martes, 12 de febrero de 2008

Vicente Leñero, periodista emergente

por Agustín Abreu Cornelio

La simbiosis que la literatura hispanoamericana ha sostenido con el periodismo no requiere mayor preámbulo que citar un par de nombres: José Joaquín Fernández de Lizardi, el “pensador mexicano”, y Mariano José de Larra, el romántico español que utilizaba el seudónimo “Fígaro”. Para ellos el periodismo no sólo fue un nutriente estilístico con que aderezar la literatura, sino que implicó una postura ética y política ante la realidad. De la misma vena se nutren varios narradores contemporáneos, entre ellos Gabriel García Márquez y el novelista mexicano Vicente Leñero.

Con Los periodistas o Asesinato, Leñero demostró las posibilidades de la novela-reportaje, pero el libro más reciente del escritor mexicano, Periodismo de emergencia, muestra la otra cara de esta moneda: la literaturización de la noticia periodística, la profundidad que va más allá del detalle en la crónica y el reportaje, el perfil humano que el artista puede brindar del entrevistado. El novelista ya había entregado un esbozo de su trabajo en la prensa hace un par de décadas: Talacha periodística (1988), y el libro del que escribo es una versión ampliada de aquella primera antología y es un recorrido en la historia de un hombre que ha participado en algunos de los proyectos periodísticos más renombrados en México durante la segunda mitad del siglo XX: el diario Excélsior y el semanario Proceso.

Leñero narra con gran viveza lo sucedido el ocho de julio de 1976: el enfrentamiento de un grupo de periodistas aglutinados bajo el liderazgo de Julio Scherer con los sindicalistas de Excelsior, lo cual culminó con la salida entrelazada de quienes poco tiempo después fundarían Proceso. Pero, siendo ésta una jornada tan escrita, fotografiada y dibujada por algunos de los mejores periodistas del país, Vicente Leñero se vale de un recurso casi exclusivo de la literatura, la ficción, logrando con ello dar un nuevo enfoque del hecho: imaginar qué habría ocurrido de haberse resistido al desalojo revaloriza la decisión tomada y permite caricaturizar la posición de los medios de comunicación masiva sin abstenerse de nombrar vacas sagradas del ayer y del hoy: Jacobo Zabludowsky o Ricardo Rocha.

Como resultado de la lectura de Periodismo de emergencia se puede trazar un esbozo de la lucha revolucionaria mexicana, de la guerrilla urbana y la rural, en los reportajes que muestran al Marcos humano, empeñado en negar la cara detrás del pasamontañas, y en el dedicado a Paquita Calvo, activista del Frente Urbano Zapatista, quien hace una reflexión del movimiento armado con el espejo que brindan los años en la cárcel para mujeres. Tres textos que recorren el espectro del retrato a la parodia, de la crítica a la simpatía, sin alcanzar nunca la polarización y, lo que es más importante, sin dejar espacio a la insinceridad.

Periodismo de emergencia tiene como característica primordial la variedad, tanto temática como de registros, lo cual establece un parangón con los medios impresos en los cuales ha colaborado su autor: desde la seriedad de Proceso y Excélsior hasta la agilidad de publicaciones de variedades como Claudia y Revista de Revistas. Lo mismo encontramos una severa invectiva de los procedimientos electorales priístas de los setentas y ochentas, que una sutil crítica a las condiciones socioeconómicas mediante una crónica de una visita sabatina a la Arena Coliseo; igual una caricatura de la gazmoñería del melodrama mexicano utilizando los propios recursos de la radionovela (“el que esté libre de pensamientos cursis que tire la primera piedra”), que un retrato del consumismo de productos culturales plásticos por una adolescencia impedida –ya en los años sesenta– para vislumbrar la realidad, en “Raphael, amor mío”.

Virtud o pecado del libro sería la ausencia de periodismo de temática netamente cultural, pues únicamente se incluye la entrevista con Juan José Arreola a lo largo de una partida de ajedrez. Lo anterior abriría la puerta a una publicación dedicada por completo a dicha faceta de un periodista que tiene bien ganada su reputación de narrador y dramaturgo. Aunque las aproximaciones a María Félix o a la escultura de la “Diana Cazadora”, podrían integrarse a una sección cultural, no se pierde la sensación de una recopilación sesgada.

Criticable también es la labor editorial, rara en Debate, por olvidar que diferencias intrínsecas entre un texto periodístico y aquellos publicados en formato de libro son la oportunidad y la caducidad de la información, o al menos de algunos referentes. Dichas dificultades podrían solventarse con notas al pie, de lo cual adolece la edición; lo mismo que con datos hemerográficos precisos. Del autor sería recomendable una explicación más extensa que la escueta “Justificación” sobre los criterios de selección y agrupación; que aclare, por ejemplo, la decisión de incluir la crónica “Asegún Marcos” en un apartado titulado “Política: el PRI de ayer”.

Pero los descuidos antes mencionados no impiden que el lector pueda disfrutar el libro de uno de los escritores más destacados de la segunda mitad del siglo XX en México. Periodismo de emergencia es un libro que nos confronta con nuestra historia reciente y pretende ser crítico de las individualidades aisladas de la realidad en un país más urgido de acciones que de actos, sean estos últimos políticos o melodramáticos (aunque casi son lo mismo).
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