlo por otro (¿en qué pensaría durante esa breve interrupción?).
La Condesa Sangrienta glosa a La Comtesse Sanglante, lo espeja y toma vida independiente. En términos más precisos, La Condesa Sangrienta toma, de forma explícita, como intertexto al de Penrose, se presenta como un artículo crítico de este último, lo cual implica, por un lado, una reescritura dependiente que señale al texto del cual parte y del cual no puede ser autónomo; y por otro, una determinada tipología discursiva que lejos estaría de ser literaria. Luego de este primer paso, en lo que sigue el texto no sólo reescribe sino que se desprende de forma tal del punto de partida (y de la convención que indicaría que un artículo crítico no debe ser literario) que termina por ponerse a la par del primero y constituirse como un texto que antes que cualquier otra, exige la lectura de sí mismo.









(El texto anterior es parte de un ensayo de Esteban Prado sobre un texto de Pizarnik que Karla y Raúl postearon en el periódico mural de Humanidades hace unos años. Lo recuerdo bien ya que por esos días yo había leído otro buen poema sobre Erzsebet, uno de Anne Talvaz que terminaba:


Los soldados llegaron a atraparla y la metieron en una chirona de fierro.
Ella no comprendía por qué. Ellos la encontraron bella.

P.S.
Si alguien tiene el texto de Pizarnik, favor de rolarlo a su seguro servidor.)

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